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eñe

La eñe, esa peculiar consonante

Como bien sabemos, la eñe es la decimoquinta letra de nuestro abecedario. Sin embargo, sería inapropiado considerarla como una simple letra más, pues esta peculiar consonante se ha convertido, por derecho propio, en una marca de identidad del idioma español.

En este artículo, hablaremos sobre el tema.

Rebajas
  1. Generalidades

 La letra ñ, en tanto grafema, es propia del idioma español, pues su sonido se representa en otras lenguas por medio de alguna combinación de consonantes, como los grupos gn, mn o ny. Estos grupos consonánticos —también presentes en los albores del castellano— se continuaron utilizando indistintamente hasta el siglo XIII, que fue cuando Alfonso el Sabio sistematizó la ortografía de aquel español primitivo con el objetivo de lograr la tan necesaria unificación lingüística.

Hoy sabemos que la ñ empezó a escribirse en el Medioevo para abreviar el grupo nn, del cual proceden la mayoría de las palabras con ñ de nuestro vocabulario. La segunda n de este grupo consonántico se convirtió en una tilde (la actual virgulilla) que se añadía sobre la primera.[1] Así nos lo explica la OLE:

La ñ tiene su origen en la abreviatura del dígrafo nn, que el español medieval escogió para representar el nuevo fonema nasal palatal /ñ/, inexistente en latín. Este dígrafo solía escribirse de forma abreviada mediante una sola n con una virgulilla encima, signo del que surge esta letra, genuinamente española, que también adoptaron el gallego y el vasco.[2]

Desde el punto de vista fonológico, la ñ es una consonante palatal nasal sonora, que se articula con la punta de la lengua apoyada en la cara interna de los dientes inferiores y el dorso de aquella tocando el paladar duro, desde los alveolos para atrás; de esta forma, el velo del paladar queda abierto, y el aire no tiene otra salida que la nariz, pues la lengua cierra por completo la cavidad bucal.

Aunque la letra ñ es de las más resistentes, no deja de perderse en alguna ocasión, por ejemplo, cuando el sustantivo señor se reduce a seor (recuérdese el famoso soneto de Cervantes: «lo que dice voacé, seor soldado»[3]), fenómeno que podemos apreciar en pronunciaciones relajadas. Esta pérdida, a veces, afecta también a las letras acompañantes, como cuando se dice sita y sito por señorita o señorito. En algunos países de Hispanoamérica, incluso, convierten la expresión mi señora en mi seá o mi siá. Ya Cuervo hacía mención de esto en sus célebres anotaciones a la Gramática de Bello: «Mi só, mi sá eran en los buenos tiempos de la lengua abreviaturas lacayunas y fregoniles, o por lo menos harto familiares, de mi señor, mi señora»[4].

  1. Los grupos latinos ny, gn, ng y mn

 Nuestra ñ pudo obedecer también a la influencia de una voz de la segunda época, que «palatizó», ya en latín, los grupos ny, gn, ng y mn.

El grupo ny se ve en casos como vinea, que se transformó en viña; extraneu, que se transformó en extraño; seniore, que se transformó en señor; Hispania, que se transformó en España; aranea, que se transformó en araña; cunea, que se transformó en cuña; dominiare (por dominare), que se transformó en domeñar; pinea, que se transformó en piña; staminea, que se transformó en estameña; alimania (metátesis de animalia), que se transformó en alimaña, etc.

También el grupo gn dio origen a nuestra letra por el camino que supone, en primer lugar, la semivocalización de la g en yn, luego, la palatalización de la n para convertirse en ñ y, por último, la pérdida de la semivocal. Así, tenemos signo, que se transformó en seña; ligno, que se transformó en leña; impignus, que se transformó en empeños; disdignare, que se transformó en desdeñar; tan magnu, que se transformó en tanmayno y, después, en tamaño; stagnu, que se transformó en estaño; stagnare, que se transformó en restaynar y, posteriormente, en restañar. Esta transformación no se ve en las voces cultas, como pugnar (antes puñar) o signar, que da el popular enseñar (tal como insignia da enseña), etc.

El grupo ng pudo también palatizar la n después de haber sufrido metátesis en gn, como ocurrió, por ejemplo, en jungere, que dio uncir y además uñir (así, por ejemplo, en El libro de la conversión de la Magdalena, puede leerse: «Cuando, sacando el alma de sí, la arrebata y la lleva y uñe con Dios»[5]), y en frangere, que dio tangere y, después, tañer, formas que, si bien convivieron una época junto a las nz, acabaron imponiéndose como únicas. El grupo ng, a veces, aparecía seguido de una vocal y una l, como ocurrió en un(gu)la, que, tras la pérdida de la u, terminó convirtiéndose en uña.

Otro origen del sonido ñ es el grupo mn, al que pertenecen autumnu, que se transformó en otoño; domnus, que se transformó en dueño; damnu, que se transformó en daño; somnu, que se transformó en sueño; scamnu, que se transformó en escaño, etc. Las voces cultas solían conservar el grupo, pero alguna vez perdían la m, como sucede en «… las inmortales / colunas…»[6] de fray Luis.

Pero, tal como ya hemos comentado, el grupo más importante que da origen a la ñ es el de la doble n latina. A este grupo pertenece canna, que se transformó en caña; donna, que se transformó en doña; pannu, que se transformó en paño, grunniere, que se transformó en gruñir; annu, que se transformó en año; stannu que se transformó en estaño; cappanna, que se transformó en cabaña, y tantos otros más.

  1. La ñ como marca de identidad del español

 Si bien la letra ñ estuvo asociada desde siempre a la identidad lingüística de España (y, por extensión, a la de toda la comunidad hispanohablante), también es cierto que su «insularidad» le ocasionó algunos momentos de sosiego, al menos, en lo que respecta a la escritura digital.

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Es tristemente célebre un hecho ocurrido en los años 90 del siglo pasado, hecho que tuvo nada más y nada menos que a la Comunidad Económica Europea de protagonista. En esos años, este organismo propuso eliminar la ñ de los teclados que se vendían en la región para garantizar así la uniformidad de escritura de los aparatos tecnológicos.[7]

Al parecer, la Comunidad Económica Europea olvidó que el español, ya en aquel entonces, era la cuarta lengua más hablada del mundo; por consiguiente, los defensores no tardaron en llegar. Uno de ellos fue Gabriel García Márquez, quien declaró con vehemencia lo siguiente:

Es escandaloso, por decir lo menos, que la Comunidad Económica Europea se haya atrevido a proponer a España la eliminación de la letra eñe de nuestro alfabeto, y peor aún, sólo por consideraciones de comodidad comercial. Los autores de semejante abuso y de tamaña arrogancia deberían saber que la eñe no es una antigualla arqueológica, sino todo lo contrario: un salto cultural de una lengua romance que dejó atrás a las otras al expresar con una sola letra un sonido que en otras lenguas romances sigue expresándose todavía con dos letras. Por consiguiente, lo lógico no es que España tenga que renunciar a nada menos que a una de las letras de su propio nombre, sino que otras lenguas del paraíso europeo se modernicen con la adopción de la eñe.[8]

La disputa terminó el 23 de abril de 1993, cuando el Gobierno español, para certificar la salvaguardia de la letra ñ, aprobó un Real Decreto que defendía la obligación de esta letra en los teclados. El decreto apeló a lo expuesto en el Tratado de Maastricht, que aceptaba excepciones de índole cultural que fueran anteriores a la creación de la Unión Europea.

Por fortuna, el siglo XXI se viene mostrando mucho más razonable con esta peculiar consonante. En efecto, la letra ñ se ha convertido en un incuestionable símbolo de identidad lingüística. Así lo demuestra, sin ir más lejos, el Instituto Cervantes, que ha adoptado la letra en cuestión como logotipo de su marca.

[1] En otros casos, la virgulilla se ponía sobre la vocal anterior, por ejemplo, cuando se escribía mẽte por mente.

[2] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Ortografía de la lengua española, Madrid, Espasa, 2010.

[3] Miguel de Cervantes Saavedra. «Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla», en Obras completas (Vol.11), Madrid, Aguilar, 2003.

[4] Andrés Bello. Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, en Obras completas. Tomo IV. Notas de Rufino José Cuervo, Caracas, La Casa de Bello, 1995.

[5] Fray Pedro Malón de Chaide. El libro de la conversión de la Magdalena, Madrid, Aguilar, 1946.

[6] Fray Luis de León. «Oda X a Felipe Ruiz», en Poesías completas, Madrid, Espasa-Calpe (Colección Austral), 2009.

[7] Incluso, Internet llegó a marginar esta letra (junto a tildes y diéresis), al no permitir que apareciera en las direcciones de correo electrónico ni de dominios web de España hasta el 2 de octubre de 2007.

[8] Texto publicado en El País, el 14 mayo de 1991.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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