El convite de la Mora es la novela con la que Amanda Patarca gana, en 2001, el primer premio Xerox para novela sin libro en el rubro novela corta que organizó la Fundación
El libro en el marco de la 27ª Feria Internacional del Libro en Buenos Aires. El convite de la Mora es publicada por el Grupo editorial Lumen en 2002. Y entonces llega a mí.
La novela se presenta plural. En los títulos que ordenan las ‘partes’ que la componen, Patarca juega y es el juego lo que genera lo diverso, lo disruptivo. Las ‘partes’ que componen la novela aluden a formas de la lírica clásica: preludio, rapsodia, y a situaciones de festividades sagradas: convite, convocatorias, celebración del convite, consumación. De este modo, Patarca delimita ese mundo sagrado que propone donde los años se reúnen en el tiempo de la narración en el que los tiempos, los personales, la vida, la muerta, los países son uno, todos ellos, creados (re-creados) por el deseo de reunión de Lola. Y ahí, en Lola y su deseo de banquete, de renovada bacanal, está Amanda haciendo hablar a todos: “A Arrecifes y su gente, sin cuyo estímulo y afecto excepcional, nada de lo que hoy existe de literario en mí, hubiera acontecido” (2002, 7).
Desde el paratexto instalado en el título, Patarca nos conduce al juego culinario, orgiástico y textual del “banquete”: el convite es el banquete y el banquete remite, en tanto intertexto filosófico, a Platón y también a la Biblia y a las bacanales y a Dionisio. El sustantivo “convite” juega y se vuelve verbo y es la invitación que se presenta como el acto mismo de invitar donde todos cumplen un rol y juegan.
En El convite de la Mora, desde un lugar de empoderamiento Lola es la que invita, pone las reglas, quiebra tiempo y espacio y los une en el espaciotiempo de su voz: todo es “de la Mora”. Todos están invitados (convidados) al banquete de la palabra fundante de un mundo femenino y propio.
La novela está escrita en primera persona: Lola escribe su vida y se ‘escribe’, así, en el universo de las Artes, de la Historia y de los hombres. En la novela también se escribe acerca de los modos en los que se concibe y se celebra el arte. Por eso, la vida: la autobiografía ficticia de Lola Mora, se inscribe como una fiesta, intertextualmente, un banquete: reunión, pluralidad, corporidades que se encuentran: bocas, voces, cuerpos. El libro se estructura en: A modo de rapsodia, Preludio, Convocatorias, Celebración del convite, Consumación.
La primera parte de la novela se titula “A modo de rapsodia”. En este paratexto, Patarca propone la idea de lo roto, de los fragmentos; una rapsodia es el fragmento de un poema épico. Así se advierte qué se dice, qué se va a leer: historia fragmentada contada por muchas voces -fragmentos de esa vida narrada-. Vida de una mujer, también, hecha de fragmentos.
En el final, Patarca, redobla la intención de empardar este relato de vida de Lola Mora con las festividades rituales, religiosas, femeninas y cierra la novela con el capítulo llamado “Intención”.
La novela de Patarca puede considerarse un relato biográfico en tanto que presenta narrada la vida de Lola Mora como también una novela autobiográfica ya que el corpus textual se inscribe mayormente en la primera persona. También, un juego especular de una voz que oscila entre la objetividad (biográfica del relato de vida) y las voces que plantean la subjetividad.
Asimismo, Patarca propone una lid entre lo sagrado (ritual, común unión de almas que trasciende el tiempo y el espacio (por eso elegí el concepto “espaciotiempo”) y lo mundano en tanto que humano; el amor, los cuerpos, el deseo, el poder. Desde esta perspectiva están todos invitados al convite: todos ‘in situ’ más allá del tiempo y del espacio reales, más allá de la vida y de la muerte, todos con la palabra: un diálogo vivo entre Baldomero, Luis, D´Annunzio, Julio, Espírito Santo, Demonio, la Magdalena. Entre ellos y Lola, entre ellos y los lectores: ellos, también, narran la vida de Mora. En la novela se expone, así, la idea de ficción y de historia como elemento de la narración- todo resulta una situación ficticia que no responde a ninguna pregunta si no que la agudiza: ¿dónde?, ¿con quiénes?, ¿cuándo?
La idea de convite, de banquete, de bacanal, de aquelarre, de fiesta fortalece la noción de lo especular, espejos que multiplican la realidad, que reúne y confunde. Dice Patarca hacia el final de su relato:
“… y donde solo un rato antes ofreciera su especial convite, el de la Mora. Y la estela que formaba su regreso (…) Fue entonces, a partir del instante en que Lola Mora posaba nuevamente en la tierra sus pies, cuando pudo escucharse un bramido de monstruo sacando al exterior toda su furia…” (109)
En el final, la novela de Patarca juega en el vaiven de palabras clave que hacen una declaración del quehacer de su propia escritura: espejo, rompimiento, no me encuentro, me ha llevado al abismo. Reflexión metatextual, “se ha roto ya el encanto” y, entonces, se entienden otras realidades.


















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