Las nueve musas
Mass

El poder del lenguaje

“Un astroblema (también conocido como cráter de impacto) es la depresión que deja el impacto de un meteorito en un cuerpo planetario.”

He tenido oportunidad de ver en los cines Golem de Madrid la película Mass (Fran Kranz, 2021), una de esas obras de arte que por su temática te anuncia una experiencia intensa y turbadora, no exenta de dolor.

MassCine que remueve por dentro y corrobora el poder del lenguaje en todas sus manifestaciones. Un cine que me atrae desde siempre como una promesa de epifanía.

Seguramente la sinopsis hará echarse para atrás a muchas personas, pero me atrevo a afirmar que las que se adentren en ella se alegrarán de haberla elegido. Porque después de acompañar a unas personas que han vivido la peor de las pesadillas, que arrastran un trauma tan devastador como el impacto de un meteorito en sus cuerpos y almas, descubrimos algo iluminador, algo que nos puede ayudar a comprender mejor nuestra naturaleza humana.

Un día te levantas y tu vida cambia para siempre, o mejor dicho te levantas y al poco alguien destruye tu vida y la de tu familia para siempre.

Un chico, aparentemente como todos, al que no conoces pero al que ya nunca podrás olvidar, entra en el instituto donde estudia tu hijo y lo asesina a sangre fría, a él y a otros chicos y chicas que esa mañana se han levantado como cada día: confiados, tristes o alegres, llenos de sueños y dilemas, llenos de vida. Y después se suicida él, el asesino, que un día fue un niño tan inocente como sus víctimas, y que poco a poco y sin motivo aparente se ha ido convirtiendo en un joven lleno de odio y de muerte.

La película trata de las consecuencias de ese terrible suceso en los padres de una de las víctimas y los del asesino, centrándose en cómo se enfrentan a la vida después de la tragedia y en el vínculo que se crea entre ellos.

El psiquiatra y escritor Luis Rojas Marcos afirma que para curar las grandes heridas (no queda otra que intentarlo si queremos sobrevivir) el tiempo es importante; pero primero hay que intentar entender lo que pasó y luego lidiar con el trauma, para lo cual resulta muy valioso recibir ayuda.

El actor, y ahora guionista y director Fran Kranz se involucra hasta lo más hondo en esta película, su ópera prima, para mostrarnos, con la herramienta del arte, el camino a la sanación que emprenden cuatro personas heridas de gravedad. Y logra una obra magnífica, que se transciende a sí misma, de una belleza dolorosa pero terapéutica.

Este tipo de masacres han sido analizadas en filmes (Elephant, de Gus van Sant, Polytechnique, de Denis Villeneuve, Tenemos que hablar de Kevin, de Lynne Ramsay), en libros (Balance de una madre: viviendo las secuelas de una tragedia, de Sue Klebold, Semántica de la violencia, de Manuel García Pérez) y en documentales (Bowling for Columbine, de Michael Moore), pero la perspectiva de Mass es diferente. Por su planteamiento podríamos emparentarla con la muy recomendable Maixabel, de Icíar Bollaín, aunque esta nos hable de terrorismo; un problema de muy distinto cariz.

Mass explora el duelo de dos familias ante un hecho de extraordinaria crueldad y complejidad, para el que solo tienen preguntas. El director realiza un estudio del laberinto en el que se encuentran poniendo el foco en la humanidad de cada personaje, en su individualidad, examinando los efectos del drama en sus vidas, y evitando el análisis social o las consecuencias políticas que haya podido acarrear.

La película se interna en el dolor de esas madres y padres para mostrarnos cómo luchan por sobrevivir intentando comprender, buscando respuestas a las preguntas que se repiten una y otra vez: ¿qué pasó en la mente de ese ser humano?, ¿qué circunstancias pudieron influir en él para hacerle cometer esa atrocidad?, ¿nació siendo un sociópata o hubo algún desencadenante?, ¿se podía haber evitado la catástrofe?, ¿pudo hacer algo su familia, alguna persona cercana a él, alguien del centro escolar? Y al mismo tiempo van surgiendo nuevas preguntas, a algunas de las cuales podremos responder, finalmente, nosotros mismos: ¿puede el verdugo ser una víctima?, y si es así, ¿de quién o de qué? ¿Se enfrentan todas las familias al mismo dolor?, ¿tienen unas más posibilidades que otras de encontrar la paz?

Vislumbramos un gran misterio, un inmenso agujero negro detrás del luctuoso acontecimiento, que activa en nosotros el terror a lo desconocido, a algo que tememos poder albergar o sufrir. Y ese temor nos mueve a investigar, a penetrar la amenazante oscuridad con la esperanza de llegar a estar a salvo.

Prescindiendo de datos superfluos, viajando directamente al corazón de los cuatro protagonistas, el director construye en su admirable debut una historia que traspasa el hecho particular en el que se basa.

Lo que importa en cada fotograma es llegar a entender al otro, elevar nuestra humanidad buscando lo que nos une para, si no es posible curar, al menos aliviar las heridas. Y esa búsqueda, esa lucha de los personajes se materializa ante nosotros principalmente a través del lenguaje, pero también de la expresividad y el talento de sus protagonistas, y de un guion poderoso y veraz que destila sensibilidad y humanismo. Con esos recursos, la película nos demuestra la gran capacidad que posee el ser humano para hallar el perdón, mitigar la culpa y desarrollar la empatía. A lo largo de sus ciento diez minutos de metraje asistimos a un proceso lleno de dolor y de belleza, que logra iluminar zonas oscuras, y del que somos partícipes agradecidos.

El poder del lenguajeEl equipo de la película, bajo la batuta del director, acomete una empresa encomiable y valiente, que a mí me interesa especialmente, no solo como amante del cine, como psicóloga y docente, sino como ser humano.

De la misma manera que me interesa el testimonio de Sue Klebold, la madre de uno de los autores de la masacre en el instituto Columbine, que se atreve a contar todo lo que le atormenta desde aquel fatídico día en el libro, antes mencionado, Balance de una madre: viviendo las secuelas de una tragedia. Una catarsis parecida a la que viven los personajes de la película en un intento desesperado por encarar el enigma que ha destrozado sus vidas. Ella lo verbaliza en el libro, de forma estremecedora, cuando dice sobre su hijo: “El Dylan que conocí y crié era una persona amable, considerada, por eso me resulta tan difícil de entender. (…), sea lo que fuese que mató a los otros, también lo mató a él.”

En la película la masacre no se nos muestra nunca de forma visual, ni llegamos a saber dónde sucedió. El director no utiliza flashbacks ni imágenes de los hechos, pero no hace falta, desde el principio queda patente que cuando abunda el talento y la honestidad, como en este caso, menos es más.

Y es que sabemos de lo que nos habla. Los medios de comunicación e internet nos mantienen al tanto, para bien y para mal, de todo lo que ocurre en la aldea global que habitamos.

Tan solo con entrar en la omnisciente Wikipedia descubrimos con estupor que este tipo de tragedias no cesan y que no ocurren únicamente en EEUU, si bien las cifras en este país son especialmente dramáticas.

No se trata por lo tanto de algo aislado, o esporádico, de lo que no debamos preocuparnos, sino de un grave problema de total actualidad.

La película lo aborda a través del encuentro concertado entre los padres del asesino y los de una de las víctimas, un encuentro íntimo y conmovedor al que asistimos respetuosamente, como invitados privilegiados. Y enseguida descubrimos que llevan años manteniendo contacto, especialmente a través de las cartas que la madre del chico asesinado ha ido enviando a la del asesino. Dos madres atravesadas por un dolor inmenso que protagonizarán la extraordinaria epifanía final.

Ya desde el inicio presentimos que vamos a ser testigos de un acontecimiento fuera de lo común cuando en las primeras escenas vemos a dos voluntarios preparar la habitación de la parroquia donde se producirá el encuentro. Lo hacen con tal recogimiento y delicadeza que adivinamos su emoción, y entendemos de inmediato que vamos a ser testigos de un hecho de gran relevancia.

Bastan dos personas colocando una mesa redonda, probando dónde poner las sillas o una caja de pañuelos, estudiando el efecto de un cuadro en un lado de la pared. Y después otra, una psicóloga, terapeuta o asistenta social, que supervisa todo y que se preocupa por unos dibujos de corazones pegados en el cristal de la ventana; algo que ella presiente –y nos transmite sin palabras- puede dañar a unas familias muy sensibles a cualquier atisbo que les haga rememorar. No hace falta más para ponernos en situación, para hacernos comprender. Así empieza esta historia que podría ser también una obra de teatro, pero que el medio cinematográfico enriquece con imágenes de gran calado poético y unos primeros planos de una sutileza y una humanidad sobrecogedora. (Es la magia del cine, capaz de englobar y enriquecer a todas las artes).

El director demuestra con su enfoque que cree en el lenguaje del cine como arma poderosa, como arte transformador. Y los cuatro protagonistas se entregan en cuerpo y alma al proyecto, dando lo mejor de sí mismos, como artistas totales. Con cuatro personas en una habitación y en solo ocho días de rodaje, la película nos atrapa desde el principio provocando una tensión que va in crescendo hasta llegar al final brillante y sorpresivo.

Y consigue algo milagroso: probar que el lenguaje es lo que verdaderamente nos hace humanos; que la comunicación puede conseguir lo imposible, y que todavía hay esperanza para todos nosotros.

En definitiva, una película que trata de forma magistral temas a los que no podemos dar la espalda, y que permanece en nuestra mente alumbrando respuestas.

Cine capaz de encontrar un destello de luz en el corazón de las tinieblas.

Mª Engracia Sigüenza Pacheco

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