Sir Stanley Gregory Preston era más conocido en su tiempo por los escandalosos hechos que protagonizaba que por sus dotes como polígrafo. No obstante, este insigne caballero de bella pluma y finústicas maneras le ha legado a la posteridad un sinfín de magistrales piezas literarias.
Su primer trabajo, lamentablemente inconcluso, data de 1820. En él, Preston intentó demostrar, luego de una exhaustiva investigación y de un no menos exigente estudio acerca de misticismo comparado, la existencia de un trasfondo cabalístico en la obra de Ludwig van Beethoven. Entendiendo que el árbol de la cábala hebrea cuenta con diez Sefirots —es decir, emanaciones divinas— y treinta y dos sendas de realización, observó que el compositor alemán, padre del romanticismo musical, había creado treinta y dos sonatas y nueve sinfonías. Asombrado por semejante descubrimiento y alentado por la casi exacta analogía, comenzó a trabajar al respecto. Babeando de alegría, consiguió conectar los guarismos: 32 sonatas, 32 sendas de realización. Era todo un hallazgo: la concomitancia era ineluctable, indivisible. Exultante hasta el paroxismo, sir Stanley Preston decidió festejar su logro como si lo fuera realmente.
Se refugió en la taberna más cercana e invitó con una ronda a los parroquianos. Afortunadamente para su bolsillo, el establecimiento estaba vacío, así que, luego de prodigarle una victoriosa sonrisa a la nada, se entregó al desenfreno de su ya reputada dipsomanía. No pudo evitar comentar el motivo de su celebración con el tabernero; este, lejos de felicitarlo, le advirtió sobre los posibles contratiempos que le iba a ocasionar el número de sinfonías. Sintiéndose provocado, partió de inmediato a su domicilio para analizar esta inesperada dificultad. En efecto, el maestro había escrito solo nueve sinfonías y no diez, como le convenía a la hipótesis en gestación. Entonces, Preston recordó que las sendas en el árbol son solo veintidós y que decimos que su número es treinta y dos porque tomamos a los diez Sefirots como sendas también. De esto infirió que los diez Sefirots podían equivaler a diez sinfonías si se tomaba al mismísimo Beethoven como la décima faltante.
Los citados descubrimientos fueron publicados en forma de artículos al poco tiempo. Sin embargo, Preston interrumpió el trabajo al percatarse de que el compositor solo había escrito cinco conciertos para piano y orquesta. Considerando que el 5 era un número cabalísticamente complejo, y agotado por la embriaguez sufrida en su último festejo, optó por dejar de lado todo seguimiento.
***
En 1822, sir Preston, publicó en el London Times un libelo que logró enemistarlo definitivamente con el mundo literario de aquel entonces. En este artículo (que luego se convertiría en libro), Preston versa acerca de la subrepticia relación homosexual que unía a dos célebres escritores de la época: Samuel Taylor Coleridge y William Wordsworth. Ambos poetas habían escrito en conjunto el libro titulado Baladas líricas, hecho que le bastó a nuestro amigo para injuriarlos desde la impunidad de su pluma.
Otro hito en la prolífica obra de este brillante autor inglés es Insinuaciones para un revolucionario crónico, editado en 1823, aprovechando el sospechoso éxito de su trabajo anterior. El ensayo, que linda con la diatriba, no es otra cosa que una severa crítica a Francisco de Miranda, con quien tuvo serios altercados durante el período en el que el librepensador venezolano residió en Inglaterra. Debido a estas tardías apreciaciones, Preston fue tildado de cobarde por la opinión pública, a la que respondió un año más tarde con su obra de teatro No me importa nada lo que digan; lo que pasó… pasó, que fue inmediatamente censurada.
Famosas son del mismo modo sus Epístolas a Espronceda, donde debate incansablemente con el poeta español acerca de las diversas realidades culturales y políticas. Lo curioso es que esas cartas nunca fueron enviadas, hecho que generó una gran consternación en Espronceda, que recién se enteraría de la existencia de Preston con el lanzamiento del libro.
Sir Stanley Gregory Preston publicó varias obras y fue en todas tan irreverente como en su propia vida, a pesar de sus indiscutibles buenos modales. Podemos decir de él que fue un intuitivo y que, valiéndose de una dudosa dialéctica, pretendió sistemáticamente, por más de quince años, incomodar a los sensibles europeos. Abarcó casi todos los géneros literarios, y hasta se dice que fue el primer escritor de libros de autoayuda con su último trabajo: Dos ingeniosas formas de irse sin pagar de donde sea. Cosechó amistades, hortalizas, dinero y pasiones, pero hubo una sola cosa que nunca aprendió a hacer y que paulatinamente fue transformándose en su sombra, en su fantasma: Preston no sabía montar. Algunos historiadores aseguran que la solapada misantropía de este flemático personaje era fruto de aquella absurda falencia.
***
Sir Stanley Gregory Preston murió, como no podía ser de otra manera, en un accidente ecuestre el 25 de octubre de 1840, cuando apenas tenía sesenta años. Evitaremos los detalles morbosos, pero se sabe que lo ocurrido fue que, mientras el literato reposaba en el jardín de su casa de campo en Yorkshire, un equino de considerable volumen cayó de vaya uno a saber dónde y aplastó cerrilmente a Preston, quien falleció a los pocos minutos. Sus últimas palabras fueron: «Debí imaginar que algo así iba a suceder», frase que alcanzaría una popularidad inimaginable en el siglo siguiente.
A continuación, presentamos una lista bastante completa de los títulos editados por este talentoso escritor británico:
- La cábala en la obra de Ludwig van Beethoven (1820). Ensayo inconcluso.
- La exaltación del espíritu a causa de la cerveza irlandesa: mito o verdad (1821). Ensayo.
- La enagua de Mary Halloway (1821). Teatro.
- Los efebos de Apolo, o de la homosexualidad reprimida de Coleridge y Wordsworth (1822). Ensayo.
- El amor después de la gonorrea (1823). Novela.
- Insinuaciones a un revolucionario crónico (1823). Ensayo crítico acerca de la gesta de Francisco de Miranda.
- No me importa nada lo que digan; lo que pasó… pasó (1824). Teatro, obra en repudio de la opinión pública.
- Sobrios relatos de taberna (1825). Cuentos.
- Las musas intrascendentes (1826). Poesía.
- Poemas bestiales para Cynthia (1828). Libro de recetas culinarias.
- Hacia el caos de la mano del romanticismo (1831). Ensayo.
- Los caballos de Satán y otros relatos (1834). Cuentos.
- Epístolas a Espronceda (1839). Recolección de cartas nunca enviadas al célebre poeta español.
- Dos ingeniosas formas de irse sin pagar de donde sea (1840). Ensayo.

















Añadir comentario