Las nueve musas
grafemas

Acerca de los grafemas

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Como sabemos, los grafemas son las unidades gráficas que cumplen fundamentalmente la función de representar a los fonemas en la cadena escrita.

En este artículo, sin embargo, procuraremos ir un poco más allá de esta correcta pero quizá exigua definición.

  1. Los fonemas y grafemas como unidades de diferenciación

Todo acto de habla supone la emisión de sonidos, sonidos que, al combinarse entre sí, forman signos lingüísticos o, si prefieren, palabras.[1] Estos signos lingüísticos (o palabras) se combinan a su vez entre sí y forman enunciados, que es como las ciencias de lenguaje denominan a las unidades mínimas de expresión capaces de transmitir un mensaje con sentido pleno.

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La mayoría de las lenguas poseen un repertorio más o menos limitado de sonidos distintos que permiten distinguir un signo lingüístico de otro. Por ejemplo, en nuestro idioma, el sonido representado por la letra b nos permite diferenciar la palabra bala de otras como pala, mala, tala o sala, que, claramente, no significan lo mismo. Estas unidades fónicas de diferenciación se conocen por el nombre de fonemas.

Las lenguas de escritura alfabética —dentro de las cuales, como es lógico, se encuentra el español— poseen asimismo un repertorio limitado de signos gráficos que permiten distinguir significados en el plano de la escritura. Estas unidades gráficas de diferenciación se conocen por el nombre de grafemas, y suelen coincidir con lo que comúnmente llamamos letras. Sirva como ejemplo el mismo caso del párrafo anterior.

Podríamos decir, entonces, que, así como el fonema es la unidad mínima de diferenciación del plano fónico, el grafema es la unidad mínima de diferenciación del plano gráfico. Ahora bien, tanto el uno como el otro son unidades secuenciales, es decir, unidades que se manifiestan de forma lineal o sucesiva, ya sea en la cadena hablada, en el caso del primero, ya sea en la cadena escrita, en el caso del segundo.

La ortografía, que es lo que nos importa al fin y al cabo, se ocupa de establecer cuál es la correspondencia que debe existir —obviamente en la escritura— entre las unidades del plano fónico y las unidades del plano gráfico o, como dice la OLE, «con qué grafema o conjunto de grafemas se representa cada uno de los fonemas, y qué fonema o fonemas representa cada grafema o conjunto de grafemas»[2].

  1. Los grafemas en la lengua española

 Tal como explicábamos en el apartado anterior, los grafemas son las unidades mínimas de diferenciación que operan en el plano de la escritura. Decimos que son «mínimas» porque no pueden reducirse a unidades más chicas; decimos que son «de diferenciación» porque pueden distinguir un signo lingüístico de otro, como lo demuestra la serie polo, bolo, solo, dolo y rolo, donde los grafemas p, b, s, d y r se ocupan de diferenciar estas palabras que, indudablemente, tienen distinto significado.

Esta capacidad de diferenciación de los grafemas puede apreciarse, sobre todo, en aquellos vocablos que, si bien no se distinguen en el plano fónico, aparecen escritos de distintas maneras en el plano gráfico, como bello (‘bonito, agradable a la vista’) y vello (‘pelo corto y suave de la cara o el cuerpo’), cima (‘parte superior de un monte, un cerro o una montaña’) y sima (‘cavidad grande y muy profunda en la tierra’) o haz (‘atado de hierba, leña o cosas semejantes’) y as (‘figura de las cartas de póquer’). Estos vocablos se conocen con el nombre de homófonos.

Con todo, en ocasiones, la capacidad de diferenciación de los grafemas se anula y, por consiguiente, un mismo signo lingüístico puede llegar a presentarse escrito de más de una manera, pero sin que esa diferencia gráfica obedezca a alteraciones en el plano fónico, como vemos en estos ejemplos sugeridos por la OLE: «alhelí/alelí, ácimo/ázimo, endibia/endivia o hégira/héjira»[3]. Huelga decir que este tipo de variantes son más bien excepcionales.

Recordemos también que el término grafema es el nombre técnico o específico que reciben los signos gráficos que conocemos como letras, aunque, en un sentido estricto (y vale la pena aclararlo), solo pueden considerarse letras los signos gráficos simples, es decir, aquellos que están formados por un solo grafema. Ateniéndonos a este razonamiento, no serían letras las secuencias de varios grafemas que representan un solo fonema, que es lo que sucede, sin ir más lejos, con los dígrafos. De hecho, es un error muy común relacionar el concepto de letra con la representación gráfica de un fonema, error que tal vez explique por qué los dígrafos ch y ll fueron tenidos por letras hasta hace relativamente poco.[4]

  1. Más sobre las correspondencias entre fonemas y grafemas

El sistema de representación gráfica del español está diseñado —al menos, en teoría— para que a cada fonema le corresponda un solo grafema. Paradójicamente, este ideal de correspondencia biunívoca no se cumple a la perfección en casi ninguna de las lenguas de escritura alfabética. Es probable que esto suceda por el gran peso que tiene en la cultura escrita la tradición gráfica heredada. Así, por más que en la lengua hablada se registren variaciones, en la lengua escrita se suelen respetar las formas gráficas fijadas en el uso. Esta suerte de conservadurismo ortográfico explica en algún punto el rechazo a suprimir grafemas que dejaron hace tiempo de tener un valor fonológico específico. A su vez, el empleo combinado de grafemas para representar un solo fonema explica el rechazo —manifiesto en buena parte de las lenguas existentes— a la invención de signos nuevos para representar sonidos nuevos.

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A diferencia de idiomas como el francés o el inglés, cuyos sistemas de representación gráfica no han evolucionado demasiado en comparación con las variaciones experimentadas por sus sistemas fonológicos, el español muestra una gran correspondencia entre sus unidades fónicas y gráficas. Esto es posible gracias a la relativa sencillez de nuestro sistema fonológico, pero también, y no es un dato menor, a las continuas reformas ortográficas —casi todas conducidas por el principio de correspondencia entre grafía y pronunciación— que se llevaron a cabo cada vez que nuestro código de escritura necesitaba allanar el camino hacia la estabilidad y la fijeza de las que en la actualidad es beneficiario.

Sin embargo, nuestro idioma también se aleja en ciertos casos del ideal de correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas. En efecto, el sistema gráfico del español posee veintisiete grafemas y cinco dígrafos para representar veinticuatro unidades fonológicas, y, conforme a esto, tal como hemos comentado anteriormente, algunos fonemas, ya sea por razones históricas, ya sea por razones etimológicas, pueden aparecer representados por distintos grafemas, al igual que algunos grafemas, según el contexto comunicativo, pueden aparecer representando distintos fonemas.

Como si esto fuera poco, existen además los grafemas especiales h y x, cuyas características son bastante llamativas: el primero no representa ningún fonema (al menos, no en la lengua de uso corriente); el segundo, por el contrario, representa casi siempre una secuencia de dos fonemas. Sobre estos grafemas «especiales» procuraremos hablar en un futuro artículo, eso sí, siempre y cuando el futuro lo permita.

[1] Véase Ferdinand de Saussure. Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 2005.

[2] RAE y ASALE. Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 2010.

[3] RAE y ASALE. Óp. cit.

[4] Los dígrafos ch y ll dejaron de aparecer como letras en el Diccionario de la RAE de 2001. Su exclusión definitiva fue oficializada por la OLE en 2010.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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