Eso es así, se sabe y se dice.
Quien mal anda, mal acaba. ¿Quién no sabe que eso es así? La verdad está dicha en esa sabiduría popular. No es necesario ir a estudiar, leer, investigar, una debe escuchar quién habla, quién dice. Porque según quién habla y quién dice se va a conocer la verdad.
¿Y yo qué tengo para decir si estoy acá, en casa, entre estas cuatro paredes?
¿Y las palabras? Las palabras están ahí para ser escuchadas por quien sepa, que sepa de la vida.
¿Y yo qué tengo que decir? De chica no lo sabía, desde me convencí de que así era, de que así debía ser: ¿Decir? ¿para quién?, ¿para qué?
La verdad. Las palabras que anclan, que nos anclan, nos frenan casi. Y también nos ahogan y no nos dejan mover.
La mamá le había dicho que mejor es sonreír y callar. La abuela, que en boca cerrada no entran moscas.
La maestra le ordenaba que levantara la mano para pedir permiso para hablar. Pero su turno no llega, no llega nunca, siempre habla, explica, propone Esteban, siempre es Esteban, el sobrino de la señorita directora, amiga de esta maestra.
Ella no podía olvidar, mejor: ella quería recordar que su madre, su abuela y sus maestras le enseñaron a callar y a sonreír.
Esa mañana cuando se miró en el espejo de su cuarto, después de lavarse los dientes, se vio. No era una niña, algunas arrugas empezaban a tallarse en la piel que rodea los ojos y la boca. Pensó que esas arrugas eran por esa sonrisa boba instalada durante tanto tiempo. En el espejo no se reconoció. ¿Quién era?
Cervantes inventó un hombre, un nombre al que le hizo contar una historia que él mismo no se atrevía contar, o le gustó la idea de jugar y ser otro, y otro…
Frente al espejo vio una cara que no es la suya, esa no. No. Y sí, se terminó de lavar los dientes. Y sí, se pasó crema antiarrugas. Salió a la calle, iba a trabajar, primero pasaría por la casa de su madre, después, por la farmacia. Todo sin sonreír.








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