(Observaciones de un aprendiz de pintor)
MONTAÑAS
Aquel hombre miraba
desde lejos montañas
confundidas con nubes.
Miraba sus ojos cerrados,
como si buscase quimeras
que escondieran secretos.
De niño no tuvo especial disposición para la pintura, no había obtenido premio alguno en el colegio, no destacó porque hiciese algún dibujo, quizá estimaba más la caligrafía, sin embargo, disfrutaba ante un cuadro. Con mezcla de admiración y respeto se detenía ante el paisaje, el mar y su continuo movimiento, especialmente el mar abierto, le entusiasmaba, también el pequeño puerto donde vivía. Era frecuente que lo encontrasen sentado entre los viejos pescadores, que pasaban horas y más horas mirando lejos, tras un ver más allá del horizonte, mientras fumaban aquel tabaco de contrabando.
Siendo un muchacho, si alguien decía que conocía a un pintor, trataba de que le explicase algún cuadro. Si era un retrato, preguntaba qué veían en él, si había logrado captar ese carácter que hacía diferentes a los pintores, porque, para ver lo que todos veían, el retrato no tenía valor alguno.
Le gustaba hurgar en los cuadros, era algo diferente. El tiempo había quedado ahí, pensaba que, el pintor como el escritor, son guardianes del tiempo. Había que tratar de encontrar algún detalle, no se refería a objetos que han quedado en desuso y marcan los años. No, no era eso, veía flotar algo, si el cuadro era bueno, decía mucho más, nunca se entregaba del todo, había que tratarlos, iniciar un diálogo hasta que la distancia, la separación entre cuadro y observador se rompía, no sólo desaparecían barreras, se había convertido en interlocutor, los cuadros entonces hablaban.
Solía llevar un cuaderno y un lápiz. Si algo le gustaba, apuntaba. Lo hacía con un garabato que trataba de identificar el objeto y colocaba unas palabras, sobre la luz, el color, las sombras, así era fácil recordar ese momento. La rama de un naranjo, una flor, una hoja, al colocarlas en el cuaderno no eran piezas sueltas, sino partes de ese día.
Desde su ventana, ahora, contempla las montañas. Se esfuerza por saber cómo lo haría un pintor, si tuviese que trasladarlas al cuadro. Para ello pienso que primero ha de conocer ese esquema de sierras que limitan el valle. No es la primera vez que dispone de una ventana desde la que pueda ver montañas, pero, aquella otra, años de su adolescencia, no puede volver, era el tiempo en el que, en vez de pintar, las visitaba a diario, sentía el planeta bajo sus pies.
Las montañas destacan sobre un cielo limpio. A veces tienen unas nubecillas en paralelo. La luz cambia el color y altera el volumen de los montes. Un monte lejano siempre es más o menos violeta, sin embargo, el próximo, siempre es más difícil de definir, porque puede ser entre marrón y amarillo, salpicado de verde, o simplemente oscuro.
A veces la lejanía se confunde con el cielo, y si las nubes son de un gris azulado será difícil distinguir. En la tarde el monte del primer plano es todo oscuro, quizá porque ahora es la sombra la que domina. Mientras allá lejos la luz los hace pasar del violeta al transparente y, como las horas no se detienen, también ellos se irán oscureciendo en el camino de la tarde.
Con las primeras luces se produce un fenómeno inverso. Negro y blanco contrastan formando un paisaje cubista. Los montes a esas horas están formados por planos de luz y sombra que coinciden en aristas. Poco después, el sol dora las montañas, se aprecian con claridad zonas verdes, algunos árboles como tachuelas sobre sus lomos. Las aristas se redondean.
Si tuviese por objetivo representar lo efímero se dedicaría a las nubes, recordaréis aquellas nubes de las que hablaba Baudelaire. Ahora que está por las montañas, empieza a pensar que ellas también son efímeras. Creía que, con su peso, su elevada arrogancia, se mantendrían inalterables, pero no es así. A las once parecían aplastadas por la luz, sin embargo, a las once y cinco una nube ha oscurecido alguna de ellas, ahora es hermoso ver la primera en sombra y el resto perfectamente iluminadas.
Poco después, otra nube enorme ha cubierto las montañas lejanas y las ha convertido en el oscuro que contrasta con un primer plano, dorado y verde con manchas de árboles. Ahora piensa que el aire ha limpiado la atmósfera, por eso las nubes cambian tan aprisa y la luz y la sombra varían el volumen de sus masas. El viento debe soplar fuerte en las cumbres, ve con nitidez hasta las más lejanas.
Hoy con lluvia, aparecen difuminadas allá lejos, sin que exista otra diferencia con el cielo que la línea ligeramente más gris que forman las cumbres. A veces los montes más lejanos parecen sumergidos, como si el cielo los cubriese, se ponen de color violeta; otras, se hace casi blanco.
No son muchos los días con niebla, pero hoy es difícil ver, cuando despertó la propia torre empezaba a ser dudosa, ahora ya se perfilan algunos montes, cree que corresponden a Abarán. En cuanto a la sierra de Orihuela aún no se ve nada. ¿Esta desaparición aporta algo a lo que ve? Diría que sí, que las casas con una ligera niebla sobre las terrazas parecen más cercanas.
A primera hora, el monte no tiene color violeta, casi transparente. En estos momentos las montañas más lejanas son oscuras, como una mancha, los montecillos, al recibir la luz, se muestran blancos. La luz cae vertical sobre las cumbres, no es nieve es claridad, muy pronto se oscurecen y vuelven a ser esas masas tendidas sobre la tierra.
Hoy hay una ligera bruma, no se ven los pinos en la sierra, apenas confundida con una nube se percibe la última montaña, parece una postal amarillenta que hubiese permanecido mucho tiempo al sol y sus volúmenes se hubiesen reducido a líneas. En el jardín van a cortar la palmera que ha visto crecer, estaba dañada por el maldito picudo.
Cuando avanza la primavera los montes aparecen cubiertos por una gasa blanca, que los aleja. Sobre los montes unas nubes, como lajas de piedra, convierten al cielo en el techo de una cueva, donde las casas parecen pinturas prehistóricas que, pasados miles de años, el arqueólogo descubrirá con esta mirada que alguien quiso anotar.
En los primeros días de abril la luz solar incide de tal modo sobre los montes que los primeros se hacen oscuros, como siluetas que contemplamos en un teatro de sombras. Los que están más lejos resultan violetas con manchas blancas. Los montes parecen hechos vapor de agua, los más lejanos se cubren con un velo blanco, entonces ve su sombra en pleno reposo, como si recordaran cuando fueron criaturas gigantescas en movimiento.
En la primera hora de la tarde esos mismos montes toman un color rojizo, su superficie presenta franjas oscuras, serían verdes, debe tratarse de algún tipo de vegetación, quizá árboles, matorrales.
Hoy es la “Fiesta de los Huertanos”, primavera, hay una niebla que se extiende por toda la ciudad, impide ver algunos montes, los que vemos aparecen como fantasmas que se levantan a lo lejos. Es un día gris, algunos ya han extendido sus toldos sobre la hierba y sentados en sillones plegables se disponen a pasar el día bajo los árboles. Comienzan a despertar los mendigos que han dormido en esos huecos inclinados en los que se puede tomar el sol.
Hoy, día de calor. Este verano ha sido el más caluroso desde que se tienen referencias. Los montes adquieren un color rosado, no dura mucho porque apenas coloca su testimonio, se han oscurecido, entre marrón y violeta. La bruma hace desparecer los montes que corresponden a Orihuela.
En enero la luz es más transparente, el aire alarga las nubes, la luna como una moneda blanca destaca sobre el azul. Todas las montañas del fondo, por un instante se han puesto violetas, ahora es el cielo que las limita, en unos minutos oscurece.
Al día siguiente los montes del primer plano son oscuros, los lejanos pasan a blancos, mientras los últimos son casi azules, confundidos con el cielo que los cubre.
La polución ha llegado para quedarse. Desde hace días la trasparencia habitual se diluye tras en una fina capa, casi visible. La luz, que nos bañaba, es ahora, gris, sucia. Los montes tendidos parece que reposasen en un establo.
Por la mañana mantienen las sierras vecinas esa capa que recuerda la niebla, es algo menos blanca, más gris. Recuerda que estamos en enero, cuando el frío, pone su cristal más transparente.

















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