Si pensamos que escribir es un arte es porque relacionamos su puesta en acto con la narrativa o, más ampliamente, con la literatura. Los apuntes que conforman esta entrada procuran ahondar en la cuestión.
I
El hecho material de escribir, incluso tomado en su forma más insustancial (una receta médica, un mensaje de texto en el celular, una anotación, etc.), es uno de los fenómenos más misteriosos y atractivos que puedan concebirse. Es el punto de contacto entre lo invisible y lo visible, entre el mundo de la temporalidad y el de la espacialidad. Sucede que, cuando escribimos, no hacemos otra cosa que delinear nuestros pensamientos, convertir en formas lo que era solo enunciación, pasar (sin el poco fiable arbitraje de la voz) de la idea al signo. Pero tan maravilloso como escribir es leer, pues se trata de realizar, precisamente, la operación inversa: temporalizar lo espacial, aspirar a traer del intangible recinto de la memoria aquello que no es otra cosa que una sucesión caprichosa de grafismos, de garabatos que un analfabeto rechazaría por absurdos, pero que nosotros hemos aprendido a interpretar y, como si eso fuera poco, a convertir en sustancia inaugural, en principio rector de todo lo existente. Nuestra cultura, en efecto, está fundada en ese intercambio entre conceptos y representaciones, en ese permanente comercio entre mundos —al parecer— incompatibles, pero que alguien, en algún momento, consiguió conectar gracias al descubrimiento de un pasaje a través del cual podía cruzarse de lo abstracto a lo concreto, sin más instrumentación que una treintena de figuras que se fueron refinando (mes a mes, año a año, siglo a siglo) hasta constituir aquello que llamamos alfabeto.
II
La escritura, indudablemente, está relacionada también con el arte de narrar, pues narrar supone poseer cierta sensibilidad para percibir el significado de las cosas, su natural devenir. Por ejemplo, si yo escribo: «La mujer del bar era un poco rara», tal vez solo esté haciendo una observación pueril. Para evitarla, puedo escribir: «Todas las rarezas son desdichadas, pero hay rarezas que inspiran una profunda piedad. Son las rarezas adquiridas sin gloria, fruto de la rutina y no del placer; como la de la mujer que bebía ayer cerveza en el bar Los Galgos. Al verla, me dije: “¡En qué escenario de la vida habrá perdido esta señorita su medida, su equilibrio, su naturalidad!”». No obstante (y he aquí lo paradójico), es probable que el arte de narrar esté más emparentado con la primera de las fórmulas.
III
Así como la escritura está relacionada con el arte de narrar, el arte de narrar está relacionado con la literatura, y la literatura (por más que nos cueste admitirlo) es afectación. Quien ha elegido para expresarse un medio derivado, como la escritura, y no uno natural, como la oralidad, debe atenerse a las reglas del juego. De allí que todo intento de dar la impresión de no ser afectado, esto es, de no ser «literario», instaura finalmente una afectación mayor, una afectación a la segunda potencia: tanto más afectado que Proust puede ser Michaux, tanto más que Borges puede serlo Rulfo. En suma, de lo que debe cuidarse el escritor no es de la afectación consustancial a la escritura, sino de la retórica que se agrega a esa afectación, sobre todo, si se agrega para garantizar una sensación de realismo o verosimilitud, conceptos estos, al fin y al cabo, cuestionables.

















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