Bajo la máscara del escritor lúcido y severo, la obra de Abelardo Castillo deja entrever una figura más antigua y perturbadora: la del fauno, símbolo del deseo que sobrevive a la edad y de la tensión entre juventud y decadencia. Este artículo propone leer algunos de los textos del autor argentino a la luz de ese arquetipo, donde mito, erotismo y experiencia personal se entrelazan hasta volverse indistinguibles.
No deberíamos, estimados lectores, ver al viejo fauno con actitud displicente. Su desgracia no le pertenece; le fue dada de antemano por un capricho del destino, que es el tipo de caprichos con los que solemos toparnos no bien ingresamos en el siempre asombroso panteón de los dioses, ya sean griegos, ya sean romanos.
El fauno es la encarnación de la lujuria, lo sabemos; pero, sobre todo, la representación simbólica del atávico apetito sexual que experimenta el hombre maduro por las mujeres jóvenes: ninfas, dríadas, «púberes canéforas». En ese sentido, todos los hombres estamos condenados a ser faunos en algún momento de la vida. De esta manera, pese a nuestro candor o nuestra ética, el mito sobrevive.
La literatura ha sabido dar cuenta de esta límpida constante. Esto lo vemos, incluso, en textos más o menos contemporáneos, como el célebre poema de Mallarmé [1] o como Cartas de un sátiro, de Rémy de Gourmont, en donde el fauno adopta la figura de un personaje mitológico similar o, por lo menos, asimilable a su esencia y catadura. Sin embargo —y aquí es donde mi hipótesis inicial comienza a adquirir peso—, también lo percibimos en Muerte en Venecia, de Thomas Mann, y en Lolita, de Vladímir Nabokov.
La Argentina, como no podía ser de otra manera, tuvo durante un tiempo su propio fauno, aun cuando nadie se haya percatado del todo de que lo fue: Abelardo Castillo. Este escritor ha trabajado muchas veces en sus cuentos y novelas con el ya mentado arquetipo mítico: el hombre maduro que se ve envuelto en una relación sentimental (casi siempre infructuosa) con una bella joven. Los ejemplos abundan, pero bastará con mencionar los cuentos «Muchacha de otra parte»[2], «El tiempo de Milena»[3], además de la novela El que tiene sed, en donde hace su primera aparición el personaje de La Sirenita.

Los dos cuentos mencionados pertenecen al género fantástico, lo cual, en cierta medida, los aproxima más al mito; la novela es realista, pero La Sirenita (quizá arrastrada por el anclaje semántico de su nombre) se convertirá muy pronto en una criatura mitológica. Observemos la transición de este personaje en los siguientes dos textos:
Algún día —dijo—, te vas a encontrar de casualidad, como hoy, o por error, con alguien que desde una alcantarilla te va a decir: Vos sos la Sirenita. Ahora supongamos que yo me muero esta noche. Callate que no puedo pensar. Un día, a vos, te van a llamar la Sirenita. Muy bien. Sea quien sea, te agachás y lo levantás del zanjón. Y después, te arreglás, porque ahora viene lo que yo puedo enseñarte pero vos no vas a aprender. Uno, la felicidad. ¿Qué es la felicidad? Nada. Una palabra para designar algo que siempre ocurre en el pasado, y, como siempre ocurre en el pasado, resulta que nunca ocurrió. Vale decir, no existe. Dos, el amor. El amor sí existe. Es una catástrofe, una calamidad, una peste letal como el cólera morbo. Es raro, eso sí. Es raro y monstruoso. Esperá un poco que me acuerde. Es raro y monstruoso como el genio, y como él desdichado, condenado al dolor. ¿Quién lo dijo? Barrett. ¿Qué Barrett?: el único. Rafael. Un anarquista idéntico a Cristo y a mí cuando me deje la barba y si yo fuera rubio y alto y de ojos azules. ¿Otro interrogante? La esperanza. Muy bien. Al revés de la felicidad la esperanza sí existe. Existe porque está en el futuro, y si eso no lo dijo Pascal, debió decirlo. Sé muchas más cosas. La mujer. Ahí va: la mujer es la casa del hombre y todo lo demás son pelotudeces, excepto una cosa. Y es mi última lección. Yo cometí un crimen. Maté a un amigo. Él tenía sueño y yo le di una de esas porquerías que usan los drogadictos, los impotentes y los borrachos para despertarse y le gustó y se volvió loco y se rapó y tocaba la guitarra y se fue a los acantilados, con el propósito, supongo de volar. No voló. La lección es: no todos los hijos de Dios tienen alas. Pero mi amigo sabía qué es la poesía. Cuando el señor de la alcantarilla te diga: Vos sos, y te nombre, antes de alzarlo, ahí vos tenés que preguntarle: Qbés por qué? —«… yo se los diré: Es un señor o una señora», ¿cómo seguía? José Antonio Barzak, mi amigo se llamaba José Antonio Barzué es la poesía. Y si él sabe, si todavía se acuerda, chau. Listo. A mi amigo le crecen las alas y yo me cago en la muerte. En fin, tal vez esto último no esté tan claro como creo. Qué estaba por decirte. Estaba por decirte algo de Rafael Barrett. Ah sí, Rafael Barrett se hubiera enamorado de vos. Y mi amigo también, claro. —«… Y si los señores», pensó, «si los señores desean saber algo sobre la poesía, lo que es la poesía…» —¿Y saak, se volvió loco, medía como dos metros, le hice una promesa, era vegetariano, le gustaban las mujeres, robaba la Biblia, una vez quemó un colchón, otra vez robó una sandía, en alguna parte tengo que escribir estas cosas me importa un soberano carajo si las entienden o no, el colchón lo quemó en Rosario mientras leía a gritos a Dylan Thomas, casi quema toda la casa, quería escribir un libro sobre un viejo poeta internado en Open Door, lo que hubiera sido eso —Quoth the Raven: Open Door —dijo en voz alta Espósito y la Sirenita lo miró—. Quiero decir, sabés por qué Poe se hubiera enamorado de vos. Barrett, no Poe. Aunque Poe también, para no insistir con mi amigo. Por tu modo de sostener ese papelito.[4]
En el fragmento que acabamos de leer, La Sirenita es todavía un personaje frágil que opera como depositario de la locura y oscuridad del narrador protagonista —Esteban Espósito, en este caso—, un personaje cuya inocencia, diría, está sutilmente subrayada por la utilización del diminutivo al final del párrafo citado: La Sirenita es inocente (y, por lo tanto, atractiva), entre otras cosas, por su modo de «sostener ese papelito».
Ahora veamos cómo aparece en otro libro:
La Sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro en el agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlos monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.[5]
Aquí, La Sirenita es un ente dúplice: mitad inocencia, mitad animalidad. Sin embargo, siempre se trata de la misma mujer joven, aunque, claro, de una mujer en el sentido profundo y peligroso del término. Aquí, el mito de lo eterno femenino se suma al mito fáunico, y su eventual yuxtaposición nos deja un sabor delicioso en la boca.
En definitiva, luego de este breve muestrario de sirenas, podríamos decir que, en la obra de Castillo, la mujer joven funciona como un dispositivo narrativo para explorar la crisis de la mediana edad, pero también como símbolo de la recuperación imposible del pasado, entendido ya como algo inalcanzable. Frente a la vitalidad o la belleza de estas mujeres, el narrador protagonista (generalmente un hombre maduro e intelectual) toma conciencia de su propio deterioro físico, de su cinismo, de su hastío.
Los narradores protagonistas de Castillo —al menos, los de los textos que aquí hemos citado— asumen la condición de fauno para explicar esa tensión erótica y existencial que existe entre el hombre maduro y las jóvenes, casi siempre ligadas a una pureza que aquel ya no posee. Con todo, Castillo utiliza esta «pulsión fáunica» no para celebrar el encuentro, sino más bien para confirmar su fracaso.
Ahora bien, ¿cuánto hay de estos faunos modernos en el propio Abelardo Castillo? Quizá bastante. Pensemos que el autor de El evangelio según Van Hutten siempre jugó al borde de la autoficción. En ese sentido, la relación con Sylvia Iparraguirre podría darnos una pista, aunque con matices:
- El espacio del saber como «bosque» iniciático.Castillo conoció a Iparraguirre en el contexto de sus legendarios cursos y talleres literarios. En su narrativa, el hombre maduro suele ocupar ese rol de maestro o mentor (el «fauno» intelectual) que guía a la joven «ninfa» en el mundo de las ideas o el arte, una dinámica que él vivió en la realidad.
- La juventud como motor creativo.Sylvia no fue solo su pareja, sino su par intelectual y cofundadora de revistas como El Ornitorrinco. Esta colaboración sugiere que, para Castillo, la juventud femenina no era solo un objeto de deseo estético, sino una fuente de energía vital y renovación necesaria para combatir su propia tendencia al escepticismo y la oscuridad.
- La transfiguración literaria.Si bien su biografía ofrece el punto de partida (el hombre de treinta y tantos con la joven de veinte), en sus cuentos Castillo extremó esa brecha para convertirla en algo metafísico. Mientras que en su vida personal construyó una relación de décadas y estabilidad, en sus ficciones proyectó el miedo al abandono, a la imposibilidad de asir la juventud y a la decrepitud que él sentía como una amenaza constante.
- El diario como prueba.En sus Diarios, Castillo es muy honesto sobre su fascinación por la belleza joven y cómo esto se entrelazaba con su erotismo y su poética. No ocultaba esa pulsión fáunica; al contrario, la diseccionaba con la misma lucidez con la que escribía sus relatos.

A partir de lo expuesto, no nos queda más remedio que aceptar que su relación con Iparraguirre parecería ser la versión luminosa de un vínculo que, en sus cuentos y novelas, Castillo prefirió explorar desde una perspectiva más trágica y sombría. Como sea, el fauno está ahí, en sus textos y en su vida, moviéndose entre líneas.
[1] Hablo, naturalmente, de La siesta del fauno.
[2] Incluido en el libro Las panteras y el templo (1976), este relato narra el encuentro de un hombre con una joven que parece venir de un tiempo o lugar ajenos a la realidad cotidiana. El protagonista se obsesiona con ella porque le recuerda a un amor perdido; sin embargo, la joven afirma no pertenecer a Buenos Aires, sino a un pueblo cuya ubicación es un misterio. A medida que avanza la historia, la frontera entre lo real y lo fantástico se desdibuja: tras la muerte de un supuesto abuelo, la muchacha desaparece y el narrador descubre que, para el resto del mundo, ella nunca existió tal como él la percibía.
[3] Este cuento forma parte de El espejo que tiembla (2005) y se centra en la figura de Milena, una mujer que parece habitar un tiempo circular o detenido. Mientras el narrador envejece y el mundo de los años 60 en Buenos Aires cambia drásticamente, Milena permanece idéntica, como si viviera atrapada en una semana eterna de su juventud. El relato comienza in medias res con una discusión en el Hotel Las Brumas y explora la imposibilidad de una relación donde los relojes de ambos personajes no coinciden: ella sigue teniendo 17 años; él, varias décadas más.
[4] Abelardo Castillo. El que tiene sed, Buenos Aires, Booket, 2005.
[5] Abelardo Castillo. «Ondina», en Cuentos completos, Buenos Aires, Alfaguara, 2012.




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