Las nueve musas
Baudelaire
Baudelaire

Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont: la trinidad maldita

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Los poetas malditos Baudelaire, Rimbaud y Lautréamont son considerados hoy en día los iniciadores de la poesía moderna.

En este artículo intentaremos explicar el porqué de su inextinguible vigencia.

  1. Los poetas malditos

El esplendor de la sociedad burguesa de mediados del siglo XIX, con sus convencionalismos e injusticias, con sus contradicciones, con su hipocresía, no lograba ser del todo convincente para muchos. En su seno, la fatalidad y la sospecha crecían de manera pavorosa, provocando la desilusión y el escepticismo en algunos de sus miembros. Estos comenzaron a sentir la necesidad de aventurarse por sendas de riesgo, la necesidad de interrogar, de mirar la sociedad a contrapelo, es decir, de no observarla a partir de lo que esta consagraba como cierto, sino de evidenciar las grietas y las fallas que realmente poseía. Algunos encontraron respuesta en la acción revolucionaria, que supo atraer a tantos temperamentos militantes (pensemos que ya en 1848 había aparecido el Manifiesto comunista, de Marx y Engels). Otros, aquellos que seguían de algún modo adheridos a las formas extremas del individualismo, optaron por hacer la revolución dentro de sus propias conciencias, tomando por asalto la ciudadela de sus propias vidas. Tal fue el caso de los poetas malditos.

 Verlaine y Rimbaud
Verlaine y Rimbaud

Ante el tedio y desconcierto causados por el mundo industrial, las metrópolis transitadas por multitudes anónimas y el definitivo triunfo de la clase burguesa (entre cuyas necesidades no se encontraban en absoluto las artísticas), el poeta maldito sintió amenazados sus ideales y decidió oponerse a todo lo que representaba un riesgo para su propia subjetividad. El maldito impuso la idea de que la belleza es un valor superior al que hay que consagrarle la vida, e hizo de ella también una obra de arte. Además, conquistó para sí los aspectos más inquietantes y negativos de la sociedad de su tiempo: la enfermedad, la trasgresión, la muerte, lo tenebroso, lo demoníaco, lo horrendo, constituyendo así una verdadera estética del mal. Baudelaire, el primer poeta del que hablaremos, lo exponía de este modo:

Para algunos espíritus más curiosos y viciados, los placeres de la fealdad proceden de un sentimiento aún más misterioso, que es el ansia de lo desconocido y el gusto por lo horrible. Es el sentimiento cuyo germen en cierto modo lleva consigo cada uno de nosotros, que hace que los poetas acudan a los anfiteatros anatómicos o a las clínicas, y las mujeres a las ejecuciones públicas.[1]

El maldito decidió hacer su arte contra la sociedad o al margen de ella, convirtiéndose en un desclasado con complejo de autodestrucción que pretendía hacer de esa misma autodestrucción una obra de arte. Estos extraños sacerdotes de la belleza llevaron la sensibilidad romántica a las últimas consecuencias, aceptando el paralelismo entre su suerte y la de las grandes civilizaciones antiguas al momento de su decadencia. Aquella singular identificación impuso el nombre de decadentismo al clima cultural de la época, clima que se prolongará hasta las primeras décadas del siglo siguiente.

  1. Entre el dandismo y bohemia

En la mitad del siglo XIX, el mercado cultural era ya una realidad insoslayable y el arte, una mercancía más. Al desaparecer los antiguos mecenas, el artista dependía del burgués consumidor, del dinero con que este compraba un cuadro, una escultura, una novela. El poeta maldito quiso desentenderse de esa tiranía del mercado que postulaba el éxito a partir de pautas comerciales y que lo obligaba a renunciar a sus más genuinas inquietudes creativas. Este tipo de poeta se adelantó al propio curso de la historia; ejerció una crítica y una conciencia precursora; buscó demoler lo viejo y marcar el camino de lo nuevo: prefiguró, en síntesis, al hombre de vanguardia. El maldito asumió el trágico papel de héroe frente a la banalidad burguesa, valiéndose de dos formas distintas pero complementarias: el dandismo y la bohemia.

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El dandismo nació en los primeros años del siglo XIX, en la sociedad inglesa de la Regencia, con George BrummelLord Brummel no era ni artista ni filósofo, su amor a la belleza y a la excepcionalidad se manifestaban en sus hábitos, en el vestir (a medio camino entre la elegancia y la extravagancia) y en el gusto por la frase desconcertante y el gesto provocador, ejemplos sublimes estos de hastío aristocrático y de desprecio por lo vulgar. En los años de la Restauración, el dandismo entró en Francia, conquistando a hombres de mundo, poetas y novelistas famosos, y hallando difusores en las figuras de Charles Baudelaire y Jules-Amedeé Barbey d’Aurevilly. A fines de siglo, el dandismo regresó a Inglaterra, donde fue practicado por Oscar Wilde. Baudelaire arriesgó una definición del dandi en El pintor de la vida moderna, publicada en 1863. He aquí unas líneas que quizá puedan ilustrarnos:

El dandismo es una institución vaga, extravagante como el duelo. […] Estos individuos no tienen otra obligación de cultivar la idea de belleza en su persona, satisfacer sus pasiones, sentir y pensar. […] El dandi no tiende al amor como a un fin especial. […] El dandi no aspira al dinero como algo esencial; tendría bastante con un crédito infinito; de buen grado deja esta trivial pasión a los hombres vulgares. El dandismo no es, como muchas personas poco reflexivas quieren creer, un exceso de aseo y de elegancia material. Estas cosas no son para el perfecto dandi más que un símbolo de la superioridad aristocrática de su espíritu. Así a sus ojos, deseosos sobre todo de distinción, la perfección del aseo consiste en la máxima simplicidad, que es, en realidad, la mejor forma de distinguirse. […] Es, antes que nada, la necesidad ardiente de crearse una originalidad, contenida en los límites externos de las conveniencias. Una especie de culto a sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se encuentra en los demás, en la mujer, por ejemplo: que puede sobrevivir incluso a todo lo que se llama ilusión. Es el placer de sorprender y la satisfacción de no sorprenderse nunca.[2]

La bohemia estaba ubicada en las antípodas del dandismo y eligió una vía más explícita para marcar su diferenciación y su repudio. El bohemio, en efecto, fue un personaje de los bordes, gustador del vino de tabernas, amigo de prostitutas y de cualquier chiflado que quisiera cambiar el mundo de manera violenta. Sin embargo, esta otra versión de poeta maldito (quizá la más representativa) rechazaba del mismo modo que el dandismo los valores de la sociedad decimonónica, rechazo que pudo poner en ejercicio apelando a las profundidades más sórdidas de la marginalidad.

  1. Baudelaire

Charles Baudelaire, no solo es considerado por la crítica como el iniciador del simbolismo,[3] sino también como padre de la literatura maldita. Como tal, supo asumir poses de dandi y de bohemio. Frecuentaba prostíbulos, pensiones de mala muerte, tabernas donde se reunían traperos, terroristas y soplones, pero también salones literarios donde se pavoneaba, exhibiendo su figura como si de la mayor de las obras de arte se tratara.

Baudelaire era, además, un flâneur, un observador que recorría la ciudad gozando de los escaparates, de los negocios, de los cafés, de las bellas mujeres que se perdían en la muchedumbre, es decir, de todos los contrastes del paisaje urbano moderno. El poeta se relacionaba de ese modo con la ciudad como si se relacionara con un amante, París era para él «como una puta acatarrada»[4]. En estos paseos, Baudelaire documentaba el avance inevitable de la urbe burguesa; pero, a su vez, aquel sueño cultural lleno de egoísmo y mediocridad que dejaba a lo genuinamente humano vulnerado, expuesto a las zonas oscuras e inasibles de la sociedad capitalista.

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El poeta no encontraba nada real que pudiera deshacer el desgano, el tedio, el spleen, y será solo en aquellos paraísos artificiales de embriaguez, droga y olvido donde hallará la escapatoria a sus fantasmas. Belleza, horror, éxtasis y espanto son las coordenadas contrapuestas de la poesía baudelairiana, pero nacidas de una misma experiencia, aquella que definió la estética fugaz y fragmentaria de la modernidad.

  1. Rimbaud

Toda poesía auténtica es en primer lugar la obra de un hombre, traducción de su visión de mundo, expresión de las fuerzas profundas que lo habitan. La vida moldea la obra del poeta, aunque más no sea suministrándole los ingredientes de la creación. El caso de Arthur Rimbaud es especial en ese sentido. El torbellino de sus imágenes, ritmos y símbolos provocan en el lector un cataclismo sensorial que conjeturamos necesario en cualquier lectura poética; sin embargo, estos rasgos no pueden separarse de la leyenda negra que sus contemporáneos le atribuyeron. El joven poeta fue aclamado desde un principio, no bien pone pie en París. Ni sus peores enemigos negaron su talento, sencillamente no se aceptaba su conducta, y este rechazo acabó por imponerse a lo literario. Su polémica relación con Verlaine, su entrega al ajenjo, su violencia, etc., hicieron de su persona y de su nombre algo intolerable.

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Fue Rimbaud el que con más claridad testimonió la aventura espiritual que supone la poesía moderna, sin perder por eso de vista el camino señalado por sus predecesores, pero extremando aún más el quiebre con el armazón intelectual de su época, aquel que intuía por demás superfluo. Así lo demuestra este texto perteneciente a Una temporada en el infierno:

Ahora yo. La historia de una de mis locuras. Desde hacía largo tiempo me jactaba de poseer todos los paisajes posibles, y encontraba irrisorias las celebridades de la pintura y de la poesía moderna. Me gustaban las pinturas idiotas, dinteles historiados, decoraciones, telas de saltimbanquis, carteles, estampas populares; la literatura pasada de moda, latín de iglesia, libros eróticos sin ortografía, novelas de nuestras abuelas, cuentos de hadas, libritos infantiles, óperas viejas, canciones tontas, ritmos ingenuos.

Soñaba con cruzadas, con viajes de exploración cuyo relato no tenemos, con repúblicas sin historia, guerras de religión sofocadas, revoluciones de costumbres, desplazamientos de razas y continentes: creía en todos los encantamientos.

¡Inventé el color de las vocales! —A, negra; E, blanca; I, roja; O, azul; U, verde— Reglamenté la forma y el movimiento de cada consonante y me vanagloriaba de inventar, con ritmos instintivos, un verbo poético accesible, cualquier día, a todos los sentidos. Me reservaba la traducción.

Al principio fue un estudio. Yo escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos.[5]

Verlaine incluyó a Rimbaud en Los poetas malditos, libro publicado en 1884. Para ese entonces, Rimbaud ya había dejado de escribir. Huyó hacia «otra vida», donde fue sucesivamente empleado de circo en Alemania, Austria, Holanda e Italia; mercenario y desertor en Java; capataz de obra en Chipre y traficante de armas y de esclavos en Somalia. Rimbaud, el autor de la obra más vehemente de la poesía moderna, a los dieciséis años, había dictado su único mandamiento: «Hay que ser absolutamente moderno». Veintiún años más tarde, en una ciudad islámica asediada por hienas, tullido y convertido al catolicismo por expreso pedido de su hermana, moría, sin saber que ya era un mito entre los poetas simbolistas.

  1. Lautréamont

Poco es lo que se sabe de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, autor de Los cantos de Maldoror. Gracias a algunos documentos y una foto encontrados en polvorientos archivos, podemos decir que era hijo de un diplomático galo, que nació en Montevideo, que pasó sus primeros años en Uruguay para luego instalarse en la ciudad de Tarbes, en el sur de Francia, que en 1865 obtuvo su diploma de bachillerato en letras y que murió a los veiticuatro años.

En 1868, cuando Duchase tenía veintidós años, publicó el primero de los cantos; al año siguiente, aparecieron unos pocos ejemplares con los cinco cantos restantes que conformaban la obra. Estos ejemplares no fueron debidamente publicitados por miedo de la editorial a ser acusada de obscenidad y blasfemia, ya que la censura a Las flores del mal, de Baudelaire, seguía agitando las conciencias razonables y en este nuevo libro se advertía la misma aureola maldita, la misma apología de la enfermedad y de la disidencia. En respuesta a esta situación, el mismo Ducasse le escribió lo siguiente a los editores: «He cantado el mal como lo hicieron Mickiéwickz, Byron, Milton, Southey, Musset, Baudelaire, etc. Naturalmente he exagerado la nota para innovar en tan sublime literatura que sólo canta la desesperación para oprimir al lector y hacer que desee el bien como remedio»[6].

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En puridad, Los cantos de Maldoror (Maldoror probablemente sería una abreviatura de Mal d’aurore, ‘Mal de aurora’) constituyen una obra refractaria a cualquier intento clarificador de críticos, estudiosos y académicos. Se trata de grandilocuentes cantos a la noche, a la ultratumba, a la pederastia y a las danzas macabras de la opiomanía. «Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura»[7], dijo Lautréamont en el paroxismo de su furia. La negatividad y el delirio como únicas vías de liberación ante lo que está condenado desde un comienzo es lo que se advierte en el siguiente fragmento:

Yo hice un pacto con la prostitución a fin de sembrar el desorden de las familias. Me acuerdo de la noche que precedió a esta peligrosa relación. Vi ante mí una tumba. Oí a una luciérnaga, grande como una casa, que me dijo: «Voy a iluminarte. Lee la inscripción. Esta orden suprema no procede de mí». Una vasta luz de color sangre, ante la cual mis mandíbulas crujieron y mis brazos cayeron inertes, se esparció por el aire hasta el horizonte. Me apoyé contra un muro en ruinas, pues iba a caerme, y leí: «Aquí yace un adolescente que murió tuberculoso: ya sabéis por qué. No recéis por él».[8]

Hubo que esperar muchos años para que el surrealismo descubriera la extraña hermosura de Los cantos de Maldoror. De él extrajo la concepción de belleza que animaría los objetivos de su movimiento. La célebre frase que trascribimos a continuación permitirá apreciarlo cabalmente: «Es bello como el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas»[9]. Aquí vemos cómo la imagen se construye a partir del encuentro azaroso de dos realidades alejadas entre sí, apelando a la contradicción como combate, y al combate como mórbida expresión de lo bello; el resultado es un artefacto jamás visto, como puede serlo una «máquinadecoserparaguasemesadedisección». La belleza definida como un hecho aleatorio en donde dos instancias de lo real se fusionan generando una tercera «surreal» es el principio, de claro cuño dialéctico, del concepto de belleza surrealista: la belleza convulsa. Pero de esto, estimado lector, hablaremos en otra ocasión.

[1] Charles Baudelaire. Obras completas, Universitas, Santiago de Chile, 1966.

[2] Charles Baudelaire. Óp. cit.

[3] Vale la pena recordar que el propio nombre del simbolismo proviene del soneto «Correspondencias», incluido en Las flores del mal; en él hallaremos la imagen de una naturaleza de cuyas columnas emanan palabras confusas, y la intuición, confirmada por todas las estéticas posteriores, de que el hombre está perdido en un «bosque de símbolos», bosque donde los objetos y esencias más disímiles se alían entre sí. Este poema terminará transformándose en el verdadero manifiesto simbolista, hasta casi relegar al olvido al publicado por Jean Moréas en 1886.

[4] Ibíd.

[5] Arthur Rimbaud. Obras completas, Universitas, Santiago de Chile, 1966.

[6] Isidore Ducasse. Poesía reunida, Universitas, Santiago de Chile, 1966.

[7] Isidore Ducasse. Óp. cit.

[8] Ibíd.

[9] Ibíd.

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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