Las nueve musas
El género

La peliaguda cuestión del género

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No sé si me voy a meter en un berenjenal, pero no puedo obviar un tema que provoca muchas conversaciones y enfrentamientos: el género en el lenguaje.

No me voy a referir a cómo hablan o escriben los hombres a diferencia de cómo lo hacen las mujeres (si es que hay diferencias), sino a algo más puramente gramatical: la concordancia de género y, sobre todo, el uso del género no marcado.

Vayamos por partes.

  • Concordancia de género

A estas alturas del partido, todos tenemos claro que para escribir y hablar con corrección hay que hacer concordar el género del sustantivo con el del adjetivo que le acompañe. ¿Cómo sabemos de qué género es el sustantivo? No nos dejemos engañar por lo simple. Vale que la mayoría de masculinos acaban en -o y la mayoría de femeninos en -a. Pero hay muchísimos casos en que no es así. Hay femeninos como «peste», «canción», «ciudad», «matriz» o «libertad». Y masculinos como «lápiz», «césped», «destornillador», «país» o «amor», por poner solo algunos ejemplos. En estos casos tan solo podemos saber a qué género pertenecen por nuestra propia experiencia como lectores y hablantes, nuestra propia cultura.

Y ahora pasemos al tema del que de verdad quería hablar.

  • El género no marcado

¿Qué ocurre cuando un adjetivo debe concordar con dos sustantivos, uno femenino y otro masculino? Pues que hay que añadir un adjetivo que no marque ninguno de los dos géneros, que sirva para los dos a la vez, por eso se llama género no marcado.

Si el adjetivo no tiene variación de género, no hay problema. El niño y la niña felices, el toro y la vaca grandes… Pero si el adjetivo sí admite esta variación, tiene que concordar con uno de los géneros a la fuerza. No puede ir en los dos a la vez. Hay que elegir (el niño y la niña flacos, el toro y la vaca peligrosos). No se usan arrobas para hablar, ni se duplica innecesariamente el adjetivo. Y aquí viene la polémica. Puede que no sea lo justo, o puede que sí, puede que se trate de un rasgo definido por una sociedad machista, o puede que no, pero a día de hoy, el género no marcado es el masculino. Eso ocurre en los adjetivos, pero también en los sustantivos. Cuando se designan personas y animales, el masculino se utiliza también para hacer referencia a toda la especie, sin distinción de sexos. Y ocurre así tanto en singular como en plural.

En una oración como «un alumno aplicado conseguirá superar este curso» están incluidos todos los alumnos, tanto hombres como mujeres. Cuando decimos «El perro es el mejor amigo del hombre» no excluimos a las perras por un lado, ni a las mujeres por el otro. Puede ser políticamente más correcto, pero lingüísticamente sería una aberración tener que decir «el perro y la perra son los mejores amigos del hombre y la mujer». Lo mismo sucede con el plural. Si decimos «los gatos son muy independientes», están incluidos todos los gatos, sin distinguir su sexo.

Esto es así porque un principio fundamental de la lengua es el de la economía o el mínimo esfuerzo. No obstante, por cuestiones que nada tienen que ver con la lengua y sí con otros asuntos llamémoslos sociales, políticos o reivindicativos, existe en la actualidad cierta tendencia a desdoblar los sustantivos (con su correspondiente desdoblamiento de los adjetivos) para presentar los dos géneros. Nuestros políticos están cansados de felicitar a sus compañeros y compañeras, o invitan a votar a los ciudadanos y las ciudadanas, incluso alguna se atrevió a hablar de miembros y *miembras.

La RAE afirma que «este tipo de desdoblamiento son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico» y que «la mención explícita de los dos sexos solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: el desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad». Bien es cierto que se trata de la misma RAE que ha eliminado la tilde de solo, pero qué le vamos a hacer, es nuestra mejor referencia.

Antonio J. Cuevas

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Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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