Las nueve musas
Tilde

Breve historia de la tilde

Nuestro sistema de acentuación gráfica (que, por cierto, puede pensarse como un subsistema de nuestro sistema ortográfico) está formado por un signo llamado tilde y un conjunto de reglas que señalan cómo este signo debe utilizarse.

Sin embargo, ni el signo ni las reglas que lo rigen han sido siempre los que actualmente conocemos.

  1. Los orígenes

Como ha ocurrido en casi todas las facetas del idioma español, las reglas de acentuación gráfica se han ido perfeccionando a lo largo de muchos siglos hasta adquirir el nivel de exhaustividad y concreción del que gozan hoy en día.

Sabido es que la escritura del español no contó en sus inicios con un medio para señalar gráficamente la acentuación prosódica de sus palabras. En efecto, no se observa ningún tipo de acento gráfico en los manuscritos medievales, y hasta se diría que es raro hallarlos en las primeras obras publicadas tras la llegada de la imprenta a España en 1475.[1]

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Al igual que otros idiomas europeos, el español tomó los signos diacríticos que empleaba el griego para señalar el acento. Aunque vale decir que la posición del acento en la lengua de Alejandro tenía un carácter en buena medida tonal, lo que la hacía bastante variable, tanto que podía afectar a cualquiera de las tres últimas sílabas de un vocablo medianamente extenso.

En el siglo III a. C., los gramáticos griegos crearon un sistema de acentuación gráfica que se valía de tres diacríticos diferentes para representar el acento: el acento agudo (´), que expresaba un ascenso de tono; el acento grave (`), que representaba también una elevación, pero menor, y el circunflejo, que indicaba una elevación y un descenso encadenados.

En latín, por el contrario, el acento solo podía recaer sobre la penúltima o la antepenúltima sílabas. Su colocación dentro del vocablo dependía de la extensión de la penúltima sílaba: si esta era larga, recogía el acento y la palabra era grave, que es lo que vemos en aurīga [auríga]; si la penúltima sílaba era breve, el acento caía en la sílaba anterior y la palabra era esdrújula, que es lo que vemos en modīcus [módikus].[2] Solo unos pocos gramáticos latinos tomaron los signos acentuales griegos al escribir en latín, pero eso empezó a ocurrir recién a partir del siglo IV d. C.

  1. Los siglos de transición

Ya entrado el siglo XV, el avance del movimiento humanista en Europa propició la reedición y difusión de los clásicos grecolatinos. A raíz de esto, algunos idiomas europeos incorporaron los diacríticos griegos para indicar el rasgo prosódico acentual, adecuando el uso de esos signos a cada una de las particularidades lingüísticas que se presentaran. El primer idioma europeo que comenzó a emplear acentos en su escritura fue el italiano, hecho que podemos observar en textos de finales del siglo XV, en los que se utilizaban de forma irregular acentos gráficos graves, fundamentalmente, en los vocablos acentuados en la última sílaba, y, en ocasiones, acentos agudos en otras posiciones. Siguiendo el ejemplo italiano, autores y editores franceses incorporaron también los diacríticos griegos en la segunda década del siglo XVI.

Los primeros textos en español, impresos en letra humanista, en los que se emplean signos acentuales sobre la vocal de la sílaba tónica en ciertas palabras datan de la segunda mitad del siglo XVI. Sin embargo, la utilización de estos diacríticos recién se convertirá en un recurso gráfico habitual en el siglo siguiente. Es por eso por lo que las primeras ediciones de obras como las Epístolas familiares, de Antonio de Guevara (1595), el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán (1599), o incluso las comedias de Lope de Rueda publicadas en 1620 no utilizaban ningún recurso gráfico para indicar el acento.[3]

Lo curioso de estos primeros textos es que utilizaban, principalmente, el acento grave (`), escrito, casi siempre, sobre la última sílaba de las palabras, tal como se usaba en griego y en italiano. El empleo de las otras dos clases de acento (el agudo y el circunflejo) era mucho menos frecuente. En cualquiera de los casos, estos signos parecían cumplir una función diacrítica, ya que solían utilizarse para distinguir palabras formadas por los mismos grafemas, pero con diferente acentuación prosódica. Esto es lo que nos dice la OLE al respecto:

[…] el acento grave se escribía sobre la vocal de la última sílaba de algunas palabras, por lo general formas verbales agudas, especialmente las de tercera persona de singular del pretérito perfecto simple (o pretérito) acabadas en -o, como mudò, hablò, mandò, pero también otras como està, dexè o igualarà, que sin la tilde podían confundirse con palabras llanas (mudo, hablo, mando, esta, dexe, igualara). Se utilizaba asimismo el acento grave, sin valor prosódico, en monosílabos constituidos por una sola vocal, como las conjunciones è, ò, ù, la preposición à y, a veces, la forma verbal à del verbo aver (hoy haber). En esos primeros textos, el circunflejo podía alternar con el grave en usos similares (â, cargarâ, despechô) o utilizarse en voces como o vêr para indicar la presencia originaria de una doble vocal (fee, veer; hoy fe, ver); también podía aparecer en palabras como baxîos, traîa, tenîa, oîa, recordando su empleo en griego en palabras con estas mismas terminaciones. El acento agudo se usaba raramente y casi siempre en posición interior de palabra. No obstante las tendencias descritas, hay que señalar que, en esa primera época, el uso de los diferentes tipos de acento era, por lo general, irregular e inconsistente incluso dentro de una misma obra.[4]

Entretanto, muchos autores de tratados ortográficos que llevaban adelante la difícil tarea de precisar una ortografía para la escritura del español plantearon, con mayor o menor severidad, algunas reglas para el empleo de los acentos gráficos, que tuvieron escaso y desigual acatamiento en los textos. Todos acordaban, sin embargo, en limitar el uso de los acentos gráficos a ciertos casos, a diferencia del esquema griego, en el que se indicaba gráficamente el acento en casi todos los vocablos.

En términos generales, los tratadistas comenzaron recomendando que se utilizase la tilde solo en las palabras con más de una posible acentuación prosódica o en aquellas cuya acentuación podía ser ambigua. Algunos planteaban además la escritura de la tilde en los monosílabos formados por una sola letra, como la preposición a y las conjunciones o, u y e, o su uso, con un valor análogo al de nuestra actual tilde diacrítica, en monosílabos como el pronombre él, para distinguirlo del artículo el, y en los verbos y , para diferenciarlos, respectivamente, la preposición de o el pronombre se.

En lo que respecta a los signos, muchos tratados ortográficos admitían la existencia de los tres tipos de acento —agudo, grave y circunflejo— y puntualizaban sus usos específicos, asociados casi siempre a la ubicación de la sílaba tónica (se establecía, por ejemplo, el uso del acento grave sobre la última sílaba y el agudo en interior de palabra); pero casi todos terminaban inclinándose por el uso concreto de uno de estos signos, el acento agudo, contrariamente a lo que sucedía en los textos, en los que, durante años, se le había concedido al acento grave una notable preeminencia.

  1. La llegada de la ortografía académica

A inicios del siglo XVIII se sistematizó en los textos el uso del acento agudo para indicar la sílaba tónica, tal como podemos observar en el proemio sobre ortografía del Diccionario de autoridades (1726), que establecía que el acento agudo era la forma adecuada del acento ortográfico para la lengua española.[5]

El empleo del acento grave, desprovisto ya de todo valor prosódico, quedaba limitado en esta obra a las palabras compuestas por una sola vocal, como la preposición à y las conjunciones è, ò y ù, aunque esto último durará poco tiempo, ya que, en la ortografía académica de 1741, se aconsejará también en estos vocablos el uso del acento agudo. El acento circunflejo, por su parte, pasará a ser «una marca diacrítica de carácter grafemático»[6], que se emplearía para diferenciar el valor fonológico de algunos grafemas en los casos en que estos pudieran expresar más de un fonema. Así nos lo explica la OLE: «[…] se escribía acento circunflejo sobre la vocal que seguía a ch o x (monarchîa [monarkía], exâmen [eksámen] cuando esas grafías, en determinados cultismos, no representaban los fonemas /ch/ y /j/, como era habitual en la mayoría de las palabras, sino /k/ y /k + s], respectivamente».[7] El acento circunflejo desapareció por completo del sistema ortográfico español poco tiempo después, después de que se dejara de usar el dígrafo ch con valor de /k/ y la letra x con valor de /j/.[8]

Poco a poco, las futuras ediciones de los tratados publicados por la institución académica fueron mejorando y ajustando las reglas de acentuación gráfica con el propósito de señalar la acentuación prosódica de todas las palabras del español, pero partiendo siempre del principio de economía, es decir, sin la necesidad de indicar gráficamente la acentuación correspondiente en todos los casos, sino solo en aquellos en los que se juzgue inexcusable. Así es como, desde entonces, no llevan tilde las palabras que se ajustan al modelo prosódico acentual más común en español y sí aquellas que se ubiquen al margen de dicho modelo. Esto lo podemos apreciar, por ejemplo, en el uso obligatorio de la tilde en las palabras esdrújulas o en la no utilización de ese signo en los monosílabos, norma a la que, con el correr del tiempo, se irían incorporando las excepciones presentadas por los monosílabos afectados por la hoy llamada tilde diacrítica.

[1] Los primeros textos en español que emplean signos diacríticos para indicar la sílaba tónica en determinados vocablos datan de mediados del siglo XVI, cuando el español llevaba ya varios años escribiéndose.

[2] Los hablantes cultos podían diferenciar en la pronunciación las vocales breves de las largas y tal vez por ello no sintieron la necesidad de expresar el acento en la escritura, de manera que no se valieron de ningún tipo de signo para indicar ese rasgo prosódico.

[3] A partir de la tercera década del siglo XVII se generaliza el uso de diacríticos acentuales, y son ya pocas las obras que carecen completamente de ellos. Ya en el siglo XVIII, como veremos enseguida, la acentuación gráfica pasa a convertirse en una práctica usual en cualquier obra impresa escrita en español.

[4] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 2010.

[5] Véase Real Academia Española. Diccionario de autoridades 1726-1739 Tomo I (edición facsimilar), Madrid, J de J Editores, 2013.

[6] RAE y ASALE. Óp. cit.

[7] El acento circunflejo desapareció del sistema ortográfico español luego de que se dejara de usar el dígrafo ch con valor de /k/ y la letra x con valor de /j/.

[8] Según los registros, a fines del siglo XVIII ya prácticamente no había textos impresos que utilizaran este tipo de acento.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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