Las nueve musas
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Lo que me contó un traductor

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Su nombre verdadero importa poco. No obstante, para amenizar hasta donde me sea posible esta historia de frustración y desencanto, lo llamaremos Rafael. Rafael tiene 68 años, y le ha dedicado buena parte de su vida al noble oficio de la traducción literaria, el cual ejerce y ha ejercido con solvencia. Se especializa en traducir textos del inglés al español, fundamentalmente cuentos y novelas.

No hace mucho, nos encontramos en un bar de la Av. Corrientes para hablar de libros y bueyes perdidos. Él dice respetar mi escritura y mis conocimientos de gramática y literatura hispánica; yo lo dejo decir. En esa ocasión, además, me contó algo que le había sucedido días antes, algo que tenía que ver con su oficio de traductor, algo que referiré inmediatamente procurando ser fiel al relato original.

Quince días antes de nuestro encuentro, don Rafael se topó con un anuncio muy interesante mientras navegaba por la red. Una prestigiosa empresa de servicios de traducción solicitaba un traductor literario con idoneidad comprobable y celeridad en los tiempos de entrega. Se trataba de una novela en inglés de aproximadamente 60 páginas que debía traducirse al español en no más de cinco días. La paga era muy tentadora, así que Rafael consideró que valía la pena el esfuerzo, pese a sus muchos pruritos profesionales. Le hicieron una pequeña prueba, que consistió en traducir al español una página de To Kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor), de Harper Lee, en menos de 45 minutos. Mi amigo lo hizo en 15, y recibió un sinnúmero de elogios por la rapidez con la que entregó el trabajo, pero también por la calidad literaria de su traducción. Al día siguiente, le enviaron por correo electrónico la dichosa novela de 60 páginas, la primera de muchas que le harían llegar si cumplía con los plazos convenidos.

 «Me llamó la atención que no apareciera el nombre del autor de la novela en el documento que me remitieron, pero supuse que era para preservar la identidad del que la escribió», me dijo Rafael aquella tarde gris, cuyo color parecía colarse por la ventana del bar para reflejarse o confundirse con el de los ojos de mi amigo, que eran de un pavoroso color panza de burro, especialmente cuando forzaba la vista. No emití palabra alguna, solo hice un gesto para indicarle que continuara con su narración, aquella que, por lo visto, se había convertido en parte esencial de nuestro encuentro.

Sabiendo que los días que tenía por delante iban a ser tan intensos como exigentes, el viejo traductor puso lo mejor de sí, y su trabajo fue adquiriendo jornada a jornada méritos infrecuentes, incluso en relación con la literatura en castellano del momento. Cada oración era sopesada conforme a los principios del período rítmico, del equilibrio de la prosa; cada adjetivo o verbo conjugado era evaluado según criterios no solo semánticos, sino también eufónicos. Rafael, hay que decirlo, en sus traducciones, procuró ser siempre un estilista.

«Había llegado a compenetrarme tanto con la trama que sentí que los personajes eran viejos conocidos, y que yo, mediante un flexible ejercicio de traslación de significados verbales, los reinventaba a medida que escribía», me confesó el eximio traductor aquella tarde gris, cuyo color parecía colarse por la ventana del bar para reflejarse o confundirse con un llanto contenido, tan parecido al que soportan los padres que han perdido un hijo cada vez que tienen que referir esa suerte de inversa y anómala orfandad. Una niña se acercó para ofrecernos estampitas de un santo milagroso, y le pedí con un gesto que se fuera.

«La pareja protagónica, Brock y Everleigh, era como una versión posmoderna de Romeo y Julieta, pero cuya tragedia no culminaba con la muerte, sino con un torbellino de sexo y de deseo», reanudó Rafael, «Pero sin redención posible, pues su oportunidad de ser felices estaba sepultada de antemano. Buried Dreams se titulaba casualmente la novela». No sé por qué tomé nota de ese título, tampoco sé por qué pedí otro café, ni por qué la niña de las estampitas regresó para rogarme que le comprara algo de comer a su hermanita, una versión más breve y pizpireta de ella misma. Aquella tarde gris, en definitiva, había tomado por asalto el bar, y ya no había chance de que otra atmósfera —un poco más respirable, un poco más genuina— nos aplacara por fin nuestras angustias.

Rafael terminó su excelsa traducción en tiempo y forma. La envió, y, al día siguiente, sus presuntos empleadores le respondieron con vítores y loas. Enseguida lo pusieron en contacto con el departamento de pagos. Mi amigo estaba más que satisfecho, y hasta llegó a ver en esto un inesperado filón comercial, quizá, hasta una merecida (aunque tardía) recompensa por los muchos años de dedicación a ese oficio que tanto lo obsesionaba, pero que tanto bien le hacía.

«El representante del departamento de pagos me pidió mi número de cuenta bancaria, el código SWIFT y 90 dólares en concepto de gastos administrativos. Dudé por un instante, pero le di todo lo que él quería», confesó con tristeza el experimentado traductor aquella tarde gris, que es el color de la abulia citadina, pero también el color de las estafas. Naturalmente, Rafael no tuvo nunca más noticias de esta gente, que no solo le quedó debiendo el pago por las horas trabajadas —aquella elevadísima cifra de dígitos y ensueños, aquel mendaz abrazo descarnado—, sino que le escamotearon 90 dólares (que, por supuesto, no le sobraban a mi amigo), tal como se le quita un dulce a un niño acongojado.

No recuerdo bien qué tontería dije para levantarle el ánimo. Creo que fue algo relativo a su talento inmarcesible y a prueba de maltratos; a lo poco exentos que estamos todos los que trabajamos en remoto de ser víctimas de un acto de pillaje semejante; a la necesidad de denunciar estos terribles abusos de confianza, aunque más no sea, en un virtual (y, por lo mismo, paradójico) foro de colegas. El traductor me escuchó impávido, como quien ya sabe que la derrota lo ha devorado por completo; sus ojos grises parecían confundirse con la tarde que se colaba desde afuera. Nos despedimos después de un silencio prominente.

Una semana más tarde, tuve que darle clases de español a una extranjera. Mi alumna, una joven neoyorquina que no superaría los veinte o veinticinco años, traía consigo dos libros en su bolso. Los depositó sobre la mesa del bar que elegimos para materializar nuestro segundo o tercer encuentro, con el admisible pretexto de facilitar así la búsqueda de su cuadernillo de apuntes. El primer libro era Las otras puertas, de Abelardo Castillo, con el que a veces trabajamos; el segundo era Buried Dreams, de una tal Natasha Madison. «A very funny book; Brock and Everleigh are such a silly pair», me informó mi alumna airadamente, y el gris de sus ojos parecía querer escaparse de ahí para fundirse o confundirse con el de la tarde que moría. Sonreí. «Tal vez, te parezca más atractiva esa historia cuando leas su versión en español», le respondí. Ella me miró sorprendida, pero no quiso agregar ni una palabra. Afuera, la noche, aunque renga todavía, comenzaba a recorrer las grises callecitas del barrio.

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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