Montblanc en sombra y piedra, de Rosa Lentini, es la historia de un sueño y de su despertar. Es la aventura de un viaje a la vez analítico y a tientas. Es la crónica de una pérdida. Es el canto de un tiempo hecho carne. Es una despedida tan alargada como la sombra del ciprés. Es un rastreo histórico -tan minucioso como los de Yuval Noha Harari o Irene Vallejo- visto y escrito como sólo una gran poeta puede verlo y escribirlo.

Su índice es un inventario psicofísico (el olor, el sonido, el viento, los sueños, la flora, la fauna, los oficios…) que nos conduce por las afueras del espíritu y por dentro de la memoria, acariciando las piedras y también las sombras. En ese recorrido, atravesamos capas que nos presentan la ciudad real como un sujeto de estudio y la ciudad íntima como el producto de un sueño. Asistimos a un paseo erudito por su historia, repasando las crónicas de sus prohombres, sus visionarios, sus fundadores.
Visitamos épocas -el románico, el medievo-, analizando la piedra, desde la calcita arcaica hasta la piedra hecha estatua, muralla, monasterio, cementerio. Hay una galería de personajes (la maestra, el clérigo, el herrero, el panadero, el alcalde). Todos despiertan cada día con “el primer gallo de la madrugada” y elevan su canto coral. Por los cielos sobrevuelan urracas, vencejos, halcones, lechuzas, el gavilán. Cantan los grillos y las cigarras. El jabalí olfatea la trufa. Salta la rana. “Tiemblan los chopos, tintinean los abedules, los arces ululan”. Huele a vinagre y a espliego, a col y a carne asada.
Pero hay otra ciudad “para quien quisiera mirarla de forma diferente”. Es un lugar imaginario como el Llareggub de Dylan Thomas, ingrávido en el tiempo, inmóvil entre las montañas que son “gigantes dormidos” y “el gran reptil enroscado” que son sus murallas. Esa ciudad se nos revela ante los ojos del alma, un poco más tarde, cuando la poesía nos sume en un no-lugar que adquiere el onirismo de lo interiorizado. Entonces recordamos la nota que abre el libro: “Todo paisaje es una futura pérdida”, y nos dejamos guiar por un mapa de olores a través de una ciudad detenida en su imagen sepia, a la que van reanimando y vivificando su propia resonancia, el viento que mueve la luz, la ilusión de vivir despiertos, el reflejar de los trocitos de espejo roto que son las palabras (anhelo, orgullo, indiferencia, quietud, resistencia…). Hasta llegar al mapa de los muertos.
Como consta en su contraportada, este libro es un acto “de apropiación” y luego “desprendimiento” tras treinta años residiendo en la ciudad de Montblanc. Este libro es el trabajo de quien necesita alcanzar un alto conocimiento para construir con solidez su conciencia. Este libro marca un paralelismo entre la psique humana y la polis. Este libro traza con una mano la línea de la historia y con la otra dibuja los pájaros del mito. Su autora ha tardado diez años en alambicarlo. Y es que, cuando el tiempo de escritura es inversamente proporcional a la cantidad de folios; entonces, y sólo entonces, el tiempo de escritura es oro. Así, sus páginas denotan haber amado y anhelado a lo largo de ese tiempo (junto a su esposo Ricardo Cano Gaviria, a quien van dirigidas sus palabras), de un modo consciente y analítico, a la vez sincero y delicado, en un estado de vigilia varios grados por encima de la existencia soñolienta a la que estamos habituados. Una escritura de calidad acerada, inmersa en el lirismo de un paisaje de piedra, brezos, viento y heladas. El testimonio de una fracción del tiempo en el que todos flotamos y, a la vez, al que nos aferramos.
Quiero terminar citando unas frases que cierran el libro y rubrican su alto calibre ético y poético.
“…Quien despierta sabe que el ojo nunca es inocente.
Y porque la memoria siempre intercede
mira otra vez ese río, mira esas calles, esa luz…”

















Añadir comentario