Me duele confesar que el trabajo de corrector de textos no está siendo lo suficientemente valorado en estos días.
Admito que, por lo general, se tiende a suponer que, en una sociedad digitalizada como la nuestra, en la que la escritura ha pasado a ser parte esencial de la comunicación entre proveedores y consumidores de productos y servicios, el cuidado de la lengua debería ser, si no una obligación, por lo menos, una prioridad. Admito, incluso, que esta suposición cuenta con muchísimo respaldo, hasta el punto de que se ha vuelto casi un postulado inapelable en ciertos ámbitos. El problema, si es que podemos llamarlo de ese modo, reside en que todo el mundo cree que sabe escribir bien (o, por lo menos, sin errores).
Las consecuencias de esto pueden corroborarse en diversos textos de Internet, aunque también en publicaciones impresas (folletos, diarios, revistas, libros, etc.). Sin embargo, y tal como ha quedado dicho, este descuido no es en absoluto voluntario, ya que nadie se da por aludido, nadie asume su responsabilidad en el asunto: todos escriben bien, por lo tanto, los errores son de otros.
La falta de conciencia lingüística a la que aludo es la misma que subyace en comentarios como este: «¿Trabajás de corrector de textos? Ah, pero eso lo podría hacer yo, ¿por qué no me pasás algún cliente? No tengo estudios ni hice ningún curso, pero leo mucho y escribo muy bien, y muchas veces descubro erratas en los libros que leo». Es grande el optimismo de esta clase de personas (con las que, por cierto, suelo toparme muy seguido), personas que creen que su sola pasión por la lectura y la escritura les permitirá corregir un texto competentemente. ¿Hace falta aclarar que, para desempeñarse como un corrector profesional, es necesario contar con conocimientos específicos? Todo indicaría que sí, así que procuraré hacerlo sin extenderme demasiado.
A grandes rasgos, podría decirse que la calidad profesional de un corrector se basa en dos aspectos: sus aptitudes y su actitud hacia la profesión. Lo primero está ligado a su competencia lingüística, que, como se deducirá, siempre será más sólida en aquellos casos en los que el corrector cuente con estudios superiores relacionados con la lengua (edición, filología, periodismo, traductorado, etc.) y con una probada formación en materia de corrección de textos; lo segundo tiene que ver con cuestiones más subjetivas, pero no por ello menos importantes. Veámoslo en detalle.
La competencia lingüística
Puede parecer una obviedad, pero un corrector de textos tiene que conocer cada vericueto del idioma, no solo desde un enfoque normativo (que es lo esperable), sino también desde un enfoque descriptivo y pragmático. Cuanto mayor sea su dominio de la lengua, menores serán las dificultades que puedan presentarle los documentos con los cuales trabaje. Fundamentalmente, son cuatro las áreas en las que deberá especializarse: gramática, ortografía, lexicología y tipografía.
- Gramática. Se trata de que el corrector conozca a fondo cuáles son las normas gramaticales que rigen el español y, sobre todo, aquellas otras que presentan ambigüedad, disparidad de criterios entre expertos o distintas posibilidades de uso (regímenes verbales, participios dobles, concordancias y otros problemas de sintaxis).
- Ortografía. El corrector debe conocer las normas panhispánicas de acentuación, puntuación y uso de mayúsculas y minúsculas, que son las que consigna la última edición de la Ortografía de la lengua española.
- Lexicología. El corrector debe conocer las particularidades léxicas del texto que está corrigiendo. Desde luego, no se trata de que el corrector sea un especialista en todos y cada uno de los temas con los cuales trabaja, pero sí de que maneje varios recursos y fuentes de consulta para compensar sus limitaciones. Este mismo criterio es aplicable a la corrección de textos escritos en una variedad del español que no sea la propia.
- Tipografía. El corrector deberá estar al tanto de las convenciones editoriales relacionadas con la composición tipográfica de un texto, por ejemplo: qué debe ir en negrita, qué en cursiva, cuál es el tamaño y el cuerpo de la letra, qué tipo de fuente se utiliza para cada parte de la obra, cómo se organiza la distribución de los epígrafes, cuál es la función del espacio dentro del texto, etc. No se le pide al corrector que se transforme en un ilustrísimo tipógrafo, sino que posea los conocimientos adecuados para realizar buenas correcciones de maquetación y establecer unificaciones tipográficas coherentes.
Otras actitudes valoradas
A diferencia de las aptitudes —que, como vimos, se determinan a partir de la competencia lingüística o discursiva—, las actitudes de un corrector comprenden capacidades más bien emocionales y psicológicas. Tener una gran capacidad de observación, rapidez mental para la toma de decisiones, y ser especialmente minucioso en el trabajo, por ejemplo, podrían ser algunas de ellas. La manera con la que enfrenta los pormenores del oficio (diferentes tipos de clientes, plazos de entrega, tarifas, tecnología, especificaciones del encargo, etc.) o su capacidad de adaptación a las exigencias del mercado, su «deontología», su motivación, etc., bien podrían ser otras.
Lo que está fuera de discusión en lo concerniente a estos asuntos es que el corrector debe actualizarse permanentemente, y no solo para mantener el nivel y la calidad de su trabajo, sino para ser cada vez más requerido y respetado. El objetivo es convertirse en un profesional de prestigio, y, para ello, conformarse con lo que depara la suerte nunca será una opción aceptable.
Bien mirado, el corrector de textos es una pieza fundamental en el ecosistema editorial y cultural de nuestro tiempo, una suerte de héroe invisible, cuya principal misión es proteger al autor o a los autores de un escrito (sin importar el formato o soporte en que se plasme) de sus propios yerros, faltas o descuidos. Por esto mismo, léase este artículo, también, como una necesaria reivindicación, como un inaplazable rescate del olvido.


















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