Se había sentado a escribir. Antes, había abierto las ventanas del comedor y había cerrado la bolsa de la basura. En la bacha y en la mesada de la cocina había unos platos y vasos usados, pero no quiso lavarlas. Sí abrió las ventanas y corrió las cortinas. Iba a escribir. Tenía que escribir la oración que desde hacía tres días se decía en su cabeza buscando combinaciones: “La noche, era esa noche… Esa esa noche… cualquiera podía adivinarlo, era esa noche…” Escribió. Leyó y releyó. Sonó el teléfono. ¿Quién lo llamaba por teléfono?
Internaron a Fran, le decía la voz de su madre. Su madre era la única que lo llamaría por teléfono.
Fran, don Fran, el viejo, el viejo Fran… el viejo de mierda, el padre ausente, el padre solo presente a veces. Ese, ahora, estaba internado.
Las hermanas, las hijas de Fran, las otras hijas de Fran, las que Fran tuvo con otra mujer que no es su madre lo saludaron atentas y preocupadas.
-El viejo tuvo un infarto…
-Salió.
-Pero hay que esperar… tiene 90…
-Cuando salga de terapia arreglamos para cuidarlo, no puede estar solo.
Los hijos de Fran son cinco; las esposas, dos; las amantes, bastantes. Sin contar a las amantes y sin molestar a las esposas que ya han sufrido demasiado los cinco hijos organizan la nueva rutina familiar: horarios de visitas, consultas médicas, interconsultas, farmacia, prepaga, deudas, limpieza de la casa por el momento desocupada, plantas y perro.
Él nunca pensó que podía sentir esto: desde siempre se había sentido un poco huérfano, con un padre ausente, padre que compartía con otra familia. Le llevó bastante tiempo, bastante dinero y mucha terapia entender que él, su hermana pequeña y su mamá eran la segunda familia de Fran, el Tata: la familia que no tenía navidades; esa familia que solo fue “legítima” los tres años que la esposa, la primera, por fin o por desesperación, lo había echado de la casa. Fran quedó fuera de aquella casa, Fran fue el Tata, su padre, durante esos tres años que duró la separación.
Él nunca lo había pensado, pero lo sintió. Y cuando organizaban la rutina del cuidado hospitalario del padre, él se sumó, quiso: todos los días desde la 5 de la mañana hasta las 2 de la tarde. Como no podría dormir en la incomodidad de la silla del sanatorio, escribiría y, en su casa, después de una siestita, a corregir y a pulir lo escrito. Al principio, tuvo pudor porque estaba pensando en su conveniencia y no en el viejo Fran pero pronto se justificó: el viejo ni debería recordar el día de su primera comunión.
Las primeras horas fueron raras, difíciles, complicadas. A veces silenciosas; otras, mezcladas con risas, chistes, recuerdos confusos. A verse apenas pasaron a una cotidianeidad oxigenada.
El viejo salió del coma, pasó a una sala común y todo se volvió extraño. Necesitaban que el viejo estuviera muerto (o casi) para que sus hijos, los hermanos, fueran lo que él, el padre, se había negado a legarles.
La escritura era su excusa para darle un final feliz a la historia y, entonces, mató al padre.

















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