“Lo que por la gracia recibimos por la gracia lo damos”
San Francisco de Asís
Este año he llegado a la zona de El Tesoro, para ser específico, a la Clínica El Rosario, montado en un bus que me dejó a uno o dos kilómetros del Centro Ambiental, Espiritual y Cultural Asissi.
Allí conocí al señor Eduardo, su gestor, quien dice haber encontrado en este proyecto una oportunidad para salir de la crisis personal que lo atrapó en un momento precario de su vida y del cual creyó no podría salir. Ya habla de aquello que lo sacudió en los años noventa como un recuerdo del sisma espiritual que tuvo que atravesar como sujeto para encontrarse y dirigir su vida de manera consciente, cargando menos equipaje, buscando una conexión entre el mundo interior, el entorno eco sistémico y el contexto sociocultural que determina en gran medida las acciones y consecuencias que asumió como individuo.
El maestro Eduardo reconoce que esta etapa fue necesaria para renacer y, día a día, conocerse así mismo buscando una fortaleza espiritual con base en los principios de San Francisco de Asís. Como ser humano estos preceptos lo ponen a prueba a cada momento. Como lo dice el señor Eduardo “no ha sido una tarea fácil de llevar”. Sin embargo, ya han pasado décadas y el maestro lidera sin afán de protagonismo esta propuesta de laboratorio ambiental, espiritual y cultural.
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Mientras camino por las nuevas calles me siento nostálgico y pienso que cada vez es más fácil llegar a las lomas de El Poblado. Por ejemplo, lo que hoy se conoce como la Trasversal superior permite el tránsito por El Tesoro. Esto a la vez facilita llegar a la carretera de Las Palmas transitando por un par de vías bastante empinadas. Una vez se corona la cima se puede llegar desde allí a los municipios del Oriente Antioqueño. Entre otros, Envigado, El Retiro, Rionegro, Carmen de Viboral y Guarne.
Cada vez es mayor el número de vías, túneles, rotondas y calles que simplifican las distancias en este territorio que alguna vez fue una cadena extensa de montañas, bosques y fuentes de agua que protegían la avifauna, el ecosistema del sur de El Valle de Aburrá y que favorecían aquel clima característico de aquello que los paisas viejos alguna vez reconocimos como La Bella Villa.
Pero, tanto “La Bella Villa” como “La Ciudad de la eterna primavera” son remoquetes mercadotécnicos de aquello que un día fue la etapa temprana de la ciudad. Hoy tan sólo son imaginarios de poder impuestos e impostados para proyectar una imagen de ciudad que oculta la permisividad de la planeación pública que ha favorecido los intereses particulares de los gremios que buscan un crecimiento desmesurado para mantener en alza el consumo de bienes y servicios con márgenes altos de ganancia.
Lo anterior genera el impacto negativo en la calidad del aire en la ciudad; la gentrificación que profundiza las brechas económicas y sociales multidimensionales en el país más desigual de América Latina (Fedesarrollo 2022) y el déficit de zonas verdes por metro cuadrado que son necesarias y urgentes para garantizar la calidad de vida con equidad y salud física y mental para los habitantes de una ciudad que podía alojar de manera sostenible unos setecientos mil a novecientos mil habitantes. Sin embargo, en 2024, la ciudad de Medellín acoge un aproximado de 2’616.000 habitantes en 37621 hectáreas (Secretaría de Protección y Salud Social).
Hablar del impacto eco sistémico y socio ambiental se hace aún más complejo cuando se tiene en cuenta que Medellín hace parte de diez municipios que pueblan el sistema montañoso del Valle de Aburrá. En esta medida las pequeñas y grandes ciudades que hacen parte de El Área Metropolitana de El Valle de Aburrá se extienden a lo largo de los ramales de la cordillera central andina. Aquí habitamos aproximadamente 4’179.000 seres humanos en una extensión de 1.152 kilómetros cuadrados (Secretaría de Protección y Salud Social).
Los datos indican que el cincuenta por ciento de los habitantes de Antioquia se concentran en el Valle de Aburrá, que está localizado al centro y sur del departamento. Esta densidad poblacional presiona negativamente las condiciones del hábitat natural aumentando los niveles de contaminación y entropía.
Mientras esto sucede, las decisiones que afectan la calidad de vida de miles de familias son tomadas por unos pocos apellidos notables que habitan, desde lo simbólico, chalets de miles de millones de pesos en Llano Grande, ya que la gran mayoría probablemente han decidido partir hacia el extranjero. En esta medida los nuevos estereotipos de heredad han perdido la conexión que tenían sus padres y abuelos con el territorio y sus gentes. Las nuevas generaciones de capitalistas y terratenientes tienen una visión de riqueza global que favorece la gentrificación sin ningún compromiso con el pasado, presente y futuro de las comunidades que se asientan en el Valle de Aburrá. En este sentido los capitales financieros transnacionales actúan como un elemento líquido que depreda la biodiversidad.
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“Cualquier pérdida de biodiversidad es pérdida de vida”
El señor Eduardo.
Treinta o cuarenta años atrás, se requería un día completo para recorrer El Poblado de un extremo a otro. Se necesitaba fuerza en las piernas para subir las faldas y cumbres; y paciencia y conocimiento porque el territorio era un sendero intrincado de fincas con potreros y bosques llenos de pájaros y espejos de agua. De lo contrario, no conocer los caminos de herradura podía llevar al caminante a dar vueltas por el laberinto de la montaña hasta encontrar el sendero correcto que lo llevaría a las lomas de El Zorro o El Escobero.
Asissi es una pequeña muestra de lo que ayer fue El Poblado. En una de mis visitas, el señor Eduardo me contó que la finca, que era de su abuelo, fue a principios de Siglo XX el punto de encuentro de los arrieros que transportaban el ganado al mercado de El Pedrero en el extinto Guayaquil. En dicha finca pasaban la noche las recuas de ganado, que salían en la madrugada guiadas por los arrieros hacia el mercado de El Pedrero.
El señor Eduardo es un hombre amable, empático, con todos y todas y escucha a quienes lo visitan con los cincos sentidos para intercambiar luego su opinión sobre el legado de San Francisco de Asís y la necesidad de trabajar en comunidad y dar respuesta a la crisis humana de manera sustentable. Es consciente de que las sinergias y conexiones con los talentos de las otras personas son esenciales para disminuir el consumo de recursos y energías no renovables.
Inició este proceso de sostenibilidad integral uniéndose a un grupo de personas que tenían talentos diversos, entre otros, campesinos que fueron desplazados de sus tierras y territorios. Estos hombres son conocedores de la labor del campo y lo llevaron a contemplar el procesamiento comercial del compostaje a través del aprovechamiento del desecho orgánico para hacer de Assisi un vivero sostenible y autosustentable.
El Centro Ambiental, Cultural y Espiritual Asissi abre sus puertas a Las Sabinas, una corporación bellanita de mujeres que son víctimas del conflicto armado y que hoy son lideresas en pro de la defensa de los derechos humanos. Estas mujeres emprenden de manera solidaria para generar empleo con autonomía.
De esta manera el señor Eduardo convive y trabaja en equipo con un grupo de artistas y campesinos y abre sus puertas a las personas inquietas que buscan avanzar en el aprendizaje de la vida en paz y armonía con el cosmos siguiendo las enseñanzas de San Francisco de Asís. Este espacio de aire limpio es un resguardo para la avifauna y la flora que ve amenazada la continuidad de la vida y la especie con cada proyecto inmobiliario llevado a cabo en lo que ancestralmente fue territorio ocupado por los indios aburraes.
Nota. Las imágenes son cortesía del Centro Ambiental, Cultural y Espiritual Asissi

























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