Nací el 20 de julio de 1973, el mismo día en que murió Bruce Lee; la misma fecha (excepto el año, claro) en que, según se cree, vino al mundo Francesco Petrarca. Estos hechos, aparentemente desconectados entre sí, se funden no obstante en mi historia personal, que se caracteriza por haber tenido varios momentos en los que de mí no podía esperarse otra cosa que patadas y sonetos. El 20 de julio, asimismo, se celebra el Día de la Independencia de Colombia y —al menos, en mi país— el Día del Amigo. De este último festejo quisiera hablar.
Cuentan los que saben que fue el odontólogo y docente argentino Enrique Ernesto Febbraro el que propuso la insólita fecha. Mientras contemplaba desde su casa en Lomas de Zamora cómo Neil Armstrong (a quien no hay que confundir con el gran Satchmo) clavaba una bandera estadounidense en la Luna, Febbraro se puso a escribir mil cartas que después envió a cien países distintos. «Viví el alunizaje del módulo como un gesto de amistad de la humanidad hacia el universo y al mismo tiempo me dije que un pueblo de amigos sería una nación imbatible. ¡Ya está, el 20 de julio es el día elegido!»[1], les manifestó entusiasta y categóricamente a los mil destinatarios. Es evidente que este acontecimiento nada tiene que ver con la amistad; sin embargo, en vez de conmemorar el Día del Astronauta o el Día de la Colonización de los Satélites, como correspondería en realidad, se nos dio por agregarle una extravagante mancha al calendario.
Ahora bien, convengamos que «ese pequeño paso para el hombre, pero grande para la humanidad» no le llega ni a los talones a la experiencia que describe Cyrano de Bergerac en su «Historia cómica de los estados e imperios de la Luna». Del mismo modo, me atrevería a decir que ninguna de las notas periodísticas que se escribieron en la década del 60 para documentar tamaño evento está a la altura de lo escrito por Lugones en su Lunario sentimental o por Miguel Hernández en su Perito en lunas. «La luna vino a la fragua / con su polizón de nardos. / El niño la mira mira, / el niño la está mirando»[2], decía, por su parte, Federico García Lorca. «Subiré al cielo, / le pondré gatillo a la luna / y desde arriba fusilaré al mundo, / suavemente, / para que esto cambie de una vez»[3], apuntaba Raúl González Tuñón.
Dejemos, entonces, que de la Luna se encarguen los poetas. Ellos son los únicos que realmente la conocen; los únicos que tienen derecho (junto con los lobos) a decir que ella fue, es y será su nocturna compañera; los únicos que no necesitan anexarla simbólicamente a ningún territorio de controvertidos estandartes.
Es por eso por lo que este 20 de julio no festejé mi cumpleaños. Tampoco el Día del Amigo. Ni el Día de la Independencia de Colombia, ni mucho menos el aniversario de la muerte de Bruce Lee. Sí celebré el natalicio de Petrarca y, por supuesto, el hecho maravilloso de que Cyrano haya llegado a la Luna antes que Neil Armstrong, hecho del que Lugones, Lorca, Hernández y Tuñón, de alguna forma, ya tenían noticia.
[1] Cita extraída de la nota «El argentino detrás del Día del Amigo: ¿quién es el lomense que instauró la celebración?», publicada en El Cronista, el 20 de julio de 2023, consultado (en línea) el 21 de julio.
[2] Federico García Lorca. «Romance de la luna, luna», en Romancero gitano, Buenos Aires, Losada, 2005.
[3] Raúl González Tuñón. «La luna con gatillo», en Poesía reunida, Buenos Aires, Seix Barral, 2011.
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