Las nueve musas
Comuna de París

Charles Philibert Peissont, el Comunero Mambí

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A propósito del 155 aniversario de la Comuna de París

París ardía en rebeldía. Obreros y artesanos, hartos de miserias y humillaciones, levantaron la bandera de lo imposible: hacerse dueños de su destino. Así nació la Comuna, insurrección pionera que no solo estremeció a Europa, sino que dejó una huella indeleble en la memoria universal de las luchas emancipadoras. La Comuna, a pesar de su efímera vida —poco más de dos meses— y de su sangrienta derrota, proyectó su luz sobre la lucha revolucionaria del siglo XX y nos sigue alumbrando en la actualidad.

Así lo señaló Lenin, para quien la República de los Sóviets de 1917 fue la continuación «de la revolución obrera internacional que inició la Comuna de París»[1], o Trotsky, convencido de que «sin el estudio de la gran Revolución francesa, de la Revolución de 1848 y de la Comuna de París, jamás hubiéramos llevado a cabo la Revolución de Octubre, aun mediando la experiencia de 1905»[2].

La audacia de los obreros y obreras parisinas que tomaron el cielo por asalto salvó a la Comuna de ser olvidada por el paso del tiempo. Abundantes estudios sobre ella pueblan librerías y redes. Sin embargo, muchos de sus autores, tras describir su épica gloriosa, la consideran un pedazo de historia muerta, es decir, interesante desde un punto de vista académico pero estéril en lo que concierne a la actualidad.

Es cierto que abundan estudios que describen la épica de la Comuna, pero muchos la reducen a un episodio cerrado, un objeto de museo. Opino, en cambio, que la Comuna no es historia muerta: su legado palpita en cada lucha contra la injusticia. Fue laboratorio de democracia directa, de igualdad radical y de internacionalismo obrero. Y aunque fue aplastada, dejó huellas que reaparecen en las asambleas populares, en la defensa de los bienes comunes y en cada movimiento que sueña con un mundo nuevo. La Comuna no terminó en 1871: sigue latiendo en el siglo XXI.

Si pensamos en el siglo XXI, el legado comunero se manifiesta en luchas contra la precariedad laboral, en la defensa de los bienes comunes frente a la privatización, en las asambleas populares que reclaman voz frente a las élites. La Comuna enseñó que la emancipación no se concede: se conquista colectivamente, con errores y aciertos, con contradicciones y sueños. Por eso no es historia muerta, sino memoria insurgente. El legado de las y los comuneros, con sus aciertos y sus errores, es una guía para la acción frente a las miserias del capitalismo del siglo XXI. Porque la Comuna no terminó en 1871: sigue latiendo en cada lucha que desafía la injusticia y sueña con un mundo nuevo.

Karl Marx en su ensayo La guerra civil en Francia fue categórico al expresar que:

“Cuando la Comuna de París tomó en sus propias manos la dirección de la revolución; cuando, por primera vez en la historia, los simples obreros se atrevieron a violar el monopolio de gobierno de sus «superiores naturales» (…) el viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville [Ayuntamiento].[3]

En la Comuna de París la cuestión de la dirección jugó un papel de primer orden, y sería un error ignorar las limitaciones del programa que esta puso en práctica. Pero los revolucionarios no juzgamos al movimiento desde un pedestal. Cada vez que los oprimidos se levantan, se abre una nueva oportunidad para aprender. Gracias a esta actitud añadieron a la estrategia revolucionaria puntos cruciales. Por ejemplo, la experiencia de la Comuna respondió, en concreto, a lo que habría que hacer con la vieja maquinaria estatal burguesa una vez que la clase obrera tome el poder. Para los grandes maestros del socialismo científico la conclusión fue evidente: esa maquinaria debía ser destruida.

Los orígenes de la Comuna radican en primer lugar en la humillación de Francia durante la guerra franco-prusiana. En septiembre de 1870, el Segundo Imperio de Napoleón III dio paso a la Tercera República francesa, que resolvió continuar luchando. París fue asediada por Prusia y la privación pronto devastó los distritos más pobres de la ciudad. En enero de 1871 Francia firmó un armisticio con el nuevo Imperio alemán, dominado por Prusia. La Asamblea Nacional celebró elecciones al mes siguiente y nombró a Adolphe Thiers para dirigir el gobierno entrante.

Thiers, navegante político de acero del tumultuoso siglo XIX francés, pronto estaba frotando sal en las heridas parisinas. La moratoria de la guerra sobre los pagos de la deuda fue rescindida, ahora requiriendo el pago dentro de las 48 horas, mientras que los propietarios podían buscar atrasos. Esto fue devastador para los parisinos de clase trabajadora, cuya industria y comercio se habían estancado durante la guerra.

La Guardia Nacional (los fédérés), una milicia que se había expandido significativamente durante el asedio y cuyos oficiales fueron elegidos en distritos de la clase trabajadora como Belleville, ahora representaba una amenaza directa para el orden burgués. El cuerpo de oficiales aristocráticos del ejército profesional los consideraba una peligrosa chusma, particularmente porque los fédérés estaban decididos a mantener sus cañones en áreas como Montmartre.

Los asuntos llegaron a un punto crítico el 18 de marzo cuando el ejército intentó confiscarlos. Confrontados por fédérés y residentes locales, muchos soldados profesionales desertaron, mientras que los generales Jacques León Clément-Thomas y Claude Lecomte fueron capturados y ejecutados sumariamente. A medida que las barricadas subían a través de París, Thiers dio órdenes para que la Asamblea Nacional y el ejército abandonaran la capital para Versalles. A su paso, los fédérés ocupaban edificios clave en los distritos centrales. Al día siguiente, una bandera roja sobrevoló el Hôtel de Ville.[4]

Para oficiales y soldados, la Comuna representó un salvavidas tras el disgusto por el armisticio con Alemania. Unidos por la decepción y la convicción republicana, notificaron al ministro de Guerra su decisión de sostener la resistencia en términos inequívocos: “No dudamos en unirnos a la parte que no ha concluido la paz, y que no incluye en sus filas a los generales culpables de capitulación.”

En Versalles, se burló desde la rendición como derrotistas y también culpó por el fiasco de los cañones. Mientras la Comuna se dedicó a abolir el trabajo nocturno en las panaderías y otorgar pensiones a viudas e hijos solteros, los Versaillais trazaron la reconquista de París. Las tropas estaban saturadas de propaganda que representaba una ciudad usurpada por los restos de la sociedad, ex convictos, borrachos y extranjeros. Los soldados sospechosos de simpatía fueron desplegados en otras partes de Francia. Los periódicos como Le Soir informaron a los lectores que la propiedad recapturada de los comuneros requeriría “fumigación”.

A finales de mayo la Comuna fue asesinada. La crueldad de los vencedores no conoció límite. París quedó sembrado de decenas de miles de cadáveres de todas las edades y sexos. “Ya los fusiles de retrocarga no mataban bastante de prisa, y entraron en juego las ametralladoras para abatir por centenares a los vencidos.” No hay acuerdo acerca del número de muertos, pero la matanza fue de tal envergadura que, al comparar el censo de 1872 con el de 1866, la mitad de los 24.000 zapateros habían desaparecido, así como 10.000 de los 30.000 sastres, 6.000 de 20.000 carpinteros y ebanistas y 1.500 de 8.500 trabajadores del bronce, con cifras solo un poco menos llamativas entre fontaneros, techadores y otros oficios de los que salieron muchos comuneros militantes.

Sin embargo, la lucha de los comuneros no fue en vano. En su escondite, y pronto condenado a muerte en ausencia, Eugène Portier escribió en junio de 1871 un poema que se convirtió en grito de guerra de la izquierda mundial: L’Internationale. En sus versos de solidaridad y universalismo quedaron consagradas las ambiciones de la Comuna de París, aquel breve pero extraordinario experimento social que floreció durante la primavera de 1871 en lo que entonces era la segunda ciudad más grande de Europa.

Entre el 21 y el 28 de mayo, el centro de París fue incinerado y aproximadamente 25.000 personas masacradas cuando los soldados franceses aniquilaron la Comuna, una atrocidad recordada como la “Semana de la Sangre”. La Comuna fue derrotada, pero no extinguida. Su memoria, su canto y su ejemplo sobrevivieron más allá de las ruinas de París.

Y entre quienes se negaron a aceptar la paz humillante con Alemania, emergió la figura de Charles Filiberto Peiso: ingeniero militar, oficial del ejército francés, Gran Sargento de la Comuna y miembro de su Comité de Salvación. A este oficial francés, a este comunero que se “aplatanó” en Las Tunas, lo encontramos primero sirviendo en el ejército español y luego convertido en uno de los confidentes más cercanos de Vicente García. Fue él quien brindó todos los planos y datos necesarios para la toma de la ciudad en 1876, poniendo su conocimiento técnico al servicio de la causa independentista cubana.

Peissont, además, echó raíces en la isla. Formó familia con Iría Mayo Martinell, descendiente de franceses, y de esa unión nació León Filiberto Peiso Mayo, quien continuó la obra de sus padres y alcanzó los grados de teniente en la Guerra Necesaria de José Martí.

Así, la historia de la Comuna se enlazó con la de Cuba: de París a Las Tunas, del comunero al mambí, del padre al hijo, en una cadena de luchas que unieron dos pueblos bajo la misma bandera de emancipación.

Ambos esposos fueron alevosamente asesinados, dejando tras de sí no solo una herencia de sangre y sacrificio, sino también un legado de dignidad que se prolongó en la vida y la lucha de su descendencia.

Este libro no es solo un relato de la Comuna de París ni de la Guerra de los Diez Años en Cuba. Es la historia de Charles Filiberto Peiso y de Iria Mayo Martinell: comunardo y mambí, esposa y compañera, ambos sacrificados en nombre de la libertad. Es un intento de saldar una deuda con la memoria de aquel oficial francés que se hizo cubano, que enlazó dos revoluciones y cuya vida fue borrada por el silencio de la historia.

La Comuna fue también un laboratorio de fraternidad internacional. En sus barricadas combatieron obreros franceses, artesanos, estudiantes y hasta exiliados de otras tierras. Esa diversidad convirtió a París en un símbolo universal de resistencia. Cuando Peiso llegó a Cuba, esa memoria lo acompañaba: sabía que la lucha por la libertad no era patrimonio exclusivo de un pueblo, sino causa compartida por todos los oprimidos.

El tránsito de la Comuna a la manigua no fue lineal ni sencillo. Peiso pasó por la humillación del destierro, por la imposición de un uniforme que no le pertenecía y por la amenaza constante de fusilamiento. Sin embargo, cada obstáculo reforzó su convicción. Al escapar hacia el monte y presentarse ante Vicente García, demostró que la derrota de París no había quebrado su espíritu, sino que lo había preparado para nuevas batallas.

La aceptación de los comuneros en las filas mambisas fue un gesto de confianza y de apertura. Vicente García comprendió que la independencia cubana podía enriquecerse con la experiencia de otros pueblos. Peiso, con su formación técnica y su disciplina, aportó un saber que complementaba la audacia criolla. La alianza entre comuneros y mambises fue un ejemplo temprano de internacionalismo práctico en América.

La infiltración de Filiberto en la administración española de Las Tunas fue un acto de riesgo calculado. Como secretario del comandante Toledo, accedía a información vital que luego transmitía a los insurrectos. Su doble vida lo colocaba en un terreno peligroso, pero también le daba la oportunidad de convertir cada documento en arma, cada plano en estrategia, cada conversación en pieza de inteligencia para la causa cubana.

El amor con Iria Mayo Martinell añadió una dimensión íntima y humana a la historia. No fue solo compañera, sino cómplice y sostén en medio de la guerra. La unión de ambos simbolizó el cruce de dos memorias insurgentes: la francesa y la cubana. De esa unión nació León Filiberto Peiso Mayo, quien prolongó la herencia de sus padres en la Guerra Necesaria de Martí, demostrando que la libertad se transmitía como legado familiar.

La acción de Santa Rita en 1876 consolidó el papel de Charles Filiberto como estratega. Sus conocimientos técnicos fueron decisivos para la toma de Las Tunas, y su cercanía con Vicente García lo convirtió en confidente y aliado. La victoria no fue solo militar: fue también simbólica, porque demostraba que la memoria de la Comuna podía iluminar la manigua y que la experiencia europea podía fundirse con la lucha criolla.

La represión colonial, sin embargo, no perdonó. Tanto Peiso Latour como Iria terminaron siendo víctimas de la barbarie, pero su sacrificio no fue en vano. La memoria de ambos sobrevivió en la descendencia y en la historia de Cuba. La Comuna y la Guerra de los Diez Años se encontraron en sus vidas, y de ese cruce nació un legado que no pudo ser borrado por el silencio ni por la violencia.

El trabajo de mesa y de escritura exigió una revisión sistemática de textos fundamentales: Carlos Marx, La guerra civil en Francia; León Trotsky, Debemos estudiar la revolución de Octubre (15 de septiembre de 1924) y Lecciones de Octubre; así como Vladimir Ilich Lenin, con la “Resolución sobre el cambio de nombre del Partido y la modificación de su programa” (8 de marzo de 1918). Todas estas obras aportaron al proceso de investigación previo. Entre ellas, la de Marx ofrece un análisis detallado de las causas de la sublevación de los obreros parisinos, constituyendo una referencia indispensable para quienes deseen comprender la dimensión histórica de aquel acontecimiento.

Pero debo advertir al lector que, tras revisar decenas de archivos, libros y folletos sobre la Comuna de París, no hemos encontrado referencia alguna al nombre de Charles Philibert Peissont: ni como oficial, ni como Gran Sargento, ni en el Comité Central de la Guardia Nacional, ni en el Comité de Salvación Nacional.

En diálogo con su tataranieto, Filiberto Peisó, sostenemos la hipótesis de que, al cruzar a España por los Pirineos, este oficial —para preservar su seguridad— adoptó el nombre con el que sería recordado en la historiografía cubana. Esta es, pues, una obra de ficción construida con estricto apego a la verdad histórica, donde la imaginación literaria se enlaza con la evidencia documental. Ojalá que esta nota pueda desaparecer cuando el libro vea la luz, sustituida por la certeza que aún perseguimos.

La obra no es solo relato de batallas, sino testimonio de continuidad. París y Las Tunas se enlazan en una misma cadena de sacrificios, y en la vida de Peisó e Iria se resume la unión de dos memorias insurgentes. La libertad, conquistada con sangre y dignidad, se convierte en hilo conductor de la historia. Así se abre el libro: con la certeza de que la Comuna no terminó en 1871 ni la manigua en 1878, porque ambas siguen latiendo en la memoria de los pueblos.


[1] Lenin, Resolución sobre el cambio de nombre del Partido y la modificación de su programa, 8 de marzo de 1918. En Obras Completas, Editorial Progreso, Moscú, 1986, Tomo 36, pág. 62.

[2] Lenin, Resolución sobre el cambio de nombre del Partido y la modificación de su programa, 8 de marzo de 1918. En Obras Completas, Editorial Progreso, Moscú, 1986, Tomo 36, pág. 62.

[3] “La Guerra Civil en Francia ¨Carlos Marx, Marxists Internet Archive, enero 2001. Primera publicación: En forma de folleto en Londres a mediados de junio de 1871, y a lo largo de 1871-1872 en Europa y en los EE.UU. El original está en inglés. Fuente del texto digital: Izquierda Revolucionaria, Sevilla – España.

[4] La Comuna día a día, día 18 de marzo 1871, Patrick Le Moal, en Revista Viento Sur.

Alfonso Ramón Naranjo Rosabal

Alfonso Ramón Naranjo Rosabal

Alfonso Ramón Naranjo Rosabal (Las Tunas, 4 de septiembre de 1953). Periodista, locutor, documentalista e Investigador de temas históricos. Durante cuarenta y un años laboró en la Televisión y Radio cubanas; dio cobertura informativa a numerosos hechos de nuestra historia revolucionaria.

Es graduado de periodismo en la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba 1986, Diplomado en Historia y Marxismo en la Universidad «Ñico López» del CC del PCC, y del Nuevo Periodismo Latinoamericano, en el Instituto Internacional de Periodismo «José Martí», en 2001

Cumplió Misión Internacionalista en África, trabajo de jefe de equipo en la filmación del proceso de repatriación e identificación de los cubanos caídos en Granada, el 25 de octubre de en 1983.

Tiene publicado los libros: Quifangondo a Vitoria é Certa. «Editorial Capitán San Luis», La Habana, Cuba. Legado Inmortal; Madrugada de los Gallos; Las Desavenencias en las guerras: dos conflictos y… Soliloquio: El general dice su verdad. Todos en Editorial AutoresEditores.com. Colombia. Ha publicado en revistas de temas histórico, como Tareas, del Centro de Estudios de Ciencias Sociales de la Universidad de Panamá, la Revista de Artes y Humanidades, las Nueve Musas, de España, igualmente trabajos suyos han sido leídos en Venezuela, Angola, o vistos por la televisión, en Rumania, Rusia, Polonia, Bulgaria, la antigua Yugoeslavia, Alemania, etc., todas exintegrantes del campo socialista.

Ha recibido premios en concursos nacionales de periodismo, investigaciones históricas y literatura.

Fue galardonado como Mejor Conductor de Programas Informativos de Cuba, en el Festival Nacional de la Radio, 2001, y recibió el Premio Provincial a la Obra de la Vida «Rafael Urbino Santoya», 2005. Ostenta órdenes, medallas y distinciones militares y estatales. Es miembro de la UPEC y la UNHIC.

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