Todo texto escrito tiene por objeto comunicar un mensaje a un lector determinado. No obstante, si un texto presenta errores gramaticales, lexicales u ortográficos, el mensaje se transmitirá con «ruido», con «interferencias», lo que, sin duda, hará que este pierda su eficacia. El problema, como se deducirá de lo expuesto, no solo recae sobre la comunicación en tanto fenómeno lingüístico comprobable, sino que también lo hace sobre la imagen del autor, ya sea que se trate de un escritor, un editor o una agencia periodística. El buen uso de la lengua, en definitiva, garantiza una comunicación efectiva entre emisores y receptores, aunque podríamos decir que, en términos de estatus y prestigio, beneficia especialmente a los primeros. El corrector de textos es el profesional que se ocupa de velar por el buen uso de la lengua, y en una sociedad hipercodificada como la nuestra, su trabajo se ha vuelto imprescindible, más allá de que no siempre se lo reconozca de esa forma.
Según Martínez de Sousa, «la corrección es la acomodación de la lengua a unas exigencias que se proponen como norma de conducta en la escritura»[1]. En otras palabras, es la intervención que se realiza en un texto con el propósito de enmendar errores, preservar la uniformidad de las normas que rigen la composición de un escrito y conservar, siempre que sea posible, la idea manifestada por el autor respecto de su obra.
La corrección implica un exhaustivo control de calidad, y el corrector de textos deberá estar a la altura de tales exigencias. Naturalmente, no le bastará con conocer la norma, sino que además tendrá que saber cómo y cuándo aplicarla. Esto solo puede dárselo el buen criterio y la experiencia, que casi siempre imponen límites. Para no abrumar al lector, comentaremos solo los tres más importantes.
El cliente
El primer límite con que se topa el corrector es el cliente. Es necesario que el corrector logre establecer un delicado equilibrio entre sus propios criterios profesionales y las exigencias del cliente de turno, y una buena forma de conseguirlo es saber de antemano a qué tipo de público está orientado el texto que debe corregir, a qué género discursivo pertenece, con qué nivel de minuciosidad deberá revisarlo. El cliente, por su parte, tendrá que confiar plenamente en los conocimientos del corrector, pues cada intervención que este lleve a cabo estará justificada por las normas gramaticales y ortográficas vigentes, y no por decisiones caprichosas o arbitrarias.
La RAE
El segundo límite con el que el corrector debe enfrentarse es la RAE, que es la institución encargada de fijar las normas gramaticales y ortográficas del español. El corrector, naturalmente, debe conocerlas y aplicarlas siempre que le sea permitido. Sin embargo, pueden darse casos en los que, o bien por razones relacionadas con la propia creación literaria, o bien porque algunas de esas normas estén todavía discutiéndose en el ámbito académico, el cliente opte por rechazar algunas de ellas. En estas condiciones, el corrector no tendrá más remedio que estudiar la situación con sumo cuidado antes de tomar la decisión más beneficiosa para el texto, y esa decisión, como es de suponer, deberá estar argumentada.
El propio corrector
El tercer límite con el que tiene que lidiar el corrector es él mismo. Es muy común que el corrector de textos incurra en el error de intervenir demasiado en los párrafos de un apartado o un capítulo, cambiando incluso cuestiones de fondo, por considerar que con esos cambios el texto mejorará notablemente. Huelga decir que esa no es su función. El corrector debe tener muy en claro la diferencia entre corrección y reescritura de un texto y, en consecuencia, saber cuándo se está excediendo en sus tareas, cuándo está yendo por una senda que no es la que ha convenido con el autor. Un buen corrector sabe que no debe intentar «mejorar» ninguna estructura, sino que debe respetar el criterio y el estilo del autor (aun cuando este le haya encargado una corrección de estilo).
En suma, el corrector no debe corregir un texto bien escrito, aunque esté escrito en un estilo distinto al que él considere preeminente. Solo debe asegurarse de que los párrafos, apartados y capítulos que aparezcan ante sí estén libres de errores ortotipográficos o estilísticos (lo que variará según el tipo de trabajo que le encarguen), y, en todo caso, sugerirle al cliente que sea él, es decir, el propio autor, el que introduzca los cambios de fondo necesarios. Recordemos que el corrector nunca debe convertirse en coautor del texto que corrige.
[1] José Martínez de Souza. Ortografía y ortotipografía del español actual, Gijón, Ediciones Trea, 2014.
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