Responded a esta pregunta: ¿Quién recuerda la primera vez que leyó este poema? Probablemente nadie, pero es seguro que todos lo hemos leído y, muchas veces. Por esa razón es difícil distinguir entre lo que dice y aquello que sugiere.
Cuando hablamos nuestra propia lengua, no nos detenemos a pensar cuál es la articulación adecuada para lo que vamos a decir, del mismo modo el poema de Jorge Manrique aparece ahí, tan familiar, tan de nosotros, que tratarlo va a suponer, sin duda, hablar de cada uno, ese desconocido que nos acompaña y que, por supuesto, todos reconocen, menos uno mismo.
Estas Coplas son un discurso funerario civil. Manrique dedica la elegía a su padre y a su Maestre, este doble compromiso quizá le dio la distancia suficiente para serenar sus emociones y la elocuencia para expresarlas.
Se ha dicho que, todo lo que en este texto aparece, ha sido ya usado, nada es nuevo, lo que no impide su originalidad. Encontramos así, hecho realidad el misterio de la poesía, donde aquello que es de todos, palabra común, se hace uno, y se convierte en insustituible. Misterio de la poesía y también misterio del hombre: cada uno es cada uno, dicen en Castilla.
Pedro Salinas en su libro “La realidad y el poeta” titula el capítulo dedicado a Jorge Manrique LA ACEPTACIÓN DE LA REALIDAD, quizá debería decir seguridad en la realidad, seguridad para este mundo y para el otro, sin embargo, al mismo tiempo, la fragilidad. Destaca el equilibrio con que alterna la realidad concreta y las ideas abstractas; encuentra la tesis decisiva al comparar con la poesía narrativa, que carece de interrogación y de duda:
Con Jorge Manrique se inicia, cito: “una mirada más profunda y penetrante… En el Romancero y en el Cantar de Mío Cid nos parece escuchar el mensaje siguiente: “he aquí la vida; tomadla”. En cambio, Manrique nos dice: ¿Qué es la vida?”
La realidad es la misma, sin embargo, el tono con que se vive es totalmente opuesto, del mero enunciar, señalar, describir, pasamos a interrogar. La pregunta es búsqueda, angustia, duda. A partir de este poema la literatura española alcanza la complejidad, dispone de un sistema de espejos que le permite ir a lo hondo.
Hay una carta de Miguel Espinosa, dirigida a Milagros Laín, año 1975, con motivo de la muerte de su marido José Luis Alemán, que semeja una réplica en prosa de las Coplas. Destacaré este fragmento:
“Me pregunto qué significado ha tenido la existencia de José Luis, por qué ha venido al mundo, por qué ha muerto mientras viven tantos malvados, etcétera, Muchos me dicen que estas preguntas no se deben formular, porque son falsas cuestiones; otros afirman tener la respuesta; y otro, finalmente, sostienen que no existe respuesta. No seré yo tan tonto como para decir que tales preguntas no pueden hacerse, pero tampoco tan insensato como para contestarlas con simples palabras, dando una respuesta o aseverando que no la hay. Por tanto, me limitaré a mantener las preguntas. Del silencio que sucede a ellas, surge una perturbación que me inunda.
Antonio Machado, gustaba tanto de este poema que llegó a la caricatura en el “Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido”, y conviene recordar que, se caricaturiza, aquello que se ama:
Dicen que tuvo un serrallo
este señor de Sevilla
que era diestro
en manejar el caballo,
y un maestro
en refrescar manzanilla.
En “Arte poética” de Juan de Mairena, dice: “El poema que no tenga muy marcado el acento temporal estará más cerca de la lógica que de la lírica.” La lógica para Machado es la poesía barroca.
El tiempo está en el ¿Ubi sunt?:
¿Qué se hicieron las damas / sus tocados, sus vestidos,/
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas/ de los fuegos encendidos/
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar, / las músicas acordadas/
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar, / aquellas ropas chapadas/
que traían?
Y comenta: “El ¿qué se hicieron?, el devenir en interrogante, individualiza ya estas nociones genéricas, las coloca en el tiempo, en un pasado vivo, donde el poeta pretende intuirlas, como objetos únicos, las rememora o evoca. No pueden ser ya cualesquiera damas, tocados, fragancias, vestidos, sino aquellos que, estampados en la placa del tiempo, conmueven.
El tiempo se hace vida, y la vida es lo que cada uno vivimos, una experiencia única, de ahí que con Jorge Manrique acaben las generalizaciones de los cancioneros, a menudo tan silogísticas como las del Barroco.
Hay algo que caracteriza a los españoles, quizá a todos los hombres, por encima de la nacionalidad, la lengua y la cultura, es la falta de memoria. Dice Jaime Gil de Biedma, en su poema “De vita beata”:
En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna.
Ante esto, cabe preguntarse si ¿nuestra tradicional amnesia, significa el desconocimiento del pasado? La respuesta es No, aquí se conocen muchos detalles, se hace erudición, cualquier pueblo minúsculo remonta sus orígenes a la más remota y mítica antigüedad, sin embargo, se borran cuidadosamente las huellas de nuestro pasado inmediato, desconocemos a nuestros abuelo y bisabuelos. Ignoramos hasta su nombre. ¿Por qué este olvido selectivo? ¿Un viejo complejo de culpa?
Probablemente es que se quiere vivir del lado del futuro, romper con el lastre del pasado. El amor a la novedad nos caracteriza. Ponemos en las batallas a moros y cristianos, romanos y cartagineses, ¡tan nuestros!, con interrogación.
Por el contrario, Jorge Manrique prefiere pasar de puntillas sobre ese tipo de pasado legendario:
Dexemos a los troyanos
que sus males non los vimos,
Ni sus glorias
…………..
vengamos a lo d´ayer,
que también es olvidado
como aquello.
Evoca lo que ha conocido, aquello de lo que ha oído hablar, es su vida, la vida es realidad, y la realidad aquello con lo se tropieza, dice María Zambrano. Aporta noticias que aún harían vibrar a los oyentes, pues es su generación lo que está tratando. Aquí y ahora. La poesía es fragmento, un fragmento que convoca al mundo. Se trata de un punto que es, al mismo tiempo, lugar e instante.
De ahí la elección de la forma, donde sonido y sentido se acomodan de modo perfecto. Su sentido plástico es evidente, ya que parece haberlas dispuesto como un camposanto. Si las miramos de mayor a menor: ocho, ocho, cuatro, veremos que se abren como pequeñas fosas, donde caemos. Y llegamos cuando morimos.
La muerte produce en nosotros algo comparable a un vacío, uno tiene la conciencia de que no va a dar con la palabra oportuna y sabe que ha de recurrir a palabras comunes, propias del rito, porque lo que siente es que está suspendido en una irrealidad, de ahí que nuestra expresión sea deficiente, más aun, que la precisión indicaría cierto distanciamiento, probablemente falta de sentimientos, como le ocurre al extranjero de Camus.
La primera vez que vemos la muerte se constituye como una experiencia definitiva, una visión que fascina, atrae y paraliza. El niño se agarra a los barrotes de la ventana y nada puede alejarlo de allí. La casa se halla en las afueras, es roja. Adentro todo está quieto, oscuro, sentados de negro, las caras muy pálidas. Las mujeres lloran o gimen alrededor del cadáver con rostro de cera. Entre tanto, el niño sigue ahí, hipnotizado por algo que no sabe qué es, después se llamará pena, dolor, rabia; también conformidad, presencia del más allá. El niño lo descubre en los otros, los mayores, se hace el mismo también mayor, por eso no se aparta del lugar, por eso recordará siempre este primer día.
Esta perplejidad sucede cuando nos asomamos a algo distinto. Aunque se trata de un fenómeno natural, lo que pasa es que esta presencia nos traslada más allá, no a otra realidad, sino que la mima realidad queda trascendida. Como consecuencia la mirada se acostumbra a ver más, lo adivina a partir de los rostros, que han visto lo que todos conocen, y como todos la conocen, todos la han olvidado, de ahí que el comienzo sea:
“Despierte”…Esto es, distinga entre realidad y abstracción. Conviene recordar lo que a propósito de estos términos dice Valle-Inclán en “La farsa italiana de la enamorada del rey”:
Sólo ama realidades esta gente española:
Sancho Panza medita tumbado a la bartola.
Aquí, si alguno sueña, consulta la baraja,
tienta la lotería, espera y no trabaja.
Al indígena ibero, cada vez más hirsuto,
es mentarle a la madre, mentarle lo absoluto.
Que somos en el tiempo, el hombre debe aprenderlo muy pronto. Siente en su piel la lluvia, el frío o el aire ardiente, el estallido de la primavera, el nacimiento y la muerte le abocan al tiempo. Que se vive en el tiempo es una experiencia que llamaríamos de primer grado.
Otra experiencia, ésta más abstracta, de segundo grado, es aquella en la que el hombre se percata de que su propia existencia es tiempo, tiempo en el tiempo. Este tiempo tiene la peculiaridad de ser fragmentario, aunque cada fragmento es en sí mismo una totalidad.
Recordemos que en la Edad Media no hay barreras entre vida natural y sobrenatural. Será don Juan Manuel quien en el “Libro del infante o libro de los estados”, descubra la temporalidad. A partir de la muerte que se oculta al príncipe, y se hace porque, sin duda, le producirá angustia:
“Este rey Morovan, por el grant amor que había a Johas, su fijo el infante, receló que si sopiese qué cosa era la muerte, o qué cosa era pesar, que por fuerza habría a tomar cuidado et despagamiento del mundo, et que esto serie razón porque nos viviese tanto ni tan sano.”
La contemplación de este conocimiento de la temporalidad se traduce en visión. Hay visiones que calan tan profundamente que hacen camino. El camino no es un lugar, sino un ir haciendo, pero nos confundimos desde que la gramática se impuso a la lengua, de modo que aprendemos antes el concepto que la cosa. No es éste el procedimiento de Manrique, quien arranca de la vida, y en la fragilidad de lo evocado radica su fortaleza.
Como castellano, no como tópico, dice: nuestras vidas son los ríos. Podría haber dicho: nuestra vida es el mar? Y si así hubiese sido, probablemente, el poema habría seguido otro curso. Porque el mar no fluye, pero respira, se mueve, conmueve, el mismo es ya visión. Manrique quería una imagen en movimiento, y la hizo presente, dijo: “son”, y vimos los ríos, que van a dar en la mar, y la mar se hizo olvido, muerte.
El poema recuerda en su progresión argumentativa una estructura militar medieval, lección estratégica, como si la vida fuera un combate, en el que siempre triunfa la muerte. Parece que nos condujera por las diferentes murallas que cercan y defienden al hombre, hasta que, derribada la última, alcanzamos lo que es insustituible, donde no hay defensa posible, por fin es necesario capitular. Si la flecha está destinada, va derecha al centro.
Fruto de su tiempo, ha sobrevivido a los tiempos. Finalizados los castillos, empieza una nueva época, de ahí la dramatización final, el sujeto no es el hombre genérico, sino un hombre concreto, hijo de sus obras, su fama es ya renacentista, su aceptación también, así concluye la vida. Garcilaso habría dicho: “por no hacer mudanza en su costumbre”.
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