Fernando Mañogil se considera, por encima de todo, lector de poesía. Su pasión por el género y su enorme amor por la literatura hacen que beba de las fuentes clásicas y, al mismo tiempo, no cese de indagar en nuevos autores y estilos. De esta manera, en La musa y el silencio (Ed. Devenir) el autor juega con los aromas del romanticismo clásico, mientras roza con naturalidad el desasosiego de la actualidad y la experiencia.
“Me partiste en dos el alma en cada beso, / desplomaste los rascacielos de mi mente, / dejando mi ego en ruinas para siempre. // Fui noctámbulo y trasnochador, / asiduo a la calle de los gatos, / iba cruzando de tejado en tejado, / maullando a una luna de plástico. // De mis noches tú eres la eterna moradora, / de mis manos la línea de mi vida, / soy un cuerpo inerte sin tus pasos, / un asceta que se entretiene con los astros”.
Aquí Mañogil Martínez, en este libro que hoy presentamos, en palabras de José Antonio Torregrosa Díaz «… el poeta incide en el acto de la creación inspirada. El origen de estos poemas se encuentra no en el arrebato frenético del genio que cuaja en el verso, sino en el estímulo del amor, entendido este tanto en su vertiente ideal como material». Pero para Mañogil, nos asegura el autor del prólogo a La musa y el silencio, es entre otras muchas cosas «… la vida, así, en su consideración más extensa y plena. Un mundo silenciado al que su autor le comunica vida y presencia cuando lo verbaliza». O también «… incertidumbre, a lo que pudo ser y no fue, a las despedidas vacilantes, al perdón becqueriano. Un universo amoroso único en la experiencia individual, pero a la vez cotidiano y compartido en la diferencia por el lector».
Somos capaces de visualizar la palabra una vez nos ha tocado; es decir, una vez que prevalece como una imagen atemporal y con carácter urgente se hace con nosotros. Hay alguien que enuncia y algo que es enunciado que se diluye y comienza a formar parte de nuestro paisaje interior. En este proceso de desautomatización del tiempo, Fernando Mañogil (Alicante, 1982) se detiene y elabora el mundo originario del poema. La Musa y el silencio (Devenir, 2019) constituye esa voz de la emergencia; «Ojo, oído, sonido y sentido enmadejados, eso es el poema» (Jose Luís Vega, 2014).
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