Las nueve musas
Petrarca
Petrarca y laura

Petrarquistas, Lauras y sonetos

Indudablemente, Laura fue para Petrarca lo que Beatriz fue para Dante. Tanto es así que muchos de los poemas que el insigne sonetista nos legó la tienen a la dichosa Laura como «musa inspiradora».

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En el mes en el que se conmemora un nuevo aniversario del natalicio de Francesco Petrarca (recordemos que el poeta llegó a este mundo un 20 de julio de 1304), nos pareció oportuno ofrecerles este breve artículo.

José Bergamín, mediante una lírica fábula tal vez no por todos conocida, sugiere que la palabra literatura contiene en sí misma el nombre Laura, es decir, Laura —como realidad nominal pasible de concretas evocaciones— es el resultado de un proceso de purificación que despoja a la literatura de sus lastres más gravosos, prosaicos siempre ellos, para sintetizarse en su vital esencia: la poesía.[1] La reducción que Bergamín propone es la siguiente: ya que al elemento A, llamado literatura, le sobran varios componentes para alcanzar una equivalencia con el elemento B, llamado Laura, que, como dijimos, sería sinónimo de poesía (piensen en la órfica Eurídice para una mejor comprensión de lo apuntado), debemos forzar la igualdad. El procedimiento empleado por el español es tan sencillo como ingenioso: tómese la palabra literatura, táchese todo lo que le sobra para que devenga en poesía y el resultado será este que hemos adelantado: Literatura = Laura. En el texto de Bergamín, como no podía ser de otra manera, es el propio Petrarca el que recomienda dicha simplificación. Bergamín comprendió, como tantos otros poetas después, que la poesía es apenas una provisoria manifestación de aquello que deseamos, un hecho «tantálico», según las clarividentes apreciaciones de Enrique Molina.[2]

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Ahora bien, es un hecho por demás aceptado que la extraordinaria fortuna que tuvo la obra de Francesco Petrarca dio lugar a un fenómeno singular y de gran importancia: el petrarquismo. A lo largo del siglo XV, innumerables rimadores cortesanos se dedicaron a la imitación del poeta del Cancionero. Esta imitación era puramente exterior y consistía en la recuperación y desarrollo de ciertos modos conceptistas y epigramáticos que no son, por cierto, sustancia de la poética de nuestro autor. Mejor suerte tuvo el petrarquismo a principios del siglo XVI, cuando el cardenal Pietro Bembo —quien, además, conservó manuscritos de Petrarca— codificó en el espíritu de un platonismo ya maduro la lectura y asimilación de esos poemas.

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La difusión del estilo de Petrarca por Europa fue indirecta en sus orígenes, pero profunda. Los petrarquistas cortesanos de Italia tuvieron gran prestigio en Francia, donde sentaron las bases que nutrirían tanto a Du Bellay como a Ronsard. En Inglaterra, la lírica de Wyatt y Surrey, que tendría en Shakespeare su mayor exponente, fue también de estilo italianizante.[3] España tuvo, mucho más que ningún otro país que no fuera la propia Italia, su petrarquismo. Con sus 42 sonetos hechos al itálico modo y con su Triunfete de amor, Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, introdujo en las letras castellanas una directa imitación de Petrarca: imitación fructífera y creativa, anterior a las que trajeron Boscán y Garcilaso.[4]

El soneto fue el soporte estrófico empleado por Petrarca. Esta estructura, compuesta por dos cuartetos y dos tercetos endecasílabos, tiene en el italiano Giacomo da Lentini su más remoto ejecutor, allá en los inicios del siglo XII. El aporte de Petrarca es, sin duda, el de haberle dado una mayor musicalidad al verso, lo que le permitió una flexibilidad expresiva que no perjudicaba en absoluto aquellos contenidos propios del ideario humanista. Este aporte —si se quiere innovación— terminaría de definir la forma italiana del soneto, aquella que lo empalma con el estilo renacentista que surge de la mismísima obra petrarquista.

Pero volvamos a Laura, o sea, a la poesía. Se sabe que hubo una Laura histórica, material, verificable, que habitaba el mundo florentino ya acostumbrado a los deletéreos susurros del dolce stilnuovo de Guido Guinizelli, a los herméticos suspiros de Guido Cavalcanti y a las amorosas querellas de Lapo Gianni, Gianni Alfani y Cino da Pistoia. Se pretende también que esta Laura fue hija de Audiberto de Noves y esposa del aristócrata Hugo de Sade (de ser cierto, la musa de Petrarca sería directa antepasada del Divino Marqués, hipótesis interesante para biógrafos y coleccionistas de curiosidades, pero completamente inútil para cualquier consideración estética).[5] Petrarca vio por primera vez a la mujer que habría de inspirar sus rimas amorosas a lo largo de toda su vida un seis de abril de 1327, en la iglesia de Santa Clara. Según nos dice el propio poeta, los encuentros entre ambos fueron escasos y casuales, y el amor, jamás correspondido. Debemos suponer entonces que, para Petrarca, Laura no fue otra cosa que una imagen ideal, una entidad simbólica, una alusión metafísica o teológica solo comparable a la Beatriz de Dante.

Laura muere a causa de la peste en 1348, habiendo sido en vida la privilegiada destinataria de la más rica, sutil y constante poesía amorosa. La palabra Laura está etimológicamente relacionada con la palabra lauro. Lauros fueron los que obtuvo Petrarca gracias a esta mujer que atraviesa el Cancionero, definitiva y platónica, como un cometa que ya ni se persigna.


[1] Véase José Bergamín. Las ideas liebres, Barcelona, Destino, 1998.

[2] Véase Sebastián Pons. Enrique Molina, un caníbal tantálico, Córdoba, Editorial de la Municipalidad de Córdoba, 2006.

[3] Véase Javier Adúriz. El soneto. Ensayo y Antología. Buenos Aires, Editorial Leviatán, 2006.

[4] Véase Ignacio Navarrete. Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, Madrid, Gredos, 1997.

[5] Véase Javier Adúriz. Óp. cit.


 

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.




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