Muchas veces nace la enfermedad del mismo remedio
Baltasar Gracián
La Existencia del Hombre está marcada por dos ejes centrales: la vida y la muerte, y de manera paralela como parte de aquello que las sostiene se encuentran el tiempo y la enfermedad, es decir, que estos conceptos de cierta manera les dan sentido.
Cada ser tiene su tiempo, su tiempo de vivir y su tiempo de morir, así lo señala el libro del Eclesiastés, y no hay ninguna duda de que esto no sea así, porque todo se rige bajo la voluntad de D/os, por lo que todo sin excepción es para bien.
Hay niños que nacen para morir, y ancianos que viven más allá del tiempo porque necesitan continuar aprendiendo mientras a su alrededor siembran sabiduría, y hay otros que mueren en el camino por diversas situaciones, pero cada acto bajo el cumplimiento de su misión de vida, sostenido por el Misterio de la Voluntad de D/os.
Sin embargo, dentro de esta línea sostenida por la Vida y la Muerte se encuentran dos conceptos más la enfermedad y el sufrimiento, ambos más allá de la concepción cristiana de aguantar nuestra cruz, tienen un sentido teológico interesante que nos ayuda a inspeccionar quiénes somos, en qué nos hemos convertido y hacia dónde nos encaminamos.
Es decir, tanto la enfermedad como el sufrimiento son manifestaciones de un abandono o maltrato de nuestros siete lenguajes (corporal, emocional-sentimental, instintivo, sensorial, racional-intelectual, sexual y espiritual), ambas situaciones en nuestra vida se nos presentan como un grito de nuestro interior para reconciliarnos con nosotros mismos, con el prójimo, con nuestro ambiente y con lo divino.
Principalmente hemos de comprender que nuestro cuerpo es el punto central de nuestro encuentro con el Todo y con la Nada, sin él, no podríamos comunicarnos ni guardar Silencio, el cuerpo es nuestro Templo, y de manera semejante a éste debemos cuidarlo, restaurarlo y no permitir que nadie en especial nosotros mismos lo maltratemos hasta dejarlo en ruinas.
Para ello, lo principal es procurarle salud a cada uno de sus lenguajes, pero ¿entendemos realmente este concepto?
Para la OMS, la salud, es un estado de completo bienestar físico, mental y social, es decir, no solamente se relaciona con la ausencia de afecciones o enfermedades, por lo que su otro punto de sostén es la salud espiritual, la cual está completamente entrelazada con el cuerpo.
Tener salud exige desarrollar un estilo de vida sano el cual se refleje en nuestras relaciones sociales, con la naturaleza y con lo divino, en particular porque el lenguaje corporal refleja nuestra comunicación con los otros lenguajes, es decir que, si no tenemos una relación sana con ellos, esta falta de dialogo se manifestará a través del sufrimiento y la enfermedad.
Regularmente y en particular en occidente, la medicina se enfoca en adormecer el sistema nervioso, con ello, se deja de sentir dolor y malestar, pero esto no sana ni elimina los malestares que en muchas ocasiones se crean de nuestra falta de empatía y aceptación hacia nuestros semejantes y circunstancias.
En la antigüedad médicos como Avicena (Abū ‘Alī al-Husayn ibn ‘Abd Allāh ibn Sĩnã) curaban las enfermedades ayudando a reconocer al paciente determinadas situaciones en su interior, a semejanza de como lo hacen los gurús de la India o los chamanes en Sudamérica, sin embargo, en occidente esto no funciona así, en particular porque las medicinas producen un gran capital a las farmacéuticas, a las cuales no les interesa aliviar a las personas sino crearles más enfermedades para el continuó consumo; con esto no se está mencionando que las medicinas no funcionen, se resalta la necesidad de inspeccionar y ver si el malestar realmente es físico o un reflejo del grito de alguno de nuestros lenguajes o de nuestra relación con el exterior.
De manera paralela se desarrolla la medicina alternativa fundamentada en una relación más cercana con los alimentos, el ejercicio, y la paz mental.
Pero como parte de las raíces tanto de la medicina alternativa como de la medicina científica se encuentra la Dietética espiritual desarrollada por los Padres del Desierto, San Benito y por Hildegard von Bingen, quienes consideraban a la salud corporal como un arte de hacerse uno con los elementos de la naturaleza. Por ejemplo, el uso correcto de la luz del sol y del aire, el porcentaje preciso de comida y bebida, aunado a la gratitud con la cual se les habla a los alimentos y al agua antes de consumirlos, el ejercicio, el descanso, el tiempo justo de sueño y de vigilia, el conocimiento sobre las secreciones corporales, así como el dialogo del cuerpo con sus lenguajes, ante esto, la salud del cuerpo en la antigüedad era una cuestión completamente religiosa, de ahí que los médicos jurarán fidelidad a Esculapio, dios de la salud antes que a Hipócrates.
Para los antiguos el culto a las divinidades y las relaciones armónicas con D/os eran fundamentales para tener buena salud, sin embargo, con el paso del tiempo, la Iglesia como institución olvidó este punto crucial, en particular porque a partir de las enseñanzas agustinianas percibió el cuerpo de manera maniquea, entonces, al sentir el cuerpo como un cárcel, todas sus enfermedades y sufrimientos se volvieron castigos y culpas, enfocandose sólo en el binestar del alma, pero con ello, se olvidó del Espíritu, sin embargo; un Espíritu sin salud corporal está igual de enfermo.
Lo anterior es señalado por Clemente de Alejandría, quien menciona en sus obras a Jesús como el verdadero educador en el arte de una vida sana, de ahí que los monjes del siglo IV a VI remarcaran que la salud del espíritu tienen su presencia en el cuerpo y en el alma.
De ahí que san Benito en su regla resalte que la vida espiritual plena tiene su fundamento en la salud corporal, o como lo mencionan en la Edad Media Alberto Magno e Hidegarda de Bingen, quienes utilizaron la dietética como una parte fundamental de la vida ascética, ya que esta se fundamenta en la libertad del Espíritu, pero este no pude ser libre si el cuerpo se encuentra enfermo y/o sufriendo. Para estos estudiosos en el Nuevo Testamento se deja claro que la Emuná/Imán o Fe es lo que cura desde el cuerpo hasta el alma, y esto es principalmente porque al luchar contra el alma (simbolo de la concuspicencia o el Satán) nuestra fe nos salva, sana y por ende nos hace libres.
La fe como instrumento de sanación corporal nos hace conocer a fondo nuestros impulsos, y nos sana porque comprendemos nuestras reacciones ante cada circunstancia.
La fe verdadera, aquella que surge del amor a lo sagrado y no a los dogmas, nos enseña que el cuerpo exterioriza lo que el alma-mente no puede exteriorizar, es decir, el cuerpo se convierte en el traductor de lo que realmente somos por dentro, de ahí, que se considere a la enfermedad como un simbolo teológico o un espejo espiritual que nos enseña a leer el alma a través de cada una de las manifestaciones del cuerpo.
Ante esto, la enfermedad se devela como un símbolo a través del cual el alma se expresa, así, quien puede descifrar este mensaje no sólo se libera de la enfermedad sino que obtiene una información directa y real. Para la mística, cada enfermedad tiene en sí misma información trascendental del estado real de cada persona, por lo que todos necesitamos de ese mensaje, de ahí que no exista una persona que se libre de una enfermedad.
Todos necesitamos de esa información que sólo llega por medio de la enfermedad, ya que esta nos saca de nuestro egoismo y de nuestra sordera, a través de ella D/os no habla, y si la vivimos desde la aceptación y el agradecimiento se convierte en una fuente de autoconocimiento. La enfermedad nos muestra nuestra tensión interior y nos hace ceder ante nosotros mismos, nos regresa nuestra fragilidad original, que en realidad es nuestra propia fortaleza.
Los Padres del Desierto señalaban que todos debemos hacernos amigos de nuestra enfermedad y preguntarle la razón por la cual se manifiesta en determinado momento, así el primer estadío de sanación es el dialogo con nuestro interior por medio de los sintomas de la enfermedad, aunado a ello y de manera paralela, explican que debe llevarse la mano al lugar donde se manifiesta el dolor y palpar las sensaciones, al tiempo que cerramos los ojos, y dejamos que este sentir nos contacte con lo más intimo de nuestro cuerpo.
La enfermedad es un grito, un reclamo que se convierte en un mensaje de todo aquello que se encuentra reprimido en nuestro inconsciente, y al mismo tiempo es un acto que nos libera, ya que funciona por decirlo así, como pequeños terremotos que nos van liberando energía evitando una catastrofre.
Toda enfermedad nos dice algo sobre lo que somos, por ello, si prestamos atención comprenderemos quienes somos y comenzaremos a crearnos una vida consagrada.
Desde la antigüedad se cree que las enfermedades nacen principalmente de las inhibiciones agresivas, del placer, del deseo y las necesidades no satisfechas, así como de un exceso de exigencias y actos de autodefensa. Es así que por medio de la enfermedad D/os nos enseña nuestras limitaciones, y al mismo tiempo nuestra enfermedad se puede convertir en la sanación del otro, en particular porque lo obliga a atender determinados puntos interiores. Pero ante esto, es claro, que la enfermedad no debe de ser nunca una situación que sirva como un acto de chantaje hacia los demás ni hacia nosotros mismos.
La enfermedad debe ayudar a comprender la Existencia y a soltar el tiempo, sólo así podremos comprender la Eternidad y hacer de la muerte un acto sagrado que nos conduce hacia D/os, por ello, debemos darle su tiempo, no tratar de eliminarla de inmediato, sino de escucharla, ayudarla a germinar para al terminar ver su proceso y dejarla ir. Así la enfermedad bajo el manto de la Voluntad de D/os se convierte en un acto de enamoramiento con la Vida.
Este tipo de reacción ante la enfermedad lo realizaban santos y santas como Hildegarda de Bingen, Bernando de Claraval, Teresa de Ávila, y sobre todo los Padres del Desierto, (a quienes ya hemos mencioando) quienes le dieron el nombre de Dietética espiritual.
Pero este conocimiento también fue desarrollado por la medicina griega, quienes comprendían que la salud corporal es una condición natural y previa de la salud espiritual y mental. Los griegos, atribuyen la fundación de la dietética a Herodikós de Selymbria (s.V a.C), quien resaltaba que la salud corporal es un fenómeno natural cuando se lleva un régimen de vida siguiendo las leyes de la naturaleza y la enfermedad; por el contrario, cuando se procede contra ellas.
Mientras que Hipócrates desarrolló este concepto en su libro Normas de vida, en donde resalta que el Hombre debe respetar su cuerpo y el medio ambiente si quiere gozar de buena salud.
Mucho tiempo después Hildegarda de Bingen (1098 -1179) escribió libros de terapéutica, en donde creó un interesante resumen de los principios medicinales griegos en relación con la Regla benedictina, en donde al resaltar el valor de la prudencia remarca lo importante que es combinar en el cuerpo la luz y el aire, la comida y la bebida, el trabajo y el ocio, el sueño y la vigilia. Es de resaltar que esta dietética es la base de los principios de su espiritualidad.
Por otra parte, Galeno dividió la dietética en seis partes, en paralelo y en desorden a las siete divisiones de la mística:

Así como podemos percibir, tanto para la medicina como para la espiritualidad la enfermedad tiene su origen en la falta de dialogo con nuestro cuerpo y lenguajes, no debemos olvidar que el cuerpo es nuestro guía en el sendero espiritual, ya que por medio de él desarrollamos nuestra inteligencia y damos sentido a la voluntad de D/os en nuestro día a día.
La dietética nos enseña a percibir en la voz del cuerpo la voz de D/os, sin embargo, quien no logra escuchar la voz divina en la carne estará siempre al borde de su realidad, por ello, es fundamental comprender que el primer síntoma de malestar interior se manifiesta a través del cansancio y la fatiga, si no escuchamos e ignoramos estos síntomas, vendrá la enfermedad a romper nuestro sistema nervioso, y quien se encuentra bajo el yugo del nerviosismo, será una persona rota que verá a su paz ausentarse por las quebraduras.
Como podemos comprender la Dietética Espiritual nos enseña que no existe un solo instante, ni un solo movimiento que no tenga un mensaje en sí mismo del alma-mente hacia el cuerpo, y de este hacia el Ser, y por otra parte, nos lleva a abrazar la enfermedad como un accidente dentro de nuestro acto, el cual debemos de vivir para conocernos de una mejor manera y sobre todo para reencontrarnos en nuestro sendero recto hacia D/os.


















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