Las nueve musas
¿Lobo, estás?
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«Vivió lo bastante para oír a los esclavos jactarse de su precio»

Katherine Anne Porter (El viaje, Cuentos completos)

«¿Lobo, estás?» Jugábamos a esto de pequeños y nos divertíamos. El lobo se vestía, se ponía poco a poco la ropa y siempre estaba preparándose para «comernos mejor».

¿Por qué quiero contarles esto? Supongo que, porque ustedes conocen esta historia igual que yo, la de salir corriendo y jugar a esconderse, de este modo, es siempre más fácil compartir, porque si uno se esconde más astutamente que los demás, resulta que luego sale corriendo hacia la pared o el árbol que hacía de «casa», y salva a todos los compañeros. ¡Qué valientes! Y de aquellas pequeñas heroínas y héroes de los juegos está hecho el mundo. Pero, ¿dónde están?

Sin duda, el mundo sigue pareciéndose mucho a aquel lobo: se viste con misiles, hace guerras sin declararlas, impone cupos migratorios, fabrica nuevas armas, se traiciona la validez universal de los derechos humanos, y las personas se ahogan en el Mar Mediterráneo, queriendo llegar a una Europa que no los quiere. Y, nosotros, mientras tanto, preguntándonos: ¿qué somos?, ¿qué valor tiene el hombre?, ¿qué clase de humanidad es esta?, ¿a qué llamamos humanidad?, ¿cómo pueden otros condicionar nuestras vidas así, atacar nuestros valores? Y, sobre todo, ¿en qué tribunal internacional se les juzgará? ¿Cuándo? ¿En dónde? ¿Qué oscuros negociados y masacres que todavía ignoramos saldrán a la luz? ¿Cuántos «eufemismos» tendremos que borrar? ¿Cuántas palabras arrojar a la basura porque han perdido su significado? Y, por favor, no hablemos más de «víctimas», hablemos de personas a las que se les ha quitado su vida para siempre; personas que han sido asesinadas, silenciadas, vejadas.

Que no nos quepan dudas, a los lobos que ahora amenazan con armas nucleares no les importa la gente. No construyen bunkers para la gente.

Nos creemos libres, pero ¿libres de qué?, ¿libres cómo?

¿Quién de los que ahora acuden a París y se toman allí una foto ante la Torre Eiffel conoce que en el pasado, cuando se decidió esa construcción que para el gusto de aquella época resultaba un engendro, las manifestaciones de protesta eran constantes? En ellas participaron numerosos intelectuales. Y, sin embargo, el mundo de hoy, adora ese tótem del progreso, igual que adora el tótem doméstico de los televisores.

¿Quién recuerda que en el siglo XIX,  cuando llegaban las grandes máquinas a los talleres especializados y los obreros se quedaban sin trabajo o se asalariaba a mujeres y niños (estos a partir de los cuatro años) porque salían más baratos, los hombres acudían como Quijotes a intentar enfrentarse con esos gigantes?

Sin duda, nuestra mayor debilidad es que no tenemos miedo a la tecnología actual, nos hemos acostumbrado a vivir con ella. Nos parece un animal manso, apacible, domesticado. Pensamos que está a nuestro servicio, que nuestros descendientes vivirán mejor, aunque veamos a diario que las máquinas que suplantan las tareas que realizan las personas, desplazarán a los seres humanos como antes apartaron a los animales de carga. ¡Que no asuste la comparación por verdadera! ¿Qué pasará entonces, cuando llegue ese momento?

santuarios para animalesMiro hacia mi niñez, especialmente a un par de años que viví en el País Vasco. Yo vivía junto a un río en el que todavía se podía ver alguna trucha, sólo alguna, muy de vez en cuando; en tiempos de mis mayores había cantidad de ellas y también anguilas. Ahora, con la mirada volcada en el pasado, recuerdo la carretera que había junto al río; hacia allí bajaban las aldeanas en sus burros desde los caseríos. Llegaban para vender productos en el mercado. Mientras ellas hacían su tarea con el consabido regateo; los burros, libres ya de la carga de sus canastos, entonaban su concierto de rebuznos al pie de un río en el que se reflejaba el sol en miles de estrellitas blancas camino del Cantábrico. Hoy, los burros que quedan en España, son atendidos en «santuarios para animales». No lo olvidemos.

No hace mucho, en España, hubo movilizaciones por una vaca, sin papeles, de nombre Margarita. Se la trataba como a un animal doméstico, y al parecer ese derecho no le pertenecía. Ella como los humanos que intentan refugiarse en lugares donde todavía es posible vivir, era una «sinpapeles». Pero, al final, se la indultó.

Pensemos sólo un instante en todas las personas que van quedando fuera del sistema, ni se apuntan en el paro, ni votan. Ya no se sienten parte de eso que otros llaman «civilización».

Reflexionemos, sí; es hora de pensar. Marx lo dijo muy claramente en su tiempo, los obreros no sólo producían mercancías sino también más obreros. Bastaba con darles lo justo para que sobrevivieran; pero pronto no se necesitarán obreros.

Hoy, la realidad va cambiando. Las personas crearon máquinas-herramientas y estas, a su vez, maquinaria especializada. Y ahora, estas ya pueden fabricar robots que sustituirán incluso a soldados y policías.

¿Quién cuidará del ser humano? ¿En qué santuario se lo protegerá? No será, desde luego, uno de estos megarricos que dominan el mundo, ni esas multinacionales que están por todas partes; ni los Estados incapaces de enfrentarse a los grandes lobbys de poder.

Decimos «renta básica», pero ya vemos cómo se desvalorizan las pensiones. ¿Qué pasará mañana cuando esas rentas básicas, que hoy imaginamos puedan ser la solución del futuro, resulten insuficientes y solo sirvan para dominar a las masas?

En el recuerdo regresa el juego del pasado: «¿Lobo estás?» Siempre estaba; siempre, preparándose para «comernos mejor».

Los niños de hoy no piensan en estas cosas, ellos tienen teléfonos portátiles; el mundo cabe en una Tablet, con imágenes de colores, en movimiento; ya no juegan a los juegos que nosotros jugábamos.

Ellos temen aburrirse; nosotros éramos especialistas en aburrirnos, en estirar las horas o aprovecharlas. Medir las sombras; retirar las cáscaras de las cortezas de los plátanos; juntar hojas de otoño; quitarles pétalos a las margaritas para saber si alguien nos quería.

¿En qué mundo viven estos niños ricos de Occidente, porque son ricos (la mayoría) si los comparamos con los del resto del mundo? Se les esconde lo que realmente ocurre, y ni se les lleva a los tanatorios para que no vean la muerte de cerca. Y un día, la realidad llamará a su puerta, será enorme, como la boca de aquel lobo de los cuentos, tendrá sus colmillos y sus largas orejas, y no sabrán qué hacer con ella. Pero si esto se cumple, recordémoslo, será el fruto de que los hemos engañado impunemente, de que les hemos edulcorado el mundo y de que sus Reyes Magos y sus Papanoeles, al lado de los que tuvimos nosotros, han sido ricos, no pobres como los nuestros, y como todos sabemos, menos los niños pequeños, claro, estos no existen.

Pilar Alberdi

Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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