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Los músicos del Titanic

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“Los que solo tienen aspiraciones individuales,
nunca van a entender el sueño colectivo”

La noche del 14 al 15 de abril de 1912, el RMS Titanic, el trasatlántico más lujoso hasta ese momento y el más famoso de la historia, se hundía irremediablemente en las aguas del océano Atlántico.

Sobre este suceso mucho se ha escrito, se han realizado documentales, películas, incluso una de propaganda producida por la Alemania nazi, también hay dos musicales de Broadway y una obra de teatro alemana, del Theater Titanick, entre otros.

De las 2,208 personas que iban a bordo del barco, 1,496 murieron, entre ellas los ocho músicos de la Wallace Hartley Band, la orquesta del Titanic, pereciendo junto a gente sumamente adinerada, así como emigrantes europeos, sirios y armenios que buscaban una nueva vida en Estados Unidos. El líder de la banda era Wallace Henry Hartley, un violinista inglés, y los demás integrantes fueron Fred Clarke, Percy Taylor, Roger Bricoux, John Wesley Woodward, Theodore Brailey, John Jock Hume y George Krins, quienes estaban divididos en un quinteto y en un trío de violín, violonchelo y piano.

La orquesta había sido contratada para amenizar las cenas, los servicios religiosos y las veladas de la primera clase, aunque los músicos se hospedaban en la segunda clase. Indudablemente, en la tercera clase habría músicos líricos, que llevaban algún instrumento, tocando por placer y para deleitar a sus compañeros de viaje.

Los músicos del Titanic

Cuenta la leyenda que, después de que el barco chocara con un iceberg y el hundimiento del Titanic fuera inevitable, los músicos de la orquesta siguieron tocando. No se sabe bien a bien si en efecto lo hicieron, las anécdotas varían al respecto, y tampoco se sabe dónde pudieron haber estado, si en la escalerilla, en uno de los salones de primera clase o en la cubierta de los botes, pero en el imaginario prevalece la idea de que la orquesta tocó hasta el último instante.

Bajo la consigna de “Mujeres y niños primero”, la tripulación intentaba salvar a la gente y pronto el pavor se apoderó de los viajeros. Algunos saltaron a las heladas aguas, unos murieron de hipotermia y otros, los menos, fueron rescatados por algunos botes que no iban repletos. La mayoría de los sobrevivientes eran personas de la primera y segunda clase, en cambio, los más castigados fueron los de tercera. Y mientras imperaba el caos, los músicos tocaron; lo que se ignora es si la última canción fue “Nearer, my God, to Thee” (Cerca de ti, Señor) o “Proprior Deo”.

Nadie sabe por qué los músicos tocaron en medio de la tragedia. Quizás, en un principio, el capitán del barco ordenó que interpretaran su música para distraer a la gente y evitar el pánico. Sin embargo, cuando ya no había salvación posible, los músicos continuaron interpretando sus melodías. Tal vez lo hicieron para hacer más liviano lo irremediable o simplemente para morir haciendo lo que más amaban, dando sin esperar nada a cambio. Ante el horror, muchos de los tripulantes habrán ignorado el sonido de los instrumentos y a otros les habrá parecido un sinsentido que hubiera música acompañando la inexorable muerte. Sea como fuere, la orquesta tocó hasta que ya no pudo hacerlo más.

Sin embargo, si esos músicos hubiesen sido como muchos de los artistas becados mexicanos, es muy probable que los hechos hubieran sido muy diferentes. Al principio hubieran tocado porque se les había contratado y pagado. Después, si el líder de la banda o el capitán del barco les hubieran insistido en continuar, algún músico bien pudo haberle respondido que no la haría de forma gratuita, que no pensaba regalar su trabajo, ya que él y sus colegas “No viven del aplauso”.

Tal vez otro músico hubiera manifestado que, así como las mujeres y los niños eran salvados, también ellos debían serlo por el hecho de ser artistas, arguyendo que “El arte es un derecho humano”. Algún otro músico podría haber exclamado que ya estaba harto de vivir en la precariedad y que era momento de ser rescatado. Entonces, alguien podría hacerle notar que también los cocineros, las camaristas, los marineros y los emigrantes del barco habían vivido en condiciones inciertas, pero el músico habría respondido: “¡Sí, pero yo soy un artista y mi situación ha sido, por demás, miserable!”, y quizás habría lanzado el lema “Mujeres, niños y artistas primero”. El otro lo hubiera inquirido, “Siendo así, ¿también debemos salvar a los músicos de la tercera clase?”, a lo que el artista habría refutado: “No, ellos no hacen arte. Lo nuestro es alta cultura, lo de ellos es mero folklor popular”. Si en el Titanic hubieran viajado artistas subsidiados por el Estado mexicano, seguramente no se habrían entregado ni interpretado su música hasta el último aliento, hubieran buscado, de forma desesperada, la forma de salvarse a toda costa. Incluso, tal vez habrían recibido con una mano el pago que les daba la compañía naviera y con la otra hubieran compuesto una canción intitulada “El Titanic es un escándalo”.

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La analogía viene a propósito de la presión que algunos artistas y colectivos, asiduos privilegiados por el sistema de estímulos a la creación, llevan ejerciendo contra las instituciones culturales, y otras autoridades, en medio de la pandemia, preocupados solo por su gremio, por sus intereses muy particulares, y no por el bienestar colectivo. Exigen ser rescatados cuando ya han recibido diversos apoyos gubernamentales, entre ellos el programa “Contigo en la distancia”, sin importarles los enormes problemas que aqueja al grueso de la población: precarización generalizada, desempleo, despidos, cierre de negocios, problemáticas en la salud pública, enfermedad y muerte de familiares y amigos.

Curiosamente, los que han seguido buscando formas para expresarse y para sobrevivir, han sido los independientes, utilizando principalmente las plataformas digitales. Algunos, incluso, lo han hecho de manera gratuita, por el simple hecho de mostrar sus creaciones y entretener al público que los ve desde sus casas. Sí, así como los músicos del Titanic que tocaron por el simple placer de hacer lo que más amaban, durante esta crisis sanitaria, muchos creadores lo han hecho por la misma razón.

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Humberto Robles

Nació en la Ciudad de México en 1965.

Dramaturgo y guionista independiente.

Paralelamente colabora con varias organizaciones de derechos humanos.

Actualmente es considerado el dramaturgo mexicano vivo más representado en el mundo (30 países, tres continentes).

Autor de las obras “Mujeres de Arena”, “Frida Kahlo Viva la Vida”, “La noche que jamás existió”, “El Arca de Noelia”, “Sangre en los Tacones”, “Nosotros somos los culpables”, “Leonardo y la máquina de volar”, “El Ornitorrinco”, “Les demoiselles d’Avignon”, entre otras.

Sus obras han sido traducidas al inglés, francés, portugués, italiano, alemán y polaco.

Ha recibido seis premios como dramaturgo, uno internacional y cuatro nacionales, entre ellos el Premio de la Fundación La Barraca de Venezuela y el Premio Nacional de Dramaturgia "Emilio Carballido" 2014.

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