Sin duda leer a Ernaux (Lillebonne —Francia—, 1940), ganadora del Nobel de Literatura de este año, no deja indiferente.
Fondo y forma nos plantean preguntas en la misma medida, porque si bien no es la primera ni la única que expone vida íntima a los ojos de los lectores, sí que es poco frecuente hacerlo con la insistencia que lo hace ella, tomando la intimidad como tema exclusivo de sus textos.
También en cuanto a la forma es excepcional: su escritura escapa a todas las etiquetas. Lo que ella escribe es narrativa, eso sí. Pero no es novela, en tanto que no pretende la depuración de su personaje como ficción, tampoco es ensayo: no aborda la escritura para estudiar un tema ni plantear reflexiones filosóficas, si bien en algunos momentos roza esa intención; tampoco es autobiografía en el sentido que tiene la palabra como sustantivo, porque no nos presenta la historia de su vida en tanto que conjunto; sí, en cambio, la forma adjetiva de la palabra encaja mucho más: sus libros son episodios autobiográficos, episodios íntimos para ella muy sobrecogedores sobre los que tiene necesidad de escribir.
Las razones de su tipo de escritura ella misma se las plantea a menudo y nos va dejando pistas —a los lectores y a sí misma— dispersas aquí y allá en sus textos. Nos queda claro que la escritura sobre la temática elegida se le impone como necesidad. Su escritura es para ella, pues, una catarsis, en cierto modo un revivir los acontecimientos, las emociones, las pasiones experimentadas. Y lo hace sin ninguna vergüenza y sin ningún pudor, con una sinceridad estremecedora. Su literatura expone y la expone, pero no la exhibe.
Ernaux no es exhibicionista, ella misma lo niega con argumentos, dado que la persona exhibicionista tiene el deseo de mostrarse y ser vista en el propio instante. No es su caso. Ella escribe cierto tiempo después y, escribiendo, digiere la vivencia.
En el caso Pura pasión Ernaux relata y repasa un episodio de su vida que la abdujo durante dos años. Es la historia de una obsesión, una serie de encuentros apasionados con un hombre casado, A., extranjero (de un país del Este, desplazado en Francia con un cargo de representación importante), mucho más joven que ella. Las citas giran en torno al sexo, su relación no tiene más finalidad que la de disfrutar físicamente la una del otro sin ningún compromiso ni planteamiento de futuro.
Es pura pasión, goce erótico y sexual que dura un año de contactos reales, con las correspondientes enloquecedoras esperas, y otro año de angustioso deseo en ausencia de A. Tan importante, o más, para la pasión son los momentos de dilación, de expectativa, como los que comparten cuando la espera deja de serlo. A buen seguro que lo son más, porque el deseo es más vivo que la vivencia misma.
La escritura de Ernaux es osada en cuanto que toca a fondo, diseccionando con precisión de escalpelo, las emociones, los temas que en nuestra sociedad siguen siendo tabú, mucho más todavía si se trata de experiencias íntimas de mujer, contadas por una mujer: la sexualidad, el descubrimiento del sexo, las intimidades del matrimonio, el aborto… es pues una escritura valiente y honrada porque es sincera, a la vez que liberadora y autoafirmadora.
Ernaux escribe sin morbo, no pretende ser obscena. Bien al contrario, lo que se propone es que dejemos de percibir como obsceno lo que no lo es. Obscena es, en todo caso, la catolicidad negacionista de la realidad del cuerpo, el sexo y el sentir femenino que constituyó el caldo de cultivo en la educación que Ernaux recibió en la escuela privada católica en que estudió de niña.
Como Elfriede Jelinek ella mira el tabú de frente, lo embiste y habla en claro.
En catalán el libro ha sido reeditado este año por Angle Editorial y en euskera vio la luz en 2002 de la mano de Igela Argitaletxea.
Annie Ernaux
Pura pasión
Traducción de Thomas Kauf
Tusquets, 2019, 80 pp.
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