Josep Maria Esquirol es filósofo, un humanista que busca la coherencia de pensamiento y de actuación. Su maestría bebe del cristianismo, pero va mucho más allá, porque se nutre de una humanidad universal muy arraigada en la espiritualidad de cualquier signo. Es por eso por lo que su ensayo es un libro de cabecera.
No lo lean con prisa; sus palabras piden reflexión. Hay que dejar reposar todo lo que dice. El libro viene a ser un devocionario. Nada sobra. Su concepto de escuela no es el habitual; equivale a un llamamiento, un toque de atención a cada uno de nosotros para que sigamos formándonos espiritualmente a lo largo de nuestra vida, para vivir en el sentido auténtico de la palabra. La vida, entendida como equilibrio armónico personal y comunitariamente fructífera. El filósofo nos alerta, porque «La amenaza viene de la indiferencia: es la amenaza de la inhumanidad, de la frialdad, de la insensibilidad, de la oscuridad, de la confusión y de todo tipo de totalitarismo».
Y con profundo nivel de conocimiento y convicción nos da las herramientas para prevenirnos contra estas amenazas. Y lo hace con una sensibilidad extrema, espiritual y filológicamente, porque dedica cuidadosa atención al origen del léxico que a menudo empleamos sin ser conscientes, un origen que él menciona para enriquecer todavía más su discurso.
Nos habla de como educar y como educarnos, de nuestra vinculación con las cosas y con los lugares, de la importancia del umbral, porque es el límite que marca la diferencia y nos invita a la resistencia ante aquello que domina.
Nos alerta sobre la idea de progreso mal entendido, «el espectacular y potentísimo cómputo autoparametritzador (mal llamado inteligencia artificial)», sobre el cultivo del silencio como herramienta para la reflexión necesaria, de la ralentización del ritmo a que nos empuja la inercia al consumo y al consumismo en general, de las redes sociales y de Internet.
Nos habla de la importancia de escuchar al otro, una cultura que en las sociedades occidentales tiende a desaparecer y que es tan necesaria para la convivencia y para seguir creciendo. Para escuchar hay que silenciar la propia voz, hace falta la distancia que es respeto.
Menciona los peligros evidentes en que caen las administraciones que diseñan planes de estudios y la tendencia a la comercialización del mundo de la educación, que se manifiesta en el lenguaje que se ha impuesto desde hace tiempo, un lenguaje comercial y a la deriva.
Y todo lo analiza desde los repliegues más sensibles del pensamiento y de las palabras. Todo un pozo de riqueza y sabiduría del que difícilmente somos conscientes cuando hablamos o incluso cuando escribimos. Sus observaciones a menudo se acercan a la poesía y, como ella, reclaman detenerse y digerir lo leído: «La esperanza es esperar a pesar de todo, y también a pesar del miedo. La desesperanza siempre se asemeja a la cerrazón: sin mañana, sin tiempo, sin ventana. […] // «¡Quién sabe!», «Quizás sí»: frases sencillas, pronunciadas sencillamente…».
Su pensamiento se fundamenta en el conocimiento de la tradición de filósofos griegos, latinos y contemporáneos, que menciona a lo largo del libro, y nos hace conscientes de su legado hasta nuestros días, siguiendo el hilo de su pensamiento, con las correspondientes notas al pie.
Y nos dice: «Hay que alejarse tanto de las obras ‘faraónicas’ como de las personas con rasgos megalómanos […], el problema del sistema tecnológico actual y del modelo capitalista es que han perdido de vista el mundo. El sistema tecnológico no es una técnica en el mundo, sino una técnica que hace como si pudiera prescindir del mundo; que se olvida del mundo».
Una herramienta útil que proporciona esperanza y mucha paz.
Josep Maria Esquirol
La escuela del alma:
De la forma de educar a la manera de vivir
Traducción de
Acantilado, 2022, pp. 192
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