Las nueve musas
Teatro narrativo

Teatro narrativo

Aristóteles nunca escribió ninguna preceptiva. Malas interpretaciones de su Poética acabaron generando un corsé en la dramática occidental hasta bien entrado el XIX, con Aristóteles o contra él.

Horacio y los tratadistas romanos creyeron que decía: «se hace así», cuando en verdad lo que quiso decir fue: «esto es lo que he observado». Extraño el genio de Aristóteles muchas veces para que me explicara el rumbo del teatro actual.

Hasta el siglo XX el teatro era, incluso el más atrevido, eminentemente narrativo. Lo es el Woyzeck de Büchner, el Ubú, roi de Jarry o la obra de Pirandello.

Las vanguardias generaron una ruptura con el teatro burgués, naturalista, con su atrevimiento genial, pero también con un empacho de marxismo y psicoanálisis que dura hasta hoy. Era un teatro que buscaba la redención de la clase obrera y la liberación del individuo provocando la escandalizada caída del monóculo liberal-conservador en la copa de espumoso. Brecht rompió con la emoción y la ficción con su teatro épico, porque la emoción impide pensar. Meyerhold hizo las primeras perfomances avant la lettre en sus representaciones de la Revolución Rusa y anticipa el teatro pobre de Grotowski al vestir a todos sus actores con el mismo mono de trabajo.

En nuestra España Lorca, Valle-Inclán, Azorín e incluso un poco valorado dentro de nuestras fronteras Jacinto Grau incorporan a su teatro esas nuevas formas de representar. Mihura aún conserva la fabula en su obra precursora del absurdo Tres sombreros de copa. El Esperando a Godot de Beckett y La cantante calva de Ionesco terminan de dinamitar lo que quedaba de narrativo en el teatro después de la Segunda Guerra Mundial. Luego vendría Artaud con su teatro de la crueldad, el citado Grotowski, los happening y la performance

¿Y después? Tras las vanguardias, solo queda el silencio. A Ortega se le acusó de no entender a sus contemporáneos cuando hablaba de arte deshumanizado. Nadie niega la absoluta genialidad de la dramaturgia surgida después de Jarry, en cronología de mi maestro César Oliva, pero mientras se buscaban lenguajes y propuestas cada vez más audaces y más alejadas del teatro burgués, más se distanciaban de un elemento fundamental en el teatro: el público. Ortega lo señaló con acierto.

Javier Marías, en un agrio artículo de prensa de principios de siglo, muy en su estilo, renegaba del teatro actual. Marías, escritor excepcionalmente erudito, admitía sin embargo no entenderlo y no disfrutarlo, añoraba una virtud aristotélica desterrada de las tablas hace ya mucho y que el cine suele conservar: la verosimilitud. Yo añadiría la narrativa.

Entre el público menos informado hay una visión bastante ingenua de la historia del teatro, que divide en dos bloques su naturaleza, el de vanguardia y el clásico, olvidando la interpretación cantada de las tragedias clásicas con máscaras y coturnos; el teatro medieval dentro de las iglesias; la primacía de la declamación poética sobre el cuerpo en el drama hasta bien entrado el XIX (aún Proust recuerda la emoción de oír recitar a una actriz célebre de su época), el vestuario anacrónico y la perspectiva circular de los montajes del XVII, donde daba igual la época de la obra; los autos sacramentales, la ópera y el ballet. El ingenuo público cree que el teatro fue como el cine comercial, pero en vivo hasta que aparecieron los artistas de vanguardia con sus excentricidades. El teatro a la burguesa es un fenómeno del XIX y tan anacrónico o legítimo es montar un Edipo ambientado en el Bronx de los setenta como hacerlo con vestuario hecho con cortinas y sandalias. Una Orestiada auténtica, a tenor de lo que sabemos de la época clásica, parecería más osada que una inspirada en Star Wars.

Quizá el ingenuo público acierte al equivocarse. De alguna forma, esa clase obrera tan reivindicada como sujeto como despreciada como público por tanto artista de vanguardia decidió refugiarse en el cine para entretenerse, emocionarse y seguir encontrando historias, sin un Brecht que les sacará de la ficción o un Artaud que les provocara la náusea. También hubo y hay un cine de vanguardia, qué duda cabe, pero aún recuerdo a mi hermano disgustado exclamar cuando una película abusaba de la experimentación: «Para eso ya está el teatro». Ese fue el pacto tácito entre el populacho y los modernos: para ustedes el cine y para nosotros el teatro. Por eso tiene tan mala acogida el cine experimental y sufre tanto desdén entre algunos profesionales el teatro hoy llamado con tremenda vulgaridad «de texto».

Marías puso el dedo en la llaga. Hay un teatro con unos códigos tan cerrados, tan solipsistas, que es incomprensible. Exquisito o una farsa, solo los iniciados lo saben, pero tremendamente hermético. Poesía en chino recitada a esquimales. Supe por El País de una representación de teatro en Madrid que duró veinticuatro horas. El final, según narraron los cronistas, fue apoteósico y emotivo. No me sorprende, ya que me cuesta disociar un espectáculo de veinticuatro horas de las modernas técnicas de tortura por desgaste que, tristemente, siguen ejecutándose por el mundo y solo puedo imaginar el inmenso alivio de ver culminar semejante aquelarre.  Mi paciencia y sensibilidad es mucho más tosca y limitada. Por supuesto, eso no es teatro burgués, aunque el grueso de los espectadores, sospecho, fueran en su mayoría personas con estudios superiores e ingresos por encima de la media que habitan una ciudad como Madrid que, como escribió Dámaso Alonso, tiene muchos millones de cadáveres según las últimas estadísticas. Teatro burgués sería una representación estival de Muñoz Seca en un pueblo de la España vaciada o un sainete de Arniches en un centro para la tercera edad. ¡Qué ironía!

Un sector del teatro hace tiempo que se contaminó de las últimas tendencias del arte plástico contemporáneo y, lo que es peor, de su actitud. Una vanguardia filomarxista o post-estructuralista que renegaba del orden burgués y procuraba su destrucción se ha transformado en el juguete inofensivo de un sector de esa misma burguesía o que cuenta con su más absoluta indiferencia.

A la clase dominante de hoy, que no es menos vil ni menos hipócrita que la de ayer, ya no se le cae el monóculo por ver a un actor desnudarse y chillar en escena. ¿Qué miembro de la clase media y trabajadora podría decodificar este tipo de teatro tan libre de las convenciones burguesas? Es lo que Hans-Thies Lehmann llama «teatro posdramático» en su ensayo homónimo finisecular, catalogando de “burgués” cualquier espectáculo verosímil y narrativo. Escucho a veces como cualquier propuesta de esta índole suele despacharse con los términos «teatro realista», «teatro de texto» y «teatro comercial». Da igual que beba de las últimas tendencias artísticas, si cuenta una historia y pretende que sea de alguna forma una ficción dotada de coherencia, queda a la altura de las comedias de los Alvárez Quintero, aunque el drama provenga de la pluma de Virgilio Piñera.

Se puede argüir con cierta crueldad que no se hizo la miel para la boca del asno, que obras excelsas, hoy canónicas, fueron otrora despreciadas por incomprendidas, que nadie quiere que hoy el teatro reproduzca los esquemas de cartón-piedra de las funciones de teatro escolares o que se reduzca a comedias intrascendentes, como aquellas evocadas en la magistral Viaje a ninguna parte. Se puede objetar que el arte contemporáneo no es tan moderno, pues tiene a sus primigenios impulsores bajo tierra desde hace mucho y que ya es hora de ir asimilando sus lenguajes, que no es ningún timo y que no cuesta mucho más entender a Picasso que entender verdaderamente a Goya. Cierto.

Pero también es cierto que esa vulgar denominación,teatro de texto”, obvia que ese «texto» no es el listín telefónico, el BOE o la lista de la compra, sino que se trata de literatura, arte capital de cualquier cultura, que fue el corazón del teatro durante siglos y que es el mejor nexo que tenemos con la tradición teatral pretérita.

Podría objetarse que el realismo es una corriente literaria del siglo XIX y que contar una historia no necesariamente es un tributo a Galdós o a Dickens. Desde ese prisma son realistas Borges, Poe, Tolkien, Lovecraft o Jonathan Swift. Llamar realista a cualquier montaje que respete las estructuras de la narración es un alarde de ignorancia. Verosímil no implica una perspectiva realista, sino que plantee un mundo posible y coherente, con sus propias lógicas, donde los hombres vuelen o los dragones convivan entre nosotros, pura ficción, pero que tiene sentido si se aceptan las premisas de la obra. Y, por último, despreciar con el epíteto de “comercial” o “burgués” el teatro que llega con éxito a un público amplio y profano y respeta algunas de sus convenciones equivale a considerar un gañán a Schiller o a Lope. Y, sin menospreciar ni renunciar a la colosal aportación al arte de las propuestas del siglo XX, debemos admitir que el ser humano, antropológicamente, goza de contar historias, se reconoce y se explica contando historias y nunca va a asimilar como su lengua natural unos códigos artificiales que chocan con su forma primera de entender el mundo.

El excelente y atrevido Peter Handke tiene obras magníficas, como Kaspar Hauser o El pupilo quiere ser maestro, donde solo hay acotaciones u órdenes a un actor mudo, pero resultarían inaccesibles para buena parte del público profano. En la hilarante Insulto al público lo expresa claramente uno de los personajes: “Ustedes esperan ver un determinado ambiente. Ustedes esperan descubrir otro mundo. Ustedes no esperan descubrir otro mundo. En cualquier caso, ustedes esperan algo. ¿Quién sabe? Quizás ustedes se esperaban esto. Pero incluso así, ustedes esperaban otra cosa.”

Hay obras que podrían parecer un insulto al público, en su desinterés por llegar a su entendimiento.  Quizá sería conveniente que cierto teatro superara ciertos atavismos ligados a las ya viejas vanguardias, se alejara del culteranismo y de delirios revolucionarios y volviera un poco la vista hacia sus hermanos menores: el cine y la televisión.

Hay un equilibrio posible entre entre calidad y comunicatividad, me resisto a creer que tenga que elegir entre aburrirme por no comprender nada o presenciar espectáculos simples y banales. Verdaderas obras de arte, profundas y complejas, han llegado a la mente y el corazón de personas que jamás estudiaron artes visuales, sin renunciar a contar historias.

Muchos espectáculos actuales de teatro seguro tienen tanta calidad como la serie The Black Mirror o la película Parásitos, por citar dos ejemplos populares, actuales y llenos de innovación y creatividad, con la diferencia de que, parafraseando al poeta Soto de Rojas, el cine y la televisión excelsa son un paraíso abierto y el teatro excelso, a veces, es un jardín cerrado.

Javier Fernández

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