«Los signos de puntuación no son únicamente una parte importante de nuestro código idiomático, sino que se transformaron nada menos que en una de nuestras fuerzas impulsoras en el desarrollo de toda nuestra civilización occidental»[1], dice el filólogo noruego Bård Borch Michalsen. Es imposible estar en desacuerdo con semejante apreciación; quizá, por eso, redactamos este artículo.
La invención de la imprenta como hito o parteaguas
El sistema de puntuación que en nuestros días estudiamos es producto de un largo y sinuoso proceso evolutivo que va desde un simple esquema «de notación de pausas respiratorias y delimitación de unidades básicas de sentido hasta otro más rico y complejo»[2], riqueza y complejidad que observamos tanto en la variedad de signos empleados como en las funciones que se le confiere a cada uno de ellos dentro del propio sistema ortográfico.
Ahora bien, si hubo un hito en la historia de la puntuación, este fue sin duda la invención de la imprenta. Sin embargo, en un primer momento, cuando este revolucionario invento estaba todavía en pañales, «los textos se concebían como scriptio continua, es decir, sin espacios entre palabras, y de esta forma resultaban de difícil acceso incluso a los pocos capacitados para la lectura»[3]. Habría que esperar unos años más hasta que los impresores y correctores, esa nueva camada de expertos que trajo consigo la hoy denominada era Gutenberg, empezaran a delinear los fundamentos de lo que, con el correr de los lustros, se terminaría aceptando como reglas de puntuación. Esto demuestra que aquel largo y sinuoso proceso evolutivo del que hablábamos llegó inclusive hasta la modernidad, si es que en realidad no comenzó con ella.
Desde luego, hubo antecedentes sustanciales. Los más antiguos se remontan al siglo III a. C., cuando los filólogos alejandrinos, presididos por Aristófanes de Bizancio, empezaron a utilizar diferentes marcas para reflejar la segmentación rítmica y prosódica de sus textos, tanto en verso como en prosa. Ya en estas marcas se reconoce «el sistema ternario de puntuación que heredará la tradición latina y, posteriormente, la escritura romance, basado en la colocación de un punto en tres posiciones»[4]. Este punto, sin importar la posición que ocupara en el texto, recibía el nombre de distinctio (‘separación, pausa’) y, en algunos casos, también, el de positurae (‘disposición, ordenación’).[5]
Si bien este sistema ternario es mencionado en las obras de muchos tratadistas clásicos, fueron pocos los textos que aparecían puntuados y, cuando lo estaban, no todos se regían por el mismo criterio. Lo más común era que el sistema de tres pausas se simplificase convirtiéndose en binario, es decir, en un sistema en el que solo se utilizaba «un signo para la pausa fuerte que acompaña a las unidades autónomas de sentido, y otro para la pausa débil separadora de unidades no autónomas desde el punto de vista semántico»[6].
El sistema grecolatino de tres signos se utilizó hasta la Alta Edad Media, aunque con algunas mínimas variantes, como, por ejemplo, la incorporación del signo de interrogación, que se produjo, según indican los registros de la época, en algún momento del período carolingio. Al mismo tiempo, el trabajo de gramáticos como san Isidoro y el incremento en la producción de libros durante el reinado de Carlomagno ofrecieron una posibilidad concreta de perfeccionar el sistema de puntuación existente. Sin embargo, tal como ocurría en la Antigüedad clásica, los signos estaban aún poco definidos, y su uso carecía de una norma que todos acatasen por igual. Además, la puntuación seguía vinculada a la oralidad, lo que equivale a decir que se puntuaba esencialmente para favorecer la lectura en voz alta.
En las postrimerías de la Baja Edad Media, con la abundante creación de cancillerías y la no menor demanda de traducciones de la Biblia, la puntuación ya se había convertido en una suerte de salvaguarda para «la correcta interpretación de los textos escritos, ya que una mala lectura puede significar un equívoco jurídico, en el caso de los textos cancillerescos, o una herejía, en el de los bíblicos»[7]. Poco a poco, el sistema fue abriéndose e incorporando nuevos signos.
Los humanistas del Renacimiento, movidos por su afán de recuperar y conservar los textos clásicos, le prestaron especial atención a la puntuación, aunque su práctica no dejaba de fundarse en criterios subjetivos. En este aspecto, como en tantos otros, la invención de la imprenta ofició de hito o parteaguas. Al alcanzar el libro una mayor difusión, los correctores e impresores necesitaron establecer normas fijas y de valor universal para componer los originales. El impresor veneciano Aldo Manuzio tuvo una influencia determinante en toda Europa con su Epitome ortographiae, tratado en el que se propone un sistema de seis signos: coma, punto y coma, dos puntos, punto, interrogación y paréntesis.

Asimismo, con la difusión de ediciones y el aumento de los niveles de alfabetización, la lectura pasó de ser una actividad colectiva y oral a una individual y silenciosa, fenómeno que terminaría por privilegiar los criterios sintáctico-semánticos[8] sobre los prosódicos[9] a la hora de puntuar.
La puntuación en España
Curiosamente, el maestro Nebrija no se ocupó de la puntuación en ninguna de sus dos obras más significativas: la Gramática castellana (1492) y las Reglas de ortographia de la lengua castellana (1517).[10] Habría que esperar hasta 1531 para que Alejo Venegas publicase el primer tratado de puntuación en español, obra en la cual se presentó un sistema compuesto por seis signos: colon (.), paréntesis (), vírgula (/), interrogante (?), coma y artículo, estos dos con la misma forma (:).
En los años siguientes de ese siglo, la lista de ortógrafos e impresores que se ocuparon de la puntuación aumentó considerablemente, a tal punto que la cantidad de signos y reglas fue ascendiendo y fijándose poco a poco. Para la segunda mitad del siglo XVII, el sistema de puntuación en uso contaba ya con siete signos: punto, coma, punto y coma, interrogación, exclamación y paréntesis.
En el siglo XVIII se creó la Real Academia Española, y, ya en su primera obra publicada —el Diccionario de autoridades de 1726—, la limpia, fija y esplendorosa institución reconoce que uno de los objetivos de la ortografía es regular «la recta y legítima puntuación con que se deben señalar, dividir y especificar las cláusulas y partes de la oración, para que lo escrito manifieste y dé a conocer clara y distintamente lo que se propone y discurre»[11]. La obra en cuestión consigna ocho signos: la coma o inciso, el punto, el punto y coma, los dos puntos, la interrogación, la exclamación, el paréntesis y la diéresis (que en la actualidad se la considera signo diacrítico).
En 1741 se publicó la primera ortografía académica, ya como obra independiente. En ella se incluía información sobre varias marcas que en nuestros días se catalogan como signos diacríticos (tilde), signos auxiliares (apóstrofo, asterisco, calderón, etc.) o recursos tipográficos (cursiva); además, añadía a los signos de puntuación asentados en el Diccionario de autoridades las comillas y un signo semejante a los actuales puntos suspensivos. La edición de 1754 introdujo una de las singularidades más llamativas de nuestro sistema de puntuación: los signos de apertura en los casos de interrogación y exclamación.
En el siglo XIX, queda constituido el repertorio de signos que manejamos en la actualidad: la ortografía académica de 1815 añade los corchetes como variante de los paréntesis, y la edición de 1880, la raya, cuyas funciones, hasta aquel momento, no se distinguían de las del guion. Desde entonces, frente al de signos auxiliares (al presente mucho más amplio), poco ha variado el catálogo de signos de puntuación; no obstante, el sistema siguió evolucionando, especialmente, en lo que respecta a sus usos.
Signos de civilización
Bård Borch Michalsen es autor de un libro que —al menos, en mi país— tuvo un llamativo éxito de ventas. El libro al cual nos referimos no es otro que Signos de civilización: cómo la puntuación cambió la historia, publicado en Argentina, en 1922, por Ediciones Godot, y que hemos citado un par de veces al inicio de este artículo.
Dividido en tres capítulos, Signos de civilización construye una ágil, entretenida y, a la vez, erudita crónica cultural que explica de qué manera los códigos del lenguaje —en especial, los sistemas de puntuación— han intervenido exitosamente en el proceso civilizatorio de Occidente. El libro no se contenta con ser un simple vehículo de divulgación, sino que se presenta como un manifiesto a favor del correcto uso de los signos que venimos glosando en estas líneas.
Las tesis de Michalsen son desde luego atendibles, como contagioso es el entusiasmo con que las expone. Sin embargo, llama la atención que la mayoría de la información que el autor vuelca en su libro puede encontrarse en la Ortografía de la lengua española, obra de consulta que la RAE (en conjunto con la ASALE) supo publicar doce años antes. ¿Vale la pena leer el texto de Michalsen? Sí, de la misma manera que vale la pena leer cualquier texto que difunda las virtudes de escribir con propiedad, pero considero que el lector de habla hispana hallará más útil, incluso en lo estrictamente referido a puntuación, la última edición de la Ortografía académica.
[1] Bård Borch Michalsen. Signos de civilización: cómo la puntuación cambió la historia, Buenos Aires, Ediciones Godot, 2022.
[2] RAE y ASALE. Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa-Calpe, 2010.
[3] Bård Borch Michalsen. Óp.cit.
[4] RAE y ASALE. Óp. cit.
[5] El punto alto (˙), llamado también distinctio, suponía una pausa prolongada y marcaba un período, esto es, una unidad de sentido completo —lo que hoy entendemos por enunciado—. El punto medio o media distinctio (·) indicaba una pausa intermedia que separaba unidades menores que el período. El punto bajo o subdistinctio (.) anunciaba la presencia de una pausa incluso menor, que separaba comas o incisos.
[6] RAE y ASALE. Óp. cit.
[7] RAE y ASALE. Óp. cit.
[8] La puntuación sintáctico-semántica, surgida en el siglo XVI con el auge de la lectura silenciosa, es la que da protagonismo al texto escrito y a la información que proporciona, por lo que trata de facilitar en él, precisamente, la identificación de las unidades sintáctico-semánticas.
[9] La puntuación prosódica o puntuación retórica, heredada de la tradición grecolatina y medieval, es la que privilegia el aspecto fónico del lenguaje, entendiendo que, en el texto escrito, los signos de puntuación deben indicar las pausas y la entonación.
[10] Esto quizá se deba a que, para el lingüista sevillano, los signos de puntuación y sus respectivos usos concordaban con los del latín.
[11] RAE y ASALE. Óp. cit.
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