Las nueve musas

La última estación (Cristian Soto, Catalina Vergara, 2012)

Películas del pasado, reciente o lejano, vistas ahora alcanzan una interpretación diferente que, o permiten obtener respuestas distintas a aquéllas buscadas inicialmente, o simplemente, ratifican que algo que no funcionaba funciona todavía peor.

La última estaciónSólo son ocho años los que separan la filmación de la película del presente, y por lo menos, vista desde España, la crudeza de «La última estación» se hace más patente, más demoledora en estos tiempos de pandemia en los que la enfermedad ha encontrado sus víctimas más fáciles entre los ancianos, aumentando el daño al unirse la debilidad de la edad con el individualismo de nuestras sociedades modernas en las que, quien no produce, no sirve, y quien no se vale por si mismo tiene que ser aparcado. «No se si nos traen aquí para retirarnos o para bancarnos» dice uno de los pocos protagonistas activos de esta demoledora, pero eficaz y sensible, historia sin principio ni final, salvo el hecho incontestable de que nacemos para morir.

El tono sosegado e introspectivo no juega a ocultar sino a enseñar el cruel final que nos espera a muchos de nosotros. No es la vejez el abismo último al que estamos destinados, sino la vejez unida a la soledad y al desvalimiento. La sensación de carga, de vida inútil, ha ganado tanta fuerza que ninguno es capaz de sacrificarse por quien no puede devolver el esfuerzo sin pensar que esa persona ya lo hizo en su momento. El auge de las residencias de ancianos no reside tanto en la imposibilidad de estos para valerse por si mismos como en el desahogo de responsabilidad para quien allí «lo aparca», y de esos aparcamientos habla, sin hacer tesis de la propuesta, «La última estación».

La residencia en la que Vergara y Soto filman no puede ocultar su mal estado, sus paredes desconchadas, su pintura avejentada, sus dormitorios y enfermería enmohecidos.

Viendo las imágenes la primera sensación es la de soledad y aislamiento, da lo mismo que haya una sola persona en pantalla o un grupo, que pequeñas parejas cómplices pueden formarse en ese último periodo de vida o que se opte por el aislamiento voluntario como respuesta a una situación ni querida ni pedida, porque lo que predomina es el hermetismo, la ausencia de conversación, de miradas cómplices. La tristeza se adueña del escenario aunque queden resistentes, la tristeza y el frío, porque en ese invierno andino encontrarse bajo techo no parece suficiente abrigo, los residentes llevan mantas por encima de los hombros, parecen vestidos para salir a la calle y no para estar sentados delante de un televisor al que no prestan atención.

Vejez, aislamiento, frío, congelan la mirada del espectador ante unas imágenes que, huyendo de cualquier truculencia o efectismo, no hacen sino evidenciar la falta de cariño y atención real hacia todos ellos. El tiempo de la obra se adecúa, por los efectos del montaje, desde la llegada de una anciana, despedida por su hija con todo el repertorio de frases hechas que ya conocemos ante la indiferencia senil de la mujer; hasta la muerte de la misma y la despedida última (aquí si un  tanto forzada, un tanto «pornográfica», de la misma hija instantes antes del fallecimiento).

Cristian Soto,En una residencia de ancianos la convivencia con la muerte no es sino la consecuencia lógica de su propia existencia, se entra para no salir parecería el lema de todos estos lugares. Por eso se respira ese aire fatalista en todas las actividades, en todos los encuentros, en los afanes inverosímiles a los que se entregan algunos de estos ancianos empeñados en no dejarse vencer aunque ya lo están desde hace tiempo. El que no puede moverse y se desplaza arrastrando una silla hasta acercarse a la valla que delimita la residencia de un colegio, una de esas dolorosas paradojas del destino y que los directores aprovechan muy bien en la apuesta sonora de la película al enfrentar las imágenes del anciano afanado en su esfuerzo con el ruido de fondo de la infancia; o el de aquél que necesita apuntar en una agenda lo que tiene que hacer para no olvidarlo, con una letra ilegible y que día tras día comprueba cómo su agenda de teléfonos tiene más tachaduras que contactos vivos; o el que se afana en escribir a máquina, letra a letra, buscando permanentemente cada tecla, textos religiosos e incoherentes, dejando un machacón ruido de fondo que desquiciaría a cualquier compañero de habitación si no fuera porque éste vive en un mundo muy lejano. Y en medio de tanta ruina, un rapto de lucidez, de actividad con sentido, de capacidades mentales intactas.

La conexión con algo que mantenga unido con la vida exterior produce parte de los mejores momentos de la película. Como suele ocurrir en mucho del cine documental, la chispa de lo genial, de lo sorprendente, de lo extraordinario, lo proporciona cruzarse con  un ser singular. Aquí es uno de los residentes que, para mantener su actividad, y de paso, ayudar a sus compañeros, gestiona en el interior de la residencia una emisora de radio que, durante una hora diaria, acerca al mundo cerrado de la institución, el recuerdo viviente de ese mundo exterior que ahora parece inaccesible.

Catalina VergaraLas salidas que su salud todavía le permite las aprovecha este hombre para grabar el sonido de la naturaleza; el viento en una montaña, el ruido del mar contra las rocas, las hojas de los árboles mecidas por la brisa. Sonidos registrados que, reproducidos entre las paredes de la residencia en los viejos aparatos que adornan las mesillas de noche, mantienen un mínimo de conexión con la vida de estas personas que, día tras día, presencian la caída sucesiva de sus compañeros.

Los directores asumen ese hilo conductor entre el locutor y la amenaza de la muerte con la sutil delicadeza de filmar sin invadir, recoger rostros entre ausentes e indiferentes contando con la complicidad de los más válidos por si mismos; utilizando el sonido como una herramienta muy eficaz para transmitir las sensaciones que desprenden estas personas cuyo contacto con los seres queridos se ha volatilizado. La luz que se va apagando en los rostros de estas personas parece querer ser atrapada por los creadores jugando a ese contraste entre interiores y exteriores que permiten crear espacios de sombra donde la luz parece irse eliminando progresivamente.

Sonido y fotografía se unen al proyecto para crear ese ambiente de intimidad definitiva, de soledad en compañía, de abandono prefacio de una muerte anunciada que no debería contar con la visita de tanta tristeza añadida culpa de nuestro propio egoísmo.


La última estación. Título internacional: The Last Station. Chile, Alemania. 2012. Dirección y guión: Cristian Soto, Catalina Vergara. Fotografía: Cristian Soto. Montaje: Cristian Soto, Catalina Vergara. Productora: Catalina Vergara, Osvaldo Araya, Paz Urrutia. Compañía productora: Globo Rojo Film, Phillip Groning Film Produktion. Sonido: Mauricio López. 90 minutos.


 

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Miguel Ángel Martín Maestro

Miguel Ángel Martín Maestro, nacido en Palencia en 1967.

Cinéfilo por vocación, magistrado desde 1995 por necesidad para poder ser cinéfilo.

Colaborador habitual en el periódico "Ultimo Cero" de Valladolid como comentarista cinematográfico y único responsable de la web "noshacemosuncine.com"




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