Un anecdotario
En la obra del autor catalán Serafí Pitarra, Liceístas y cruzados, se narra la división de los amantes de la ópera en la Barcelona del siglo XIX, cuando dos teatros se disputaban la supremacía del género en esa ciudad. En el prólogo de dicho texto teatral se menciona: “Nuestro único objetivo al escribir la ha sido el de resaltar el ridículo de los bandos”. ¿Qué tan ridículos son los pleitos operísticos?

Bueno, en realidad tan ridículos como antiguos. Desde el siglo XVIII cuando el Doctor Samuel Johnson (109-1784) consideró a la ópera como “el entretenimiento más exótico e irracional”, las discusiones sobre la supremacía de compositores, obras e intérpretes han sido un espectáculo aledaño al que sucede en el escenario.
Habemos muchos asistentes a los que nos encanta ver a la gente discutir y apasionarse a grados supremos, cuando habla de ópera en los pasillos del teatro. Sobre todo, cuando se trata de personas, respetables y amabilísimas, que sacan un Mr. Hayde inimaginable del centro de su ser en cuanto un cantante da un gallo o un director comete la terrible falta de no haber pensado en ellos y sus concepciones personales cuando hizo su puesta en escena.
Este texto quiere recordar algunos de ellos y de sus escenas, todos son anónimos, porque nunca supe sus nombres, debo decir que lo trataré de hacer en orden cronológico:
En algún momento al inicio de la década de 1980
Era yo adolescente cuando una producción de I Puritani en el Palacio de Bellas Artes tocó el tope de la paciencia del público mexicano que, por cierto, es bastante amplio. Un tenor (o él creía que lo era) galleó toda la función, a grados en los que el público comenzó a imitar los sonidos que hacía y gritarle cosas como: “Échalos a pelear mi hermano” “Abran las puertas señores!” (haciendo referencia a las peleas de gallos de México) o “¡Ese tuvo doble pechuga, mano!”. Pero lo mejor fue una señora mayor de la tercera fila de platea que, cuando el tenor salió a recibir la peor abucheada que he oído en el Palacio de Bellas artes, le gritaba amenazándolo con su paraguas: “Baja aquí, hijo de la chingada, ¡ven para acá!” y el tenor respondía en medio del griterío: “Súbase, ¡a ver si es tan fácil!” y ella contestó: “¡Yo no me subo porque yo sí tengo vergüenza! ¡Pero tú baja aquí hijo de la chingada, baja aquí!”. Estoy segura de que esa venerable mujer nunca había dicho malas palabras hasta ese día. Mi familia y yo llorábamos de risa.
Al inicio de los años 90
Trabajaba en la Opera de Bellas Artes cuando se hizo la versión de Cavalleria Rusticana de Juan José Gurrola. Se ambientaba en el México de las películas de charros y en la mitad de la ópera en la escena del brindis bajó un telonete con una imagen muy famosa de una cervecería tradicional mexicana. La gente enloqueció, gritó, abucheó, la mitad aplaudía, la mitad abucheaba, se gritaban entre ellos, se amenazaron con arreglarlo afuera a golpes, se tuvo que llamar a la policía para que rodearan el Palacio, fue el apocalipsis. Lo mejor fue un grito anónimo que resonó en todo el teatro con una indignación insana: “¡¡¡¡Este no es el teatro Blanquita!!!!” (refiriéndose al teatro de variedades más famoso de México) y otro, que estaba en el lado contrario y le respondió: “¡Pero también está blanquito, viejo rancio!”.[1]
A principios del siglo XXI
El primer pleito que me tocó en el Liceo fue en una función absolutamente maravillosa de Jenufa. Fue en el primer intermedio, cuando un joven enloqueció porque un compañero de butaca dijo que Eva Marton ya estaba vieja y amenazó al pobre con tirarlo del quinto piso si no repetía con él que Eva Marton era una diosa, a lo que el señor repitió “¡Eva Marton es una diosa… pero VIEJA!” No supe cómo acabó el asunto porque salí corriendo a buscar a los acomodadores, antes de que el joven cumpliera su promesa.
Aproximadamente en el 2010
La mitad del público se sentía completamente defraudado porque El Rapto en el Serrallo no estaba montado como una ópera cómica y el director se centraba en la contradicción de emociones de los personajes, las discusiones eran tan interesantes en los pasillos del quinto piso como el montaje mismo:
– Esto es un singspiel, y no se monta así.
– A ver señor, el singspiel es un género de estructura no implica que deba ser alegre o triste o lento o rápido.
– ¿Ah sí?
– Pues signspield o no signspield me la suda: Yo vine a divertirme no a ver el drama alemán de una mujer enamorada.
-Pero si todas las óperas tratan de mujeres enamoradas…
– Pero esta se iba en un barco muy contenta, y aquí ¡Ni siquiera hay barco!!!!!
-Eso es lo que yo pensaba en Salomé, cuando en lugar de la danza de los siete velos pusieron una película, yo decía que por lo menos bailara la soprano con 7 servilletas o siete algo.
Me retiré antes de ahogarme de risa.
A principios de este año
La producción de Tosca de Rafael villalobos fue un montaje muy polémico, por muchas razones, pero una de las principales es que incluía una escena no escrita por Puccini y que trataba de cómo se habían conocido Pasolini y su futuro asesino.
La platea del Liceo se volvió un estadio de fútbol. La gente gritaba, se contestaba, otros mandaban callar, encendían la luz de los móviles para manifestar sus protestas, mientras los dos actores continuaban con su escena sobre el escenario.
Una señora con abrigo de pieles y perlas, estaba sentada junto a mi abucheando la escena y gritando “Esto no es lo que hubiera querido Puccini” ¿Cómo lo sabe? Hace 100 años que murió, ¿en qué se basa? La ofensa parece personal por la rabia con la que me reprime porque cuando acabó, yo, como otra parte del auditorio, aplaudí. Y la mujer furiosa me dice: “Usted no puede aplaudir eso” y yo absolutamente sorprendida, respondí “¿Por qué?” y ella indignada a unos niveles inimaginables me dice: “Porque usted es crítico ¿no? (debió verme escribir notas durante la función) “Sí, pero eso no impide que me guste algo” “¡Es que a usted no le puede gustar esto! ¿Por qué le gusta ¡No es posible!” Por fortuna la orquesta retomó el segundo acto y tuvimos que dejar de hablar… creo que mi integridad física estaba en juego.
Ahora la gente pelea por los montajes modernos, antes por la “sacralidad de la representación”, por los cantantes que amamos o detestamos, pero siempre hay una razón para entender que la ópera es un ámbito vivo, palpitante y apasionado.
Cabecera: Frederic Soler, àlias Serafí Pitarra
[1] El Palacio de Bellas Artes està hecho de mármol blanco


















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