Las nueve musas
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Sacrificio o canibalismo

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Ofrenda psíquica del héroe a su dios

La palabra “ditirambo” -una de las características de Dioniso, el antiguo dios heleno de las uvas y de la embriaguez, que resucita después de su muerte- significaba para los antiguos griegos “el que tiene dos puertas” [δύο (dyo) = dos + θύρα, -ες (thyra, es) = puerta, -s], es decir, “alguien que experimenta el milagro del segundo nacimiento”.

Se sabe que los coros teatrales, llamados “ditirambos”, y los rituales místicos del culto sangriento de Dioniso, marcaron el comienzo de la tragedia en el Ática, dado que ese dios se asoció con el renacimiento de la Naturaleza, del Sol y de la Luna y con la resurrección del alma, que se celebraba cada primavera -la época del renacimiento de la Naturaleza y del Tiempo.

El Héroe, tras su descenso al Mundo de los Muertos y su regreso a la Tierra, supera los obstáculos de la vida y llega al punto de ver el resplandor de la imagen paterna, comprenderla e identificarse con ella.

En algunas sociedades de los caníbales actuales de Oceania, los jóvenes iniciados deben sobrevivir durante algún tiempo alimentándose con sangre del hueso nasal o de los genitales de los adultos de su comunidad. La circuncisión significa para ellos una especie de leve castración. Tales ofrendas de sangre de los genitales también se produjeron entre los indígenas de América Central, como los mayas. El suministro de sangre revela el arquetipo del autosacrificio que simboliza a la benéfica persona paterna.

sacrificioCentroamérica: el arrepentimiento sangriento y la caída de la “montaña-pirámide”

Los terribles ritos de sacrificio demuestran dramáticamente lo inesperado del poder político, alimentado por la guerra y el sacrificio humano, al menos en la cultura náhuatl de los aztecas de México cantal, pero también entre los mayas de Guatemala. La principal preocupación de los guerreros en las llamadas “guerras de las flores” era capturar a varios prisioneros para los sacrificios.

Cuando el príncipe Tlatoani Acolmiztli Netzahualcóyotl (1402-1472 n.e.), filósofo, guerrero, arquitecto, poeta y legislador de Texcoco -el Lago de la Luna- en México, había capturado al líder de los tecpanecas Maxtla, erigió un zócalo -es decir, una base de una pirámide / templo, que también servía de altar, sobre el cual sacrificaría a su víctima para honrar la victoria de los mexicas contra los tecpanecas, cerca de Azcapotzalco. Allí fue donde llevaron a Maxtla, habiéndole quitado primero la insignia de su poder de su atuendo real. Luego, cuatro sirvientes lo sostuvieron en el altar, y enseguida el mismo Netzahualcóyotl, usando un cuchillo de obsidiana -es decir, de la piedra volcánica, negra y brillante que es tan afilada como vidrio- le abrió el pecho, rompió con la mano algunas de sus costillas, y le sacó el corazón, rociando con la sangre de su víctima los cuatro puntos cardinales. En fin, enterraron a Maxtla con todos los honores propios de un tlatoani, es decir, un sabio rey azteca.

La sangre de los sacrificios humanos era el principal portador del poder fertilizante, que aseguraba la alternancia de la sequía y la temporada de lluvias. En consecuencia, el sacrificio se asoció con el renacimiento del poder ejecutivo, cuando la sociedad mutaba mediante su desintegración. El simbolismo de esa acción fue la unión de la tierra conquistada con la tierra de los conquistadores, hecho que provocaba la fecundación.

Los sacrificios se realizaban principalmente en la cima de los teocalli, es decir, las pirámides que simbolizaban las montañas sagradas, donde los héroes deificados se comunicaban con los mortales. Con la extracción del corazón, la víctima no moría instantáneamente, porque la sangre arterial mantiene al ser humano vivo durante unos dos minutos, mientras que el corazón continuaba palpitando por un instante; así el hombre sacrificado podía experimentar su propio sacrificio. Inmediatamente, el cuerpo era arrojado desde los escalones de la pirámide, acto que simbolizaba la caída de la diosa Coyolxauqui del monte Coatepec, como castigo por no haber permitido el nacimiento de su hijo Hutzilopoxtli (el pájaro llamado colibrí) –que es considerado el protector de los aztecas. El sacrificio humano ayudaba a mantener el equilibrio demográfico y cósmico. Además, es conocido el arrepentimiento sangriento por razones de purificación mental, al perforar la lengua o el pene con una espina de cactus “ixtle”.

ditirambosAndes: momias, mediadoras entre dos mundos

Descubrimientos accidentales, en algunos casos, y excavaciones de huaqueros (ladrones de tumbas), en otros, han sacado a la luz “santuarios en cumbres de montaña”, como los llama el profesor Sakelarakis en la Creta minoica (Grecia).

El Nevado Ámpato, en Perú, ocultó durante cinco siglos una de las ofrendas más valiosas de los incas a sus dioses: qhapajqhocha se denomina el sacrificio de una niña al dios del sol Inti, probablemente con motivo de la muerte de un líder, una inundación, una sequía, etc.

Las personas que estaban destinadas al sacrificio eran preparadas en todos los sentidos desde una edad muy temprana. Eran las llamadas “pallakuna”, las muchachas más bellas del mundo quechua, cuyo nombre significa: “vírgenes del Sol”, quienes sufrían confinamiento en “monasterios”, y se dedicaban a las bellas artes.

Juanita, “la niña triste”, la mensajera entre dioses y emperadores, fue sacrificada cuando tenía quince años de edad. Luego de un agotador ayuno, fue encaminada a pie hasta una altitud de 5.800 metros, y después de que le dieran hojas de coca para que masticara, sufrió una lesión craneocerebral con una maza de metálica, y fue enterrada en el hielo, para que transportara a los Apus –las cumbres deificadas- los deseos del Inca -es decir, el adorador del Sol, el dios que presentaba elementos comunes con la diosa Hera de los antiguos griegos, la Ix Chel de los mayas guatemaltecos y el Karaí de los guaraníes de Paraguay.

Inti Illapa, e dios del rayo, quiso ayudar a la expedición arqueológica moderna, revelando una parte del monumento funerario…

canibalismoAmazonas: transubstanciación y riesgos

Antes de finalizar este viaje mitológico, mencionaremos a Jacinto de Carvajal, el conquistador español del río Apure en Venezuela, (en la región del Orinoco) quien contaba que:

“El luto duraba de cuatro a cinco días. Cuando el cuerpo del difunto comenzaba a desintegrarse, lo enterraban en posición sentada y encendían sobre la tumba un fuego, para que este se asara. La grasa corporal y los líquidos se recogían en una olla de barro. Luego, los huesos quemados eran molidos y mezclados con el caldo de su cuerpo. Todos los miembros de la tribu tomaban de ese brebaje, en señal del sacramento de la comunión. “…

Recientes estudios entre tribus de Oceanía han demostrado que el endocanibalismo causa la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob, o “enfermedad de las vacas locas”, que provoca la degeneración neuronal.

GreciaGrecia: Ifigenia, un dilema

Con Agamenón, el primer drama de la Oresteia (458 a.C.) de Esquilo, culmina un ciclo de sufrimiento, que tiene sus raíces antes del siglo V a.n.e. en las infracciones de las leyes de la ética, que había profetizado Casandra.

Agamenón es heredero y testador. Se perpetúa, por tanto, en su alma un estado eterno que crea nuevas adversidades. Acepta sacrificar a su hija Ifigenia, dando así a Clitemnestra un arma más para la continuación del mal, y así comienza una guerra en vano, que aniquila las leyes sagradas, llamando la atención del juicio divino. Sin embargo, la diosa Artemisa se apiada de Ifigenia, la arrebata del altar de sacrificio y la reemplaza con un ciervo. Luego se la lleva a Táurica, donde la convierte en su sacerdotisa. Esta es la versión más conocida del mito.

Sacrificio o canibalismo, religión o guerra, estas actitudes inhumanas se han disfrazado en la trayectoria histórica como “símbolos culturales”, para ocultar –detrás de sus máscaras teatrales y totémicas- la base insensata de la civilización -este bien de la Humanidad tan bellamente decorado, en cuyas venas fluye el dolor: la agresividad demente de los individuos y las naciones guiadas por sus líderes políticos o religiosos ‘llamados falsamente “héroes”.

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Ilias Tampourakis

Ilias Tampourakis

Nació en Atenas (Grecia) y creció en el seno de una familia griega con raíces internacionales.

Ha enseñado español y portugués en la Facultad de Idiomas de la Universidad Nacional I. Kapodistrias de Atenas y en los seminarios culturales de la Unesco en Grecia.

Traductor en el Cuerpo Diplomático de América Latina en Atenas y escritor de artículos y libros con temas culturales.

Representa al comité de arte de la Alianza Sociocultural Latinoamericana y Española en Grecia y era durante varios años columnista del boletín social africano en Atenas.

Ha dedicado un largo período al estudio de las civilizaciones de Asia, la filosofía y la naturaleza de este continente.

Además, ha estudiado el análisis morfosintáctico de 12 idiomas, investigando la mentalidad cultural que ellos revelan.

Certificado de los seminarios de paleografía española y oriental de las Universidades de Harvard (EE.UU.) y Complutense (Madrid); depositó (el año 2014, en colaboración con la Universidad de Colorado, EE.UU) su obra pertinente en los archivos estatales de Plasencia (España).

Ha estado viajando durante 30 años por 76 países del mundo, fotografiando y coleccionando piezas musicales y otras curiosidades

Ha vivido trabajando con su familia en Costa Rica (América Latina).

Considera que el conocimiento es substancial solo cuando se combina con la experiencia, y se niega a conformarse con cualquier tipo de opresión.

Cree que el hibridismo cultural proyecta varios elementos interesantes pero que, a la vez, corre en sus venas el dolor.

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