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Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos (Paseo de la Castellana - Madrid)

El Real Colegio de Sordomudos de Madrid en la crisis del Antiguo Régimen

En este artículo estudiamos la creación del Colegio de Sordomudos de Madrid a comienzos del siglo XIX[1].

En Madrid se inició la educación de los sordomudos en el año 1795 en las Escuelas pías de San Fernando, en Lavapiés.

Reglamento del Real Colegio de Sordo-Mudos
Reglamento del Real Colegio de Sordo-Mudos: formado por la Real Sociedad Económica Matritense y aprobado por S.M, 1804

El padre escolapio José Fernández Navarrete fue el encargado por Carlos IV para dirigir el centro. Parece ser que este religioso había viajado a Roma para formarse. Dicha institución no duró mucho tiempo, ya que cerró en 1800.

El Real Colegio de Sordomudos de Madrid fue inaugurado en enero de 1805 después de haber coronado con éxito la iniciativa de la Real Sociedad Económica Matritense iniciada en 1802: una Real orden de 22 de marzo de 1803 autorizó su establecimiento, y el día 2 de enero de 1804 se aprobó su primer Reglamento.

Esta institución educativa culmina el pensamiento pedagógico ilustrado. El ideal universal educativo de la época no podía olvidar a las personas con dependencias físicas, aunque para el caso de los ciegos hubo que esperar al triunfo del liberalismo y la abolición de las corporaciones gremiales que habían generado en el Antiguo régimen. La existencia de gremios de ciegos supuso un obstáculo nada desdeñable para reorientar el papel de los ciegos en la sociedad según la óptica ilustrada y, más tarde, liberal: del monopolio de unas tareas musicales y de difusión de periódicos a una educación total y especial para su integración. Pero los sordos y sordomudos no estaban organizados, por lo que la tarea fue más fácil de abordar al no encontrar oposición organizada. Pero hacer su historia, en cambio, es mucho más complicado, dado el escaso rastro documental que han dejado hasta el siglo XVIII, precisamente por esa carencia organizativa. Por lo mismo es imposible saber ni por aproximación el número de sordos y sordomudos en el Antiguo Régimen; tenemos que esperar a bien entrado el siglo XIX para tener las primeras estadísticas oficiales. Los datos oficiales en 1860 daban un total de 10.905 sordomudos, siendo 6.316 varones y 4.559 mujeres para toda España. La provincia de Madrid contaba con 131 sordomudos y 68 sordomudas, en total, 199. La proporción de sordomudos/as por habitante, siempre según esta fuente estadística, era para todo el territorio español de 1 por 1.437 (1 por 2.459 para Madrid). Para ese año el Colegio contaba con 50 alumnos sordomudos (32 internos gratuitos, 9 internos pensionistas, 2 internos medio-pensionistas, 3 externos retribuyentes y 2 externos gratuitos) y 25 sordomudas (3 internas pensionistas, 1 externas medio-pensionista, 1 externa retribuyente y 1 externa gratuita). En total 51 sordomudos/as.

El pilar del reformismo pedagógico ilustrado era el de la utilidad. Si se aplicaba una educación específica a los sordos y sordomudos, éstos podían ser útiles para sí mismos, para la sociedad y el Estado. La felicidad, meta optimista de la Ilustración, se podría conseguir a través de la educación. La Ilustración planteó cambios en relación con los distintos grupos que habían sido marginados secularmente, pero esos cambios no se basaban en principios de caridad cristiana sino de pragmatismo. El caso de los sordos y sordomudos es un tanto especial porque provenían de todas las capas sociales y se decidió, en la reglamentación práctica de esta enseñanza, acoger a todos, aunque estableciendo distintos tipos de clases en cuanto a su nivel adquisitivo, ya que unos contribuirían y otros no podían hacerlo. Al respecto, el Reglamento de 1818 establecía cuatro tipos de alumnos: pobres que no pagaban ninguna cantidad, pensionistas que debían satisfacer de 8 reales diarios por meses más el “derecho de entrada” y los alumnos “pudientes” con 15 reales diarios. Estos últimos, según el artículo nº 84 “tendrán asistencia separada mas fina…”, pero en ese mismo artículo se señalaba que en lo educativo no se harían distinciones. Estas se exteriorizaban en el vestido, en la alimentación que sería más rica y en la ropa y demás utensilios de uso personal. Una última clase era la de “discípulos concurrentes a las clases”, es decir, externos, ya que los anteriores eran todos internos. Pagarían 100 reales mensuales. En la época liberal se mantuvieron estas distinciones.

Pero donde sí se hizo notoria la discriminación fue en relación a la enseñanza de las alumnas. El artículo nº 19 señalaba que cuando se estableciese el departamento de niñas se ajustaría a las normas del reglamento con una serie de reglas particulares como eran el aislamiento con respecto a los niños, una especial tutela sobre ellas y una educación que siendo igual a la de los niños incluía las consabidas “labores de hilado, punto, costura, adorno, el arte de cortar y de guisar”. Hasta la recuperación por la Sociedad Matritense del Colegio en 1835 no se materializó esta idea en la práctica.

institución de los sordomudos de París
Visita del papa Papa Pío VII a la institución de los sordomudos de París, bajo la dirección del Abad Sicard

Sobre la metodología educativa la experiencia francesa del abate Sicard y de su discípulo Rouyer, que estuvo al principio vinculado al Colegio, aunque por muy poco tiempo, parecía la adecuada para seguirse según los promotores del proyecto. Pero en España existía una tradición desde el Renacimiento en la enseñanza de sordomudos que terminará por ser rescatada gracias a los teóricos y prácticos de esta enseñanza en la España decimonónica, metidos a historiadores de la educación e impregnados del nacionalismo historiográfico del momento. Entre éstos pedagogos vinculados al Colegio en el siglo XIX contamos con Juan Manuel Ballesteros, Francisco y Miguel Fernández Villabrille, Carlos Nebreda y López, Antonio Hernández y Contreras y a Manuel Blasco y Urgel.

El origen de la enseñanza de sordomudos se encontraría en la obra de Ponce de León a principios del siglo XVI y continuada por Juan Pablo Bonet en el siglo posterior. Bonet publicó en 1620 un libro destinado a estos fines, Reducción de las letras y Arte para enseñar a hablar a los mudos. En 1794, en Viena, escribió el jesuita, P. Andrés, Lettera sopra L’origine a la vicenta dell’ arte d’insegnar a parlare ai sordomuti. Un año después, otro miembro de la Compañía de Jesús, Lorenzo Hervás y Panduro sacó a la luz una obra capital, Escuela española de Sordo-mudos o arte para enseñarles a escribir y hablar en el idioma español, que no solamente es un método sino también un llamamiento a las autoridades y a la sociedad en general para que se atendiese la educación de los sordomudos. La línea evolutiva pasa a Francia cuando el abate Carlos Miguel L’Epeé recoge las enseñanzas de los dos españoles en el método que culmina su discípulo, el mencionado abate Sicard. La obra de este clérigo, Lecciones analíticas para conducir a los sordo-mudos al conocimiento de las facultades intelectuales, al del Ser Supremo y al de la Moral sería traducida al castellano en 1807 por José Miguel de Alea, que llegó a dirigir e inspeccionar el Colegio por aquella época.

lengua de Signos
Lengua de Signos – Juan Pablo Bonet

El Colegio se asentó primeramente en la calle de las Rejas, aunque en 1807 se trasladó a la plaza de las Descalzas. Al ser creado desde la Sociedad Económica Matritense se le asignó su tutela que ejercía a través de una junta directiva. Esta controlaba la parte educativa, la médica y la económica. Fue dotada la institución con dos pensiones sobre las mitras de Sigüenza y Cádiz. El primer director-maestro que ejerció fue el militar Juan de Dios Loftus.

La Guerra de la Independencia supuso un duro revés. El Colegio tuvo que cerrarse ante una situación económica angustiosa e imposible de mantener a pesar de algunas limosnas y arbitrios del gobierno josefino. Los alumnos pasaron al Hospicio.

El Colegio se restableció en la calle del Turco en 1814. Fue la etapa como director de Tiburcio Hernández. Aplicó el método “Bonet” que parece ser se siguió empleando posteriormente. Con él se aprobaría el Reglamento de 1818.

Con el Trienio liberal el Colegio pasó a depender de la Dirección General de Estudios, pero ésta desaparecerá pronto con el retorno del absolutismo. La Sociedad no pudo volverse a hacer cargo de su supervisión, ya que cayó en desgracia durante toda la “década ominosa”. De la institución se encargó el duque de Híjar.

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Como fuente hemos empleado distinta documentación del Archivo de la Real Sociedad Económica Matritense (ARSEM).

FERNANDEZ VILLABRILLE, F., El Colegio de los sordo-mudos y de los ciegos, Madrid, 1861.

NEGRIN FAJARDO, O., “El proceso de creación y organización del Colegio de Sordomudos de Madrid (1802-1805)”, Revista de Ciencias de la Educación, nº 109, (1982), págs. 7-31.

NEBREDA Y LOPEZ, C., Memoria relativa a las enseñanzas especiales de los sordo-mudos y de los ciegos, Madrid, 1870.

[1] Debemos recordar que en aquella época no se diferenciaban los sordos de los sordomudos, por lo que seguimos la terminología del momento.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Eduardo Montagut

Eduardo Montagut

Licenciado en Filosofía y Letras. Geografía e Historia. Historia Moderna y Contemporánea (UAM) en 1988.

Premio Extraordinario de carrera (UAM)en 1994.

Doctor en Historia Moderna y Contemporánea (UAM) en 1996.

Profesor Educación Secundaria (Geografía e Historia) desde 1996.

Jefe de Estudios Delegado de la Sección de Morata de Tajuña del IES Anselmo Lorenzo (1999-2009).

Profesor en el IES Isidra de Guzmán desde 2009.

Socio de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País desde 1989.

Amigo de Número de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País desde 2000.

Secretario de Educación, Cultura y Memoria Histórica del PSOE-Chamartín desde 2012.

Secretario de Memoria Histórica del PSOE-M Chamartín desde 2017

Miembro del Grupo de Memoria Histórica del PSOE.

Miembro de la ARMH desde el año 2013.

Colaborador en distintos medios digitales

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