¿Por qué no sabemos decir NO? Ésta es la última propuesta de reflexión que nos hace la revista Valors.
La reticencia que tenemos la mayoría de los humanos a decir NO, puede tener explicaciones muy diversas, porque el grado de dificultad que tengamos para decirlo tiene mucho que ver con el carácter de cada individuo y también con la situación concreta. Las razones pueden ser, entre otras: no querer herir el interlocutor/a, temor de una posible consecuencia desfavorable, la posibilidad que nuestra negativa sea malentendida (i. e. que se interprete como una falta de estimación o respeto)… Un NO rotundo puede ser percibido como un agravio y en todo caso seguro que tienen mucho que ver con la educación que hayamos recibido y con las convenciones sociales de cada grupo humano. Los/las psicólogos/gas seguramente podrían aportar más luz sobre esta temática.
Aun así, querría centrarme en una situación más específica: la de decir NO cuando los derechos fundamentales corren peligro, cuando son amenazados o cuando son directamente atacados y conculcados. En este último caso, las mujeres lo hacemos muy a menudo, decimos NO, pero cuando las mujeres decimos NO casi nunca se nos hace caso. El caso más evidente es la violación y otros tipos de maltrato físico y psicológico. Y ya sabemos cómo muchas veces se comportan los jueces y deciden los tribunales, ésto cuando las violaciones son denunciadas y llegan a juicio… ¿En cuántos países del mundo las mujeres ni siquiera pueden denunciar? ¿En cuántos las mujeres son objeto de violación día sí y día también?
Pero existe todo tipo de conculcación de los derechos fundamentales de las mujeres. Desde hace un tiempo oímos hablar incluso de micromachismos. La palabra en cuestión nació con la buena voluntad de poner de relieve que hay muchos gestos sociales que son clara discriminación contra las mujeres como consecuencia del machismo, de la cultura patriarcal, pero que no son percibidos como tales, sobre todo por parte de los hombres mismos en general y también de muchas mujeres. Ejemplos hay muchísimos y están tan interiorizados y forman parte hasta tal punto de nuestra vida cotidiana que demasiada gente (hombres y mujeres) no lo percibe, no lo detecta. Por ejemplo, cuando hablamos con una pareja hombre-mujer, dirigirse más hacia el hombre si tratamos temáticas relacionadas con la técnica o, al revés, dirigirse a la mujer, si el tema tiene que ver con la educación de los hijos o si hablamos de cocina o productos de limpieza. O bien, en la misma situación, en un marco de una celebración social, presentar a la mujer de la pareja como mujer de…, en lugar de presentarla con su nombre y apellidos, mientras que casi nunca sucede al revés. O cuando en el restaurante el/la camarero/a se dirige al hombre en el momento de dar a probar el vino o cuando lleva la cuenta a la mesa. La lista puede ser muy larga… En este sentido el neologismo micromachismo hace su papel. Aun así, debemos ser conscientes de que tendríamos que reconocer que, en puridad, el micromachismo no existe. Porque todo es puro machismo. Los ejemplos mencionados son discriminación y menosprecio, no valoran la mujer por ella misma como ser autónomo. El machismo es abominable y lo debemos combatir, todo; la escala de grados puede provocar una aceptación de lo que puede considerarse un grado menor o menos agresivo.
Pero lo quiero ampliar ahora a los derechos humanos en general. Y ésto está relacionado con aquella otra pregunta que nos hacía la revista Valors días atrás: ¿Es útil la disidencia? Ya reaccioné también con un artículo, entonces. La disidencia no sólo es útil, sino que es responsabilidad de la ciudadanía ejercerla si queremos mantener y mejorar la democracia. Debemos decir NO. Tenemos la obligación de hacerlo.
En este sentido me quiero referir ahora a una cuestión —¡hay tantas!— que planea desde hace tiempo en las sociedades del mundo llamado occidental. La cuestión de las grandes oleadas de inmigrantes que van llegando no sólo a Europa, sino a otros muchos países es un tema que es tratado y mencionado como un problema. La consecuencia, nefasta, es que cada vez es más frecuente asociar directamente a las personas inmigrantes con problema. Algún partido político catalán reclama ahora el derecho de gestionar la inmigración desde Cataluña y ésto, por sí mismo, no es grave, si no fuera porque no dice CÓMO gestionaría la cuestión. Y éso sí es grave.
En algunos de mis últimos artículos ya he puesto en evidencia mi extrañeza sobre el hecho de que ningún partido político que se considera de izquierdas —yo prefiero decir ningún partido político con sensibilidad social— tenga la valentía de abordar la problemática por miedo a ser acusado de derechista o de insensible. Hay que romper esquemas para avanzar:
- Ninguna persona emigra de su país por gusto.
- Toda persona debe tener derecho a emigrar y a ser acogida por otro país cuando el suyo no le ofrece medios de vida digna y/o las condiciones climáticas lo obligan.
- Toda persona debe tener derecho a pedir asilo cuando en su país es perseguido por la razón que sea, cuando su vida y la de los suyos corre peligro, y debe tener derecho a ser acogido por otro país.
- Es necesario que todos/as los/las migrantes que llegan a las fronteras de otro país puedan entrar a ese país si quieren pedir asilo, porque tienen el derecho de solicitarlo, y hasta que este extremo no esté claro y las autoridades respectivas decidan si se lo reconocen o no este derecho debe poder vivir en este país donde lo piden en condiciones dignas deben ser protegidos/as.
- Debemos reconocer que los países a los que las grandes oleadas de emigrantes llegan no pueden seguir acogiendo infinitamente hasta que los países de los cuales provienen estas oleadas de migrantes queden vacíos o queden casi despoblados.
- Debemos reconocer que muchos de estos países, entre ellos España y Cataluña, necesitan acoger migrantes por razones de su propia economía (ésto lo dicen los economistas y deberían decirlo más alto y más a menudo).
Dicho esto y asumido, un partido político que quiera gestionar bien esta cuestión debe respetar estos supuestos en primera línea. Quien reclama la gestión de la inmigración lo primero que debiera hacer, si tiene conciencia social, es intentar garantizar que los países empobrecidos mejoren allí sus condiciones de vida. Para que las mejoren en su propia tierra deberíamos desarrollar programas desde aquí, programas que mejoraran allá la industria y la agricultura, deberíamos dictar e imponer leyes que prohibieran la expoliación de sus riquezas, deberíamos dejar de exportar armas que contribuyen a eternizar las guerras y ofrecernos como mediadores con planes y ayudas concretas que puedan contribuir a pacificar. ¿No externalizan —un eufemismo más que conocido— filiales muchas de nuestras empresas a países extranjeros para poder pagar sueldos más bajos? ¿Por qué no sopesan la posibilidad de abrir filiales en países africanos políticamente estables? La estabilidad o la inestabilidad política también la controlan los países de occidente…
Sé que la propuesta que hago no llegará a los oídos o a los ojos que debería llegar y que, si llega, difícilmente se pondrá manos a la obra. Pero es necesario, es necesario con urgencia. Debemos decir NO a todos aquellos partidos que no asuman los puntos que menciono más arriba. Yo digo NO, si no los asumen. Y hay que reivindicar el NO de todas las personas de la sociedad civil humanamente sensibles. Debemos reclamar el NO también de todos los partidos políticos. Digamos NO.

















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