Las nueve musas
Aplazar el apocalipsis

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Mucho se habla del fin de la vida en la Tierra, algunas veces ligándolo a nuestra propia mano (cambio climático, guerras atómicas), pero otras veces es el propio devenir de la naturaleza el responsable.

ApocalipsisUn meteorito, un repentino agujero negro o una supernova demasiado cercana suelen ser los monstruos más comunes, pero de entre ellos hay uno que destaca por su inevitabilidad: el Sol.

La estrella que nos alumbra es la principal causa de que haya vida en la Tierra (con el permiso del agua), pero tiene un defecto mortal de necesidad: tiene fecha de caducidad. El Sol no es más que una gigantesca bola de átomos de hidrógeno ardiendo (fusionándose entre sí y convirtiéndose en helio) y, cuando se le acabe el combustible, simplemente dejará de arder y se apagará lentamente.

Con tal evento, la Tierra pasará a convertirse en una roca fría e inerte. Y esto es lo que intranquiliza y llama la atención a tanta gente, porque las otras catástrofes son hipotéticas, y hasta podríamos decir que rápidas en escala astronómica, pero el fin del Sol es la única que sabemos con certeza absoluta que ocurrirá.

Pero eso no es todo, porque la Tierra no acompañará al Sol a lo largo de toda su vida. En torno a unos cinco mil millones de años a partir de ahora, el hidrógeno de su interior comenzará a agotarse y el Sol comenzará a hincharse hasta devorar los planetas interiores, acabando con la Tierra en el proceso. Y antes de eso el progresivo aumento de su temperatura elevará la de la Tierra hasta unos insoportables 150ºC de media. Como veis, nuestro querido Sol nos ha reservado una muerte lenta y bastante cruel.

Pero los más optimistas nos recuerdan que todavía falta mucho tiempo para que eso ocurra, y que el ser humano ya debería haber colonizado otras estrellas más jóvenes. Tal pensamiento no carece de fundamento, pues la humanidad ha pasado de las cavernas al espacio en menos de una cienmillonésima de fracción de vida del Sol, y no es descabellado pensar que, si nos dan suficiente tiempo, seremos capaces de expandirnos y sobrevivir a la vida de muchos soles, incluido el nuestro. El fin de la Tierra bien podría estar acompañado de miles de trillones de espectadores espaciales que lloren con nostalgia e impotencia la pérdida de nuestro primer hogar.

SolSin embargo, considero que existen razones de sobra para pensar que no tenemos porqué resignarnos a semejante espectáculo. Nuestros avances como especie siempre han ido mucho más allá de la mera adaptación al entorno; desde el primer momento, el hombre ha luchado con el Universo para transformarlo a su gusto. Antes huíamos de las enfermedades, ahora las erradicamos, antes quemábamos madera para calentarnos, ahora dividimos átomos, antes solo soñábamos con volar hasta las estrellas, ahora competimos por dominar la misma técnica que usa el sol para brillar. Y todo ello en menos de 50.000 años, es decir, en menos de un 0.00001% del tiempo de vida que todavía le queda a nuestro astro rey. Un suspiro, casi un segundo.

¿Por qué limitarnos a lo que ya sabemos y podemos extrapolar? No es descabellado pensar que, antes de que el Sol dé sus últimas bocanadas mortales, podamos reorbitar la Tierra hacia una estrella más joven con relativa seguridad. O tal vez alejarla lo bastante como para compensar el incremento de energía, llevándola hasta más allá de Neptuno ¿Quién sabe si, en un futuro no tan lejano, le inyectaremos al Sol periódicamente hidrógeno y le extraemos helio, como si fuera una astronómica estufa que pudiéramos mantener en el punto óptimo indefinidamente? Tan solo tendríamos que añadirle carbón y retirar la escoria.

Si algo nos enseña la historia de la ardua búsqueda del conocimiento humano es lo pequeños que somos, pero también lo grandes que podemos llegar a ser. Todo depende de la actitud que tomemos y de que no nos dejemos engañar por la magnitud de los retos a los que nos tengamos que enfrentar. Al fin y al cabo, para pasar de contemplar el firmamento a empezar a explorarlo tan solo hemos necesitado un segundo.

© Luis Ignacio Rodríguez

Luis Ignacio Rodríguez (Madrid, 1987) es licenciado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid, Experto en Comunicación Católica por la Universidad Libre Internacional de las Américas y actualmente está estudiando una serie de cursos de astrofísica en la plataforma EdX.org impartidos por distintas universidades anglosajonas (Harvard University, Australian National University…). Es autor de la Historia de los Confines y ha escrito un centenar de artículos de opinión para distintos medios y blogs, principalmente sobre religión, política, filosofía e historia.

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