Tal como señalé en una de mis anteriores entradas, son tres los momentos fundamentales en el proceso de escritura. Lo que sigue, justamente, puede pensarse como una nota al pie de lo expuesto en aquella ocasión.
En una de mis últimas colaboraciones para este blog, «Breves consideraciones acerca del proceso de escritura», mencioné las tres operaciones que, de acuerdo con lo que indica la retórica tradicional, deben tenerse en cuenta a la hora de producir textos medianamente eficaces: la inventio (el momento de la elaboración de sus contenidos), la dispositio (el momento de la estructuración y ordenamiento de sus distintas partes) y la elocutio (el momento de su expresión, que abarca tanto las correcciones como la revisión estilística). Intentaré ahora profundizar un poco en el asunto.
Comencemos por la inventio. Inventar, contrariamente a lo que decía el poeta Vicente Huidobro («Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema»[1]), no es hacer que surja algo de la nada, sino más bien hallar o descubrir ese algo, y, como bien pueden suponer, solo podremos hallar aquello que estábamos buscando. La invención, por lo tanto, es la tentativa de encontrar un tema y todos los detalles con él relacionados, es decir, la búsqueda de las ideas necesarias para producir una impresión determinada en el lector. Desde luego, la elección tiene que estar al alcance de nuestro conocimiento y nuestra experiencia, ya que no hay peor error que escribir acerca de lo que no se conoce o de lo que no se haya experimentado de manera profunda. Si el que escribe elige un tema que le sea cercano o familiar, sin duda, le aportará una mayor veracidad al escrito y, por consiguiente, fortalecerá su propia credibilidad como escritor.
Seguimos con la dispositio, que consiste en poner en orden los materiales de trabajo. Este es el momento en el que decidimos qué es lo que irá al principio y qué es lo que irá al final. Es, en suma, la puesta en práctica de una visión de conjunto de la que dependen el plan y el interés del escrito. Sin un buen plan o tratamiento, no hay texto posible. Del mismo modo, sin una relación lo suficientemente compacta entre las distintas partes del escrito, no habrá forma de que alguien tenga interés en leerlo hasta el final. Esta es la fase en la que se debe lograr la máxima cohesión y la máxima coherencia textuales, y dejar de lado aquello que no sea pertinente al tema sobre el cual se ha querido trabajar.
Por último, tenemos la elocutio, que sería la expresión por escrito de las ideas surgidas a partir de la invención y dispuestas según el planteamiento anterior. Tal como podemos advertir, los dos momentos previos tocan el fondo del problema; este, la forma.
Una aclaración más: las tres operaciones o fases que he querido puntualizar en este artículo, aunque puedan estudiarse individualmente, suelen aparecer de manera simultánea, puesto que el mismo acto de escritura implica tanto la elaboración de la idea como su ordenamiento y expresión.
[1] Vicente Huidobro. «Arte poética», en Obras completas, Santiago de Chile, Ediciones Andrés Bello, 1976.

















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