Las nueve musas
Contraculturas

CONTRACULTURAS. Sí, en plural

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La palabra lo dice. Se trata de ir a la contra de lo establecido. No como lo hace el adolescente, cuando debe hacerlo contra los padres para autoafirmarse en la etapa de la rebeldía: ir a la contra sea de lo que sea (que también es necesario para el adolescente por otras razones), sino para afirmar, como persona adulta y crítica, que hay que oponerse a algo que conviene revisar o rechazar.

No, no creo que la contracultura de hoy sea la cultura de mañana. Éste sería un esquema demasiado mecánico para ser humano. Si bien la Historia parece seguir un ritmo cíclico… Pero toda sociedad está inmersa en todo momento en culturas que reclaman contraculturas, y las culturas cambian a lo largo del tiempo. Por ello no puede ser que la contracultura de hoy sea la de mañana.

La contracultura seguro que se practica desde que el género humano existe. Porque el ser humano es un individuo irrepetible, cada cual tiene una manera propia y única de vivir y de pensar. Nuestra manera de percibir, entender y sentir la cultura heredada —sea la que nos transmite el ambiente donde hemos nacido inmersos/as o sea aquella a la que nosotros nos acercamos por convicción propia— es personal y exclusiva. Y esto es una fuente de oportunidades y de riqueza, en cuanto que cada individuo puede aportar algo nuevo a la comunidad que conforman los individuos de la sociedad. Y entiendo como sociedad el mundo entero.

La individualidad que define a cada persona la hace, por definición, susceptible de ver y sentir las situaciones, los comportamientos… de manera diferente a cualquier otra. Es un hecho. Esta cualidad propicia que dos seres humanos expongan cada uno/a sus opiniones, con la intención de llegar a un consenso o con la de reflexionar sobre la opinión del otro/a partiendo del supuesto que la propia puede ser mejorable. Y convendría con urgencia que practicáramos mucho más esta posibilidad. Las tertulias que vemos o escuchamos en los medios de comunicación son palmario indicio de que estamos muy lejos de conseguirlo: no se escucha al otro/a, sino que se quiere imponer la propia opinión…

Es importante este preludio, porque, a pesar de subrayar la individualidad de las sensibilidades, sabemos que hay culturas que acaban por imponerse en general porque dirigen y manipulan las opiniones individuales. La Historia lo demuestra constantemente. Ya la filosofía de la Escuela de Frankfurt hablaba de la cultura de masas y preveía sus peligros. Precisamente la palabra cultura hace referencia a ésto: la cultura es un bagaje (valores, opiniones…) que heredamos y transmitimos (consciente o inconscientemente). Desde que existen los medios de comunicación la manipulación es mucho más fácil. Ahora, con las redes sociales, lo es exponencialmente. Y las noticias falsas (la desinformación) son el pan de cada día. ¿Cómo mantener hoy una información mínimamente objetiva para hacernos con la propia?

Esta premisa es esencial. Porque cuando más arriba hablaba de la opinión y la sensibilidad personal e intransferible, me refería a la confrontación uno/a versus. uno/a, i. e.  a las opiniones confrontadas entre dos personas. Actualmente las «opiniones» (honradas/verdaderas vs. falsas/con mala intención) son miles. ¿Cómo conseguir discernir entre unas y otras?

A pesar de esto, hay culturas que se imponen sin que haya comprobación alguna de por medio: el ascenso de la ultraderecha en el mundo occidental, el aumento del machismo entre los jóvenes, el negacionismo de fenómenos objetivos (los genocidios nazis, el cambio climático, las causas de la pandemia, el beneficio de las vacunas…). Esto son culturas. Y con estas tenemos suficiente y de sobra para empezar y para seguir, para crear contraculturas para combatirlas. Nos hacen falta, pues, contraculturas, en plural. Siempre.

Lástima que las contraculturas las protagonicen minorías. Pero son necesarias. Y la Historia siempre se ha nutrido de las culturas inhumanas, pero también de las que van a la contra. Las contraculturas son sanas y sanan.

Anna Rossell

Anna Rossell

Anna Rossell (Barcelona –España, 1951)

De 1978 a 2009 profesora titular de la Universidad Autónoma de Barcelona en la especialidad de Lengua y Literatura Alemanas (Filología Inglesa y Germanística) y crítica e investigadora literaria en Barcelona, Bonn y Berlín.

Actualmente se dedica a la escritura creativa, la crítica literaria y la gestión cultural. Como gestora cultural organiza los recitales poéticos anuales estivales Poesía en la Playa, en El Masnou (Barcelona) y ha sido miembro de la comisión organizadora de los encuentros literarios bianuales entre continentes TRANSLIT. Actualmente organiza los Recitals de Poesia i Música VinsIdivina.

Colabora regularmente en numerosas publicaciones periódicas literarias nacionales e internacionales: Quimera, Ágora de arte gramático, Crítica de Libros, Revista Digital La Náusea, Realidades y ficciones, Las nueves musas, Nueva Grecia, Terral, Núvol y en revistas especializadas de filología alemana.

Entre sus obras no académicas ha publicado los libros Mi viaje a Togo (2006), El meu viatge a Togo (2014), Viaje al país de la tierra roja, Togo y Benín (2014), Viatge al país de la terra roja, Togo i Benín (2014), los poemarios La ferida en la paraula, (2010), Quadern malià / Cuaderno de Malí (2011), Àlbum d’absències (2013), Àlbum de ausencias (2014), Auschwitz-Birkenau. La prada dels bedolls/La pradera de los abedules (2015) y las novelas, Mondomwouwé (2011) y Aquellos años grises (España 1950-1975) (2012), Aquells anys grisos (Espanya 1950-1975) (2014).

Es coautora del libro de microrrelatos Microscopios eróticos (2006).

Cuenta en su haber con algunas traducciones literarias del alemán al español, entre ellas El Elegido, de Thomas Mann.

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