Annual, el desastre que lo cambió todo
En Annual, Marruecos, España sufrió una de las derrotas militares más graves y dolorosas de su historia, un episodio de la guerra en África, que no sólo afectó a la contienda y a la forma de gestionar el protectorado que se ejercía sobre el país, sino también al propio régimen político español.
No se puede negar que resulta muy sencillo evaluar los hechos a toro pasado, conociendo las consecuencias y disponiendo de todo el tiempo del mundo para analizar lo sucedido. De hecho, son muchas las líneas escritas sobre el tema, sobre lo ocurrido entre el 22 de julio y el 9 de agosto de 1921, apenas 18 días en los que perecieron más de 12.000 hombres. Pero a pesar de ello, cuesta entender que se cometiesen tantos errores y que no se hiciese una lectura más acertada de la situación.
No digo que debían haber anticipado el desastre, máxime cuando muchos de los fallecidos lo fueron al ser ejecutados tras haber alcanzado un acuerdo de rendición, pero sí ser conscientes de los riesgos que se estaban tomando, y poner los medios para minimizarlos. En definitiva, no subestimar al enemigo.
Si bien la magnitud de la derrota condujo a una redefinición de la política de España con respecto a la guerra del Rif y el protectorado, y propició una crisis política que socavó los cimientos de la monarquía, no se depuraron todas las responsabilidades personales. Algunos de los máximos culpables salieron indemnes, mientras otros cargaban con mayor peso del que les tocaba. Nada nuevo, nada que no pase hoy día. Los que realmente pagaron por la incompetencia y la ambición de unos pocos, fueron los miles de soldados que murieron lejos de casa, sin saber por qué, en una guerra cruel a la que nadie les preguntó si deseaban acudir. Ellos y sus allegados, siempre los mismos.
Pero retrocedamos en el tiempo para entender el conflicto y los acontecimientos que tuvieron lugar en el norte de África durante las primeras décadas del siglo XX. La presencia española en el Magreb se remonta a los siglos XV y XVI, cuando la Corona de Castilla tomó posesión, entre otros lugares, de Ceuta y Melilla. Si bien durante el reinado de Felipe III (rey de España y de Portugal desde 1598 hasta su muerte en 1621) se conquistaron más territorios, el ascenso de la dinastía Alauí significó la pérdida de la mayor parte de las plazas en manos de países occidentales.
De esta manera, solo Ceuta, Melilla, las islas Alhucemas y el peñón de Vélez de la Gomera seguían en manos españolas al inicio del siglo XIX. Cabe destacar, que todas las plazas habían conservado siempre un carácter de presidios (guarnición de soldados que se pone en las plazas, castillos y fortalezas para su guardia y custodia), cuya ampliación había sido una constante durante el siglo XVIII.
El poderío mostrado por el sultanado marroquí comenzó a debilitarse progresivamente a lo largo del citado siglo XIX, lo que llevó a una gradual intervención de países occidentales en sus asuntos internos (principalmente Francia, Reino Unido y España). En el caso español, un ataque sobre Ceuta llevado a cabo por algunas tribus limítrofes, provocó una reacción que derivó en la batalla de Los Castillejos, la toma de Tetuán (1860) y la posterior firma de unos tratados de paz por los que el país peninsular amplió su presencia en el territorio (extensión de los límites de Ceuta y Melilla, así como la cesión de Sidi Ifni) y obtuvo una indemnización millonaria a cambio de la devolución de Tetuán, entre otras prerrogativas.
Un Marruecos muy debilitado, se convirtió en objetivo de los intereses de diversos países. Reino Unido buscaba certificar la seguridad de su ruta imperial hacia la India y recelaba de la presencia francesa en la zona. Francia, dueña de Argelia y posteriormente de Túnez, deseaba consolidar su dominio sobre el norte de África. España, buscaba afianzar sus presidios norteafricanos como alternativa a los imperios coloniales perdidos en América, al tiempo que trataba de no ser desplazada por las grandes potencias europeas. Finalmente, Alemania, resolvió intervenir en Marruecos aprovechando las discrepancias entre Francia y el Reino Unido. Fueron precisamente estas intenciones germanas las que forzaron el acuerdo de 1890 entre ambas potencias, en virtud del cual Reino Unido dejó Marruecos en manos francesas, a cambio de que los franceses hiciesen lo propio a su favor con Egipto.
España, que había disfrutado de una concordia relativa con Marruecos desde la firma de los tratados de paz, se encontró con una escalada de la tensión a finales del siglo XIX. Desde 1890, los conflictos entre las tropas españolas acantonadas en Melilla y las cabilas rifeñas limítrofes habían ido en aumento, hasta que los días 27 y 28 de octubre de 1893 se produjo el ataque a la ciudad autónoma. Dicha agresión, en la que falleció el general Margallo, gobernador militar de la plaza, derivó en el envío de más tropas por parte del gobierno español. Ante la posibilidad de una guerra, el sultán marroquí optó por destacar a su ejército y reducir la rebelión rifeña.

Con la pérdida de las últimas colonias en el Caribe y el Pacífico en 1898, España buscó reforzar su posición en el Magreb y salir del aislamiento internacional participando en las nuevas políticas de alianzas, lo que se tradujo en un acercamiento de posturas con Francia, interesada en dominar Marruecos para unificar el norte de África bajo su dominio. Ya en 1902, los galos ofrecieron a España el reparto del territorio en dos zonas de influencia, acuerdo que los hispanos rechazaron alegando que Inglaterra debía ser informada para evitar su hostilidad, decisión que lamentarían al verse obligados a aceptar, apenas 2 años más tarde y debido al acercamiento de posturas franco-británicas, un convenio bastante menos generoso.
La nueva situación dejaba al margen a Alemania, con lo que bajo la excusa de las crecientes presiones francesas sobre el gobierno marroquí, el káiser viajó a Tánger en 1905 y reclamó la independencia del sultán. Para evitar una guerra, se organizó una conferencia internacional que se celebró en Algeciras en 1906. En ésta, si bien se acordó el derecho de todos los países a lograr acuerdos económicos con Marruecos, Alemania vio frustrados sus intentos de participar en el reparto del país, que quedó en manos de Francia y España, con la potestad de intervenir si el sultán no era capaz de mantener el orden. Si bien se afirmaba respetar la independencia marroquí, el acuerdo significó su fin.
Los incidentes no se hicieron esperar, con lo que tanto franceses como españoles se vieron obligados a terciar en diversas ocasiones. España que había comenzado la extracción de hierro en el Rif, sufrió, al igual que los franceses, diversos ataques. Nada serio hasta que en julio de 1909, como respuesta a la detención de seis agitadores por parte de los españoles, un asalto rifeño se saldó con la muerte de cinco obreros que construían un puente para un ferrocarril minero en las proximidades de Melilla. Este suceso provocó la orden inmediata de intervenir por parte del gobierno español, era el inicio de lo que se conocería como Guerra de Melilla. Se movilizaron tres brigadas mixtas de Cazadores, formadas en su mayor parte por reservistas, lo que motivó graves disturbios tanto en Madrid como en Barcelona, donde se produjeron los sucesos conocidos como “semana trágica”.
Las fuerzas expedicionarias llegaron apenas una semana más tarde y no tardaron en entrar en combate. Tras los enfrentamientos de los primeros días y conocedores de la preparación de un potente ataque rebelde, se ordenó la salida de tropas para preparar la defensa. Un contingente protegería una de las posiciones críticas, denominada Segunda Caseta, mientras que otro vigilaría la zona del barranco del Lobo y la de Alfer. Fue precisamente en esta segunda ubicación, donde los rifeños, que ocupaban posiciones elevadas, sorprendieron a los españoles. Totalmente expuestos al fuego enemigo, el oficial al mando cometió el error de ordenar la retirada sin contar con el apoyo de la artillería, lo que provocó que los soldados fuesen cayendo a merced del enemigo. A la vista de la gravedad de la situación, el general en jefe (José Marina Vega) se hizo cargo del mando y organizó la retirada con apoyo artillero y de fuerzas procedentes de la posición de la Segunda Caseta. La emboscada originó más de 150 muertos, entre ellos el oficial al mando de las fuerzas en el barranco del Lobo (general Guillermo Pintos Ledesma), y casi 600 heridos.
Ante la gravedad de los hechos, los españoles variaron su estrategia. Se suspendieron las operaciones bélicas y se priorizó el refuerzo del contingente en Melilla, que en apenas un mes ya contaba con más de treinta y cinco mil hombres y un elevado número de piezas de artillería y munición. Posteriormente, se retomaron las hostilidades con una táctica envolvente a la ubicación de las tribus, que ayudó a tener un mayor control de la situación. Para finales de año, se había logrado pacificar la zona. Una dura lección que sirvió para mejorar el control militar de los alrededores de Melilla y ampliar la zona de influencia.
En 1911 Marruecos estaba en completa anarquía, el sultán se veía incapaz de mantener el orden y hubo que recurrir a la fuerza internacional. Tropas francesas, españolas y alemanas se desplegaron en las principales ciudades del país y asumieron el control. Sin apenas autoridad, la posición del sultán se hizo insostenible, con lo que éste firmó con Francia, en marzo de 1912 en Fez, un tratado por el cual se establecía formalmente el protectorado. El país galo, reconoció a España un territorio en la zona norte y otro en el sur de Marruecos, creándose así el protectorado español con capital en Tetuán, y cuya organización se estableció mediante Real decreto en febrero de 1913, fecha en la que también comenzó la ocupación formal del territorio.
La ocupación no resultó sencilla, la resistencia marroquí exigió el envío de refuerzos, haciendo que en 1913 ya hubiese allí destinados cincuenta mil soldados españoles. Los conflictos fueron constantes, pero España actuó de forma prudente y se abstuvo de ocupar más territorios para no provocar la reacción armada de otras potencias europeas involucradas, desde 1914, en la Primera Guerra Mundial. No obstante, terminada la Gran Guerra, los ibéricos se vieron libres para retomar las operaciones militares.
A lo largo de 1919 y 1920, se ocuparon diversos enclaves en el camino hacia la pacificación de la zona y todo parecía indicar que se lograría el objetivo, sobre todo con la expedición del general Silvestre, comandante general de Melilla, que se propuso acabar de raíz con las tribus rebeldes del Rif que tantos quebraderos de cabeza daban a España. La empresa no resultaba sencilla, a la escasez de medios se le sumaba el desconocimiento del terreno y la falta de información con respecto al enemigo. Sin embargo, el rápido avance obtenido desde mayo de 1920 y en apenas un año, hacía presagiar que pronto se podría controlar todo el territorio y alcanzar la Bahía de Alhucemas, objetivo marcado militarmente y alentado por la corona, siendo la fecha establecida para ello el 25 de julio, día de Santiago. No fue más que un espejismo.
Las tropas españolas, subestimando la capacidad enemigo, extendieron sus líneas mucho más de lo prudente. Se había conquistado una ingente cantidad de territorio, adentrándose más de 100 Km en territorio hostil, pero sin crear líneas de suministros eficientes, asegurar la retaguardia, ni establecer posiciones defensivas adecuadas para resistir los posibles contraataques. Tan solo se constituyeron una serie de enclaves precarios en altura, llamados “blocados”. Unas posiciones defensivas levantadas a base de sacos terreros, con una escasa guarnición (de 12 a 20 hombres), a las que era casi imposible hacer llegar agua o refuerzos en caso de ser sitiadas, y por tanto poco efectivas. Se trataba de un cordón de más de 140 ubicaciones, que únicamente contribuyeron a dividir las fuerzas españolas y a contentar a líderes nativos, que requerían la presencia de tropas para defenderse de cabilas enemigas de España.
La dificultad de defender estos “fortines” ante los rifeños no frenó la marcha. El general Silvestre tenía la orden de avanzar, y como oficial de caballería su mentalidad era la de ocupar el terreno con la mayor rapidez posible y que, posteriormente, éste, ya sería asegurado por las tropas de retaguardia. Así que continuó dedicado a la ofensiva y avanzando, era lo que había hecho toda la vida y le había salido bien.
Al llegar a Annual se dio orden de cruzar el rio Amerkan para ocupar la colina de Abarrán y establecer allí un nuevo blocado. Entraban en territorio de los Beni Urriaguel y su líder, Abd el-Krim, que llevaba tiempo preparando la lucha contra los invasores, lo tomó como una invitación a comenzar las hostilidades.
Su reacción no se hizo esperar, conscientes de la debilidad de estos fortines, no tardaron en atacarlo y reconquistarlo, haciéndose con la artillería allí desplazada. Un gran triunfo que llenó de moral a los insurrectos y sumo adeptos a su causa, incluidos algunos soldados marroquís, policías y regulares, que habían traicionado a sus compañeros defensores durante el combate. Ese mismo día, Sidi Dris, una posición costera, fue asediada. Ambas acciones, destaparon la fragilidad de las tropas hispanas y envalentonaron a los rifeños.
La derrota de Abarrán afectó negativamente al general Silvestre, que no daba crédito a lo sucedido. El hecho trastocó sus planes, por lo que ordenó suspender todas las operaciones, temeroso de otro ataque sobre alguna de sus posiciones en la zona. Su ego quedó tocado por el supuesto borrón que supondría aquel episodio en su expediente. Tanto es así, que eludía enviar una información clara a su superior, el general Berenguer, por lo que éste último lo convocó a una reunión en Sidi Dris el 5 de junio.
Tras el encuentro con su superior, ambos generales enviaron un telegrama al ministro de la guerra, en el que expresaron que si bien la situación era delicada y se debían tomar precauciones, no resultaba en absoluto alarmante. Se reanudaron las operaciones y se mantuvo la estrategia de seguir avanzando, con lo que se ordenó la ocupación de Igueriben, una posición estratégica para la defensa de Annual, donde se estableció un nuevo “blocado”. Esta posición sufrió ataques desde el primer instante, los nativos estaban determinados a tomarla. También comenzaba a haber tiroteos sobre Annual, y reportes alarmantes desde todos los sectores. Se hablaba de núcleos enemigos desplazándose en formación y no dejaban de aparecer hogueras por las noches, que transmitían información entre las diferentes tribus. Las operaciones que se montaron a partir de entonces fueron frustradas por los rifeños, sumándose a ello las continuas deserciones de soldados marroquíes sirviendo en cuerpos españoles. El general Silvestre restaba importancia a estos hechos en sus reportes, pareciendo no querer ver lo que se avecinaba. Abd-el-Krim llegó a ofrecer un alto el fuego si los españoles detenían su avance, sin embargo, el general español no supo entender el contexto real y trató de poner condiciones que dieron al traste con la opción abierta. Posteriormente la situación pareció normalizarse y los españoles retomaron sus rutinas en Annual, si bien, Iberiguen era continuamente atacada.
A mediados de julio, el general Silvestre planeaba una ofensiva. Equivocadamente, consideraba que los rifeños habían perdido su empuje, y entendía suficientemente asegurada su posición. Mientras tanto, Igueriben, que seguía hostigada, recibía a duras penas los suministros diarios a la vez que reportaba respecto a movimientos y acciones enemigas, que no descansaban. Desde Annual, que estaba sólo a 5 km costaba llegar al enclave.
El 17 de julio, de madrugada, se detectaron grandes grupos de rifeños en el lugar donde se montaban los servicios de aguada, por lo que se organizó una columna que, entre otros cometidos, debía garantizar la llegada del convoy con agua, materiales y suministros a Igueriben. Si bien lograron su objetivo a pesar de los ataques y las múltiples bajas sufridas, el líquido ya escaseaba aquella misma noche. Los numerosos daños y agujeros de bala sufridos por las cubas durante el traslado, hicieron que se perdiera gran parte del contenido. La situación comenzaba a ser muy preocupante en Igueriben.
El escenario se fue agravando a medida que pasaban las horas. Sin agua ni alimentos, con infinidad de heridos y cadáveres en descomposición, mientras soportaban un sol abrasador, se veían obligados a permanecer día y noche en los parapetos para mantener a raya al adversario. A las solicitudes de apoyo, recibían la orden de resistir y la promesa del envío de unos refuerzos y suministros que no llegaban. Los atacantes insistían, e incluso proponían la rendición siendo respondidos a balazos. Lo tenían claro, solo se rendirían a la muerte.
Sitiados desde el 17 de julio, la defensa de Igueriben resultó imposible ante la abrumadora superioridad de los atacantes y la falta de agua, municiones y suministros. Desde la base de Annual intentaron a toda costa socorrer a sus compañeros, pero resultó imposible, los contingentes enviados eran rechazados y las bajas se multiplicaban. El 21 de julio, sin municiones ni alimentos, los escasos defensores que quedaban en pie incendiaron las tiendas, inutilizaron los cañones y se dispusieron a salir con el firme propósito de llegar hasta a Annual. Fueron masacrados. Apenas una decena de hombres logró su objetivo y unos pocos fueron hechos prisioneros, el resto, más de 300 defensores, dejaron su vida en aquella colina.
El general Silvestre había hecho lo indecible para poder auxiliar a aquellos valerosos soldados que lo habían dado todo. Incluso había planteado la opción de acudir el mismo al mando de un escuadrón, pero fue disuadido por sus oficiales al tratarse de una acción suicida. También solicitó, sin lograrlo, la presencia de barcos de guerra para bombardear la costa y ataques aéreos, con el objetivo de retirar la atención del enemigo de la zona. Finalmente, ordenó el despliegue de todas las fuerzas disponibles en Melilla, que se desplazaron a Annual, quedando así la ciudad desprotegida. Pero todo resultaría inútil, cada tentativa resultaba una sangría, y lo que era aún peor, empezaba a comprometerse la seguridad del grueso de las tropas en Annual. La situación comenzaba a ser dramática a todos los niveles, la moral de las tropas había caído drásticamente y el miedo comenzaba a hacerse camino.
Ante las noticias que recibía de sus oficiales en la zona, el propio general se desplazó al lugar el 21 de julio. Ese día ya se temía por un ataque a la propia base de Annual a pesar del gran número de tropas allí concentradas, por lo que el comandante en jefe ordenó a su segundo, el general Navarro, regresar a Melilla, así como el traslado de un regimiento de caballería a Drius, a mitad de camino entre Annual y Melilla, como medida para cubrir una posible retirada. Silvestre no daba crédito a lo que sucedía, no entendía como se había llegado a aquel punto, se veía derrotado. A tenor de la situación, por la noche, se reunió con su estado mayor, que entrada la madrugada tomó la decisión de ordenar la retirada a primera hora de la mañana. La posición de Annual estaba tan adelantada que había quedado prácticamente aislada. Apenas disponían de suministros y municiones, siendo el acceso al agua casi imposible. Conscientes de que en caso de necesidad resultaría muy complicado recibir refuerzos desde la retaguardia, y de que Melilla había quedado desprotegida, el repliegue parecía la única opción lógica.
Si bien la decisión estaba tomada y se preveía establecer un plan de evacuación, el general pareció dudar por la mañana, lo que demoró la hora prevista hasta el mediodía. Durante ese retraso, se informó de la aproximación de numerosas tropas enemigas, con lo que se precipitó la salida y se generó el caos. Salvo algunas unidades que mantuvieron la calma y cubrieron a sus compañeros, el resto huyó despavorido, produciéndose el desastre. Ni siquiera se planteó una defensa. La mayoría dejó el grueso de sus equipos en el lugar, huyendo de manera desordenada aun no habiendo sido atacados. Resultaron presa fácil para los rifeños. La traición de muchas de las tropas marroquíes integradas en las filas españolas, agravó el desastre y el repliegue se convirtió en una matanza.
Los números telegramas enviados por el general Silvestre lograron la movilización de tropas desde España, que aseguraron los refuerzos en Melilla, pero no evitaron la catástrofe. La mala gestión de la retirada y el pánico, resultaron el principio del fin. La desbandada española provocó la sublevación de las tribus de retaguardia, que se dedicaron a hostigar el repliegue y tomar las endebles posiciones defensivas que se habían instalado. Algunas vendieron cara su piel a pesar de no contar ni con municiones ni suministros, y peor aún, sin agua. Otras se rindieron presas del pánico bajo la falsa promesa de que se les permitiría, una vez desarmados, retornar a Melilla. Muchos fueron asesinados.
El episodio más cruento sucedió en Monte Arruit el 9 de agosto, donde casi 3000 españoles, que se habían defendido hasta la extenuación, no tuvieron más remedio que rendirse ante la falta de munición, víveres y agua. A excepción de los altos oficiales, por los que se pediría posteriormente rescate, todos fueron asesinados una vez desarmados. Además, con el agravante de que Dámaso Berenguer, alto comisario de España en Marruecos, no acudió, incomprensiblemente, en socorro de estas tropas, aun disponiendo de múltiples refuerzos ya en Melilla. Seguramente se encontraba en shock, o dominado por el pánico, ya que las crónicas de la época hablaban de que no había sitio en Melilla para alojar a la gran cantidad de soldados de refuerzo que habían llegado desde España, y no se explicaba la causa de la inactividad del alto oficial. Puede ser que la historia lo juzgue o que le remordiese la conciencia, quizás no, pero lo triste es que fueron otros, casi 3000 desafortunados y sus familiares, los que tuvieron que sufrir las consecuencias. Nada nuevo en el horizonte.
Las cifras oficiales del desastre de Annual hablan de 12.214 bajas, aunque es muy complicado tener un número exacto. Entre los caídos se contaba al propio general Silvestre, cuyo cuerpo jamás fue recuperado, ni las causas de su muerte esclarecidas. Se piensa que pudo haberse suicidado. Las noticias viajaron rápidamente a la península, donde se dieron grandes muestra de solidaridad, con numerosas donaciones económicas y materiales, así como alistamientos, además de homenajes populares a los caídos. Hubo consenso político entre todas las ideologías, y sobre todo un sentimiento de dolor general y ansias de desquite.
El suceso marcó un antes y un después tanto en el conflicto como en España. Los vencedores, pletóricos por la gesta, se autoproclamaron independientes y crearon la “República del Rif”. No reconocían la autoridad del sultán de Marruecos, ni tampoco aceptaban el protectorado, a la vez que denunciaban el colonialismo. Los vencidos por el contrario, tenían dos cosas en mente, depurar responsabilidades y vengar la afrenta, restaurar el honor.
La consecuencia inmediata de la debacle fue la caída del gobierno de Allendesalazar y su sustitución por el gabinete conservador de concentración nacional presidido por Maura, quien designó a Juan de la Cierva para el puesto de Ministro de la Guerra. Una de las primeras decisiones de éste, fue la de ordenar al presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina, el general Aguilera, la apertura de una investigación para esclarecer lo sucedido, y en su caso, depurar responsabilidades.
Se encomendó la labor al general Juan Picasso González, militar laureado y perfecto conocedor del terreno por su experiencia en la guerra de África, creándose, en virtud de la Real Orden de 4 de agosto de 1921, una comisión de investigación presidida por el citado general, que no tardó en ponerse manos a la obra. Los problemas no tardaron en aparecer. Al demandar información al general Berenguer, éste, indignado por haberle sido requeridos los planes de operaciones y límites de las autorizaciones dadas a Silvestre, protestó al ministro de la guerra, haciendo que se emitiese una Real Orden por la cual no se permitía la investigación del Alto Mando.
El general Picasso, que no se dejó influenciar y mantuvo su independencia, continuó entrevistando tanto a testigos como prisioneros de forma concienzuda, realizando su labor de forma metódica. De este modo, elaboró un informe ejemplar conocido como Expediente Picasso, en el que se señalaron no sólo múltiples errores militares, sino también abusos que habían generado una fuerte animadversión contra la labor colonizadora española, problemas derivados de las carencias de equipamiento, la falta de entrenamiento de los combatientes, corrupciones, desfalcos, contrabando… El informe resultó demoledor.
Mientras la investigación y la guerra en el protectorado seguían su curso, los debates en el parlamento apuntaban a Berenguer y a la Corona como responsables, si bien era objeto el general, de las mayores críticas como vía de ataque al ejecutivo y a la monarquía. Ante esta situación, el máximo responsable del ejército en el norte de África presentaría su dimisión en varias ocasiones, siendo estas rechazadas todas y cada una de las veces. Tanto el rey Alfonso XIII como el gobierno le mostrarían su apoyo repetidamente.
El contraataque Español estaba logrando recuperar el territorio perdido, y a cada reconquista, las ansias de desquite aumentaban. Los horrores descubiertos en Zeluan, Nador y sobre todo en Monte Arruit, exigían una respuesta contundente. Apenas 4 meses después del desastre, ya se acumulaban en marruecos 145 mil hombres y se contaba con un nuevo plan de operaciones del propio general Berenguer recién aprobado.
Por otro lado, si bien España iba recuperando posiciones, Abd-el-Krim se hacía fuerte en el oeste y aumentaba sus efectivos, hasta el punto de que Francia comenzaba a verlo como una amenaza. En esta situación, la toma de Alhucemas adquirió aún mayor importancia. Se trataba de una plaza a orillas del Mediterráneo, por tanto más sencilla de abastecer desde la península, y en pleno corazón de los insurgentes. Su conquista, permitiría la extensión del protectorado español hacia el sur evitando el largo y abrupto tránsito desde Melilla.
A medida que fueron pasando las semanas, en el propio gobierno español aparecieron las discrepancias con respecto a la forma de actuar en el protectorado. Mientras el presidente se mostraba favorable a un control de las plazas costeras y escasa presencia en el interior, no lo veían así algunos ministros, por lo que decidieron dejar el gabinete. La falta de apoyos del presidente, unida a la posterior dimisión del ministro Romanones, que criticaba no se estuviesen depurando responsabilidades, provocó la caída del ejecutivo. Se trataba del segundo gobierno que sucumbía al desastre de Annual.
El nuevo gobierno, liderado por Sánchez Guerra, que aprobó el expediente Picasso, cometió, según estiman los historiadores, el error de prometer pasárselo al Congreso, cuando dos de sus ministros habían formado parte del ejecutivo durante el desastre y podían verse salpicados por el escándalo. Lo lógico hubiese sido esperar a que se solucionase judicialmente y no llevarlo al Congreso, hecho que dio alas a los partidos más extremistas que veían en la depuración de responsabilidades un arma muy poderosa para obtener sus propósitos, descabezar a las altas esferas e incluso provocar un cambio de régimen. En estas circunstancias el general Dámaso Berenguer volvió a presentar su dimisión, que fue nuevamente rechazada.
Las operaciones militares continuaban en el norte de África. A medida que el ejército avanzaba y se adentraba en el Rif, los combates se recrudecían, pero ya no se trataba del mismo contingente bisoño. Los medios y estrategias sobre el terreno eran más contundentes. Se contaba con 15 aviones y 6 tanques, además de realizarse operaciones combinadas con el apoyo de bombardeos de la armada desde la costa.
El nuevo gobierno era más partidario de la vía diplomática y de llegar a acuerdos con las tribus rebeldes, con lo que tomó inmediatamente medidas para repatriar soldados y entablar negociaciones. Al mismo tiempo, en Madrid, el tema de Annual ya estaba sobre la mesa. El 18 de abril, los 2.433 folios del expediente Picasso fueron entregados al Consejo Supremo de Guerra y Marina, y comenzaba a alargarse la sombra de la promesa de entregarlo al congreso en un ambiente político convulso.
En esta situación, el presidente comenzó a poner excusas para retrasar el cumplimiento del compromiso adquirido, y finalmente comunicó que tras ser revisado por el gobierno se remitirían las partes que se considerasen oportunas, lo cual crispó aún más el clima político, con una izquierda que deseaba depurar responsabilidades mirando a la figura del rey y una derecha que tenía en mente la instauración de una dictadura. El documento fue aprobado en julio y sometido a examen en las Cortes. El conocimiento de los datos recogidos en dicho informe, que fueron filtrados a la prensa y discutidos en el Congreso, desembocó en una indignación social generalizada y en un escándalo político que situó al monarca y a los altos mandos del Ejército de África en el punto de mira.
En cuanto a la acción judicial llevada a cabo por el Consejo Supremo de Guerra y Marina, tras el estudio del expediente, se había producido la emisión del dictamen de la fiscalía. Como primer punto, se criticaron las limitaciones impuestas al general Picasso para su investigación, es decir, no investigar al alto mando, e incluso se cuestionó la legalidad de dicha medida. Además, se estableció que de los 37 testimonios deducidos por Picasso y de los que la mayoría eran susceptibles de implicar responsabilidades, podían ser considerados punibles otros 40 casos. La fiscalía decidió imputar al general Navarro, al general Silvestre y sorpresivamente al general Berenguer en su condición de comandante en jefe, cuando se le creía fuera del ámbito de la investigación. Así que el 7 de julio de 1922, casi un año después de los hechos, se decidió formar causa contra los 3 generales. Respecto al resto de casos, se decidió que se enviasen al alto comisario en Melilla para su investigación.
Berenguer que se encontraba en Madrid despachando con el gobierno, no salía de su asombro. La noticia le había llegado por un periódico. Indignado y dolido, fue cuando presentó la dimisión, por quinta vez, y está ya le fue aceptada. Por error, por omisión o porque se la habían jugado, el general fue encausado, un hecho que no esperaba por los apoyos que tenía tanto del ejecutivo como de la corona. Este hecho provocó además la destitución del ministro de guerra, encargado de conocer el estado del proceso y de mantener al corriente tanto al gobierno como a los encausados.
Con el expediente en manos de los diputados, y tras los dictámenes cargados de tintes políticos de la comisión de investigación del congreso, hechos público en noviembre, la crispación fue en aumento y las posturas se radicalizaron, con una izquierda que señalaba cada vez más al monarca y lograba relacionarlo con el desastre de Annual. En esta situación, a primeros de diciembre de 1922 se produjo una crisis que rápidamente derivó en el final del ejecutivo. Se trataba del tercer gobierno que caía engullido por los sucesos de Marruecos.
Viendo el ambiente tan enrarecido, y con el ánimo de buscar la estabilidad, los partidos liberales llegaron rápidamente a un acuerdo para formar gobierno, poniendo al frente a García Prieto. Alfonso XIII no simpatizaba mucho con esta corriente política, por lo que la convivencia entre la Corona y el gabinete resultó complicada.
Simultáneamente, el proceso continuaba en el Consejo Supremo de Guerra y Marina, pero se encontraban con que el general Navarro estaba prisionero, el general Silvestre desaparecido, probablemente muerto, y el general Berenguer, debido a su nombramiento de senador vitalicio por el rey, quedaba fuera de su jurisdicción. Por tanto, no se podía iniciar, por el momento, el proceso con ninguno de los tres. En estas condiciones, el fiscal procedió a elaborar un escrito en el que se reflejaban las responsabilidades de Berenguer en los sucesos, y los fundamentos para su procesamiento, que fue analizado por el Consejo. Tras determinar éste, que había habido negligencias graves, remitió un suplicatorio al congreso para que el general pudiera ser imputado. Quedaban a la espera de respuesta mientras la guerra continuaba en África, y el ambiente político se deterioraba.
A finales de enero de 1923, tras largas negociaciones, el pago de 4 millones de pesetas y la entrega de prisioneros rifeños, se logró la liberación de los españoles capturados en Marruecos, los que habían sobrevivido a las pésimas condiciones del cautiverio. Si bien las reivindicaciones rifeñas se mantuvieron firmes desde el inicio, con unas peticiones concretas, la actitud española resultó cambiante, lo que provocó que el cautiverio se hubiese alargado durante año y medio. Si bien inicialmente, las buenas gestiones de la oficina central de asuntos indígenas logro la liberación de rehenes, negociando con diferentes líderes locales, la situación cambió cuando la mayor parte de prisioneros pasó al control de Abd-el-Krim.
La liberación de los prisioneros se convirtió en una cuestión de Estado que dio lugar a intensos debates en el Parlamento y en los medios de comunicación. A las presiones del ejército, que se oponía firmemente al pago de un rescate, se unían los temores que albergaba el gobierno de Maura primero y el de Sánchez Guerra después, de que el dinero fuera empleado en armamento, fortaleciendo así a los insurgentes. El inmovilismo político provocó el enquistamiento de la cuestión. Nadie deseaba aceptar las condiciones impuestas por los rifeños desde el inicio: el canje de prisioneros por cuatro millones de pesetas a través de la mediación de cualquier español autorizado por Madrid, siempre y cuando no fuese un militar. Así que la cuestión pasó a convertirse en una vergonzosa herencia de los sucesivos gabinetes, cuya resolución, a tenor de la evolución de los acontecimientos, resultaba cada vez más apremiante. El cambio se produjo con la llegada de los liberales al poder, que se propusieron firmemente obtener el rescate, pero dentro de la política no militarista que deseaban imprimir al protectorado.
Aunque pudiera resultar paradójico, la operación resultó beneficiosa para ambos bandos. Abd-el-krim lograba aumentar su prestigio y financiación para su causa, mientras que el nuevo gobierno, un espaldarazo a su gestión y un primer paso para afianzar su política diplomática para Marruecos. Un exitoso final que acabó con el largo y penoso episodio del cautiverio, desatascando una situación enquistada, pero que sin embargo, degeneró en una campaña contra la política civilista del gobierno. El ejército lo vio como una humillación.
Una vez llegaron los prisioneros a la península, su lamentable aspecto, incluida la gran cantidad de dinero entregada, acrecentó la indignación popular. Pero el sentimiento más extendido era el de cansancio y frustración, preguntándose el “para qué” de tanto sacrificio, y recriminando la tibieza con la que se había actuado. Entre los 350 liberados estaba el general Navarro, quien fue citado por el Consejo Supremo escasamente 2-3 semanas después de su llegada. En apenas dos meses, se dictó el procesamiento del general, que quedó en libertad provisional con cargos.
En el caso de Berenguer, hubo que esperar algo más, ya que la concesión del suplicatorio no llegó hasta el 28 de junio de 1923. Apenas unos días más tarde, el 2 de julio, se acordaba su procesamiento, en virtud del artículo 275, por omisiones cometidas durante su mando en la comandancia general de Melilla desde la toma y destrucción de la posición de Abarrán el 1 de julio de 1921 y hasta la rendición de Monte Arruit el 9 de agosto de ese mismo año.
En África, el ejecutivo de García Prieto, buscaba la paz a toda costa. Se quería consolidar la línea establecida en la comandancia de Melilla y expandir la influencia española por medios políticos, para lo cual se había nombrado un Alto Comisionado civil. La estrategia conllevó la repatriación de soldados, y la consiguiente reducción del gasto militar, pero no tuvo en cuenta los objetivos de Abd-el-Krim. Además, fue aplicada al margen del ministro de la guerra, Alcalá Zamora, el cual dimitió inmediatamente al ser conocedor de la misma, debilitando así al gobierno y obligando a celebrar elecciones en abril y mayo. Los resultados, lejos de aclarar el panorama político, reflejaron una gran diversidad ideológica que mostraba la ingobernabilidad del país. A esto se le sumaron varios reveses militares en Marruecos, las directrices pacifistas comenzaban a reflejarse en el número de fallecidos. El malestar del ejército iba en aumento.
El gobierno, además, propuso la apertura de una nueva comisión sobre Annual, sin tener en cuenta las investigaciones anteriores, y con el ánimo de estudiar los sucesos tanto en el norte de África como en España. El grupo, formado por 21 miembros carentes de experiencia en el tema marroquí, pronto empezó sus interrogatorios, que no tardaron en derivar hacia la responsabilidad de la monarquía. Se reabrieron heridas y retornaron los debates, crecía la tensión parlamentaria.
Todos estos temas hacían que el ambiente en España se fuese complicando, se daban multitud de atentados, muertes de obreros, de patronos… y ya comenzaban a escucharse rumores de un golpe de estado. En estas circunstancias, García Prieto propuso a Alfonso XIII tomar varias medidas, e incluso cesar a algunos Capitanes Generales, a lo que el monarca se opuso, provocando la dimisión del presidente.
El golpe de estado se produjo finalmente el 13 de septiembre de 1923 y el 17 se clausuraron las cortes instaurándose la dictadura. La documentación de la Comisión de Responsabilidades del Congreso de los Diputados fue incautada y el pleno previsto en que se iba a debatir el informe fue suspendido sine die. El expediente Picasso regresaba al organismo desde el que había partido la investigación, el Consejo Supremo de Guerra y Marina, cuyas atribuciones se limitaban al ámbito militar. El desastre de Annual, y la depuración de responsabilidades, tratados en el Congreso, llevaban camino de convertirse en un juicio al ejército, lo que sin duda tuvo su peso en el levantamiento.
Se trató de un golpe esperado que no causó reacción alguna en las calles, la situación era inestable y se había asumido que éste se produciría. La sintonía existente entre el rey, uno de los principales beneficiados con el cambio de régimen, y Primo de Rivera, también ayudó a la asunción natural del cambio.
El Consejo supremo emitió finalmente su fallo, absolviendo al general Navarro y encontrando culpables tanto al general Silvestre como a Berenguer. Este último fue condenado a ser apartado del servicio y pasar a la reserva a tenor del artículo 275 del código militar y tras considerar varios atenuantes.
El general Primo de Rivera mostró su alegría por la absolución de Navarro y pesar por la condena de su amigo Berenguer, reflejándose así la independencia con la que había actuado el tribunal. No obstante, a los días anunció que se preparaba una medida de gracia. Berenguer era un hombre muy influyente y con numerosos contactos, que no dejó de recibir apoyos de muchos políticos y militares. La sentencia les fue remitida a los condenados el día 5 de julio de 1924, fecha en la que también se publicaba en los periódicos el decreto que concedía amnistía para los delitos de negligencia previstos y penados en el artículo 275 del código de justicia militar, lo que afectaba a la mayoría de los condenados por el desastre de Annual.
En cuanto a los juicios realizados en Melilla, hubo muchos casos investigados, detectándose infinidad de hechos presuntamente delictivos. Se abrieron decenas de procesos, pero lamentablemente, se juzgaron con extrema parsimonia y benevolencia. Los procesos no avanzaban, e incluso se recriminó ya en 1922 al alto comisionado de Melilla (por aquel entonces, el general Berenguer) por ello. Aun así, dos años después, los procesos seguían en situación de sumario, el parón de la justicia resultaba incomprensible. Por eso el Consejo ordenó al comandante general de Melilla que imprimiese una mayor actividad y que aplicase a los funcionarios morosos las sanciones que estimase oportunas. Los telegramas y comunicaciones entre el Consejo y la comandancia de Melilla eran continuos, pero no había forma. En esta situación, se produjo el sobreseimiento de muchos casos, aunque no todos, ya que hubo oficiales con sentencias muy duras. El tema fue que no se aplicó el mismo rasero a todos. En general no se castigó el comportamiento de Annual, habiendo sólo unas pocas sentencias duras, lo que creó un gran descontento en la población, ya que la situación no se corrigió.
De esta forma se dio por finalizado el proceso de depuración de responsabilidades y el cuestionamiento de la Monarquía. El expediente quedó sepultado en el olvido hasta la Segunda República, momento en el que fue publicado y revisado, al igual que los informes de la Comisión de Responsabilidades. Ambos sirvieron para reactivar la causa, que fue utilizada como instrumento propagandístico al procesar a Alfonso XIII “in absentia”, por haber incurrido en un delito contra la soberanía del pueblo.
Si bien no se depuraron adecuadamente las responsabilidades personales del desastre de Annual, las consecuencias que provocó la catástrofe afectaron y cambiaron definitivamente el panorama político y social del país. La terrible crisis política derivada de los hechos, provocó la sucesiva caída de varios gobiernos y la señalización del Rey como máximo responsable, lo que derivó en un cambio de régimen con la instauración de la dictadura de Primo de Rivera. No obstante, esta maniobra, en la que tuvo su peso el de evitar las responsabilidades del ejército, no hizo más que retrasar la salida de un monarca salpicado por el escándalo y la proclamación de la 2ª república. Era el 14 de abril de 1931.
No debemos olvidar tampoco, que los militares curtidos en Marruecos, vivieron todo el proceso a merced de los vaivenes políticos. Los cambios de estrategia, la retirada de tropas y apoyos, la depuración de responsabilidades,… todo mientras ellos morían en aquel territorio tan hostil. Sin duda, el desastre de Annual, lo vivido en el protectorado y la posible sensación de abandono, influyeron en el levantamiento de 1936. Un alzamiento que comenzó en África.
Si bien, al igual que hoy día, los máximos responsables, que rara vez renuncian a los privilegios de sus cargos, tienen los contactos y las herramientas para tratar de eludir las consecuencias negativas de sus acciones y decisiones, la magnitud de los sucesos sigue su curso, y a veces las situaciones provocadas, acaban persiguiendo a sus responsables. Será el Karma. No obstante, siempre son los mismos los que sufren las penurias, mientras los verdaderos culpables disfrutan de los privilegios y normalmente salen de rositas de aquellas decisiones que tan negativamente afectan al resto.


















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