Las nueve musas
Castillo de Rueda de Jalón
Castillo de Rueda de Jalón

Zafadola: un andalusí muy hispano

Corría el siglo XII en al-Ándalus y apenas dos o tres décadas desde la irrupción de los almorávides en la península ibérica cuando ya el aborrecimiento de los andalusíes hacia ellos se hacía irrefrenable.

taifas y almorávidesJamás habían sido bien vistos, tan rigurosos en su fe, tan extremados e implacables, nuevos creyentes que pretendían enseñar el Islam a los hispanos islamizados desde hacia cuatro siglos, pero que en apenas dos décadas ya habían incurrido en los mismos vicios que dijeron venir a corregir: ya cobraban impuestos ilegales sin sonrojo, fomentaban la misma desunión que antes tanto reprocharon a los reyes taifas andalusíes y cometían delitos de corrupción capaces de abochornar al más corrupto de estos.

Las rebeliones contra su gobierno proliferaron desde sus inicios. Ya en 1119 d. C., la venida a la península del emir almorávide `Alí, que traía las miras de recuperar Coímbra, hubo de emplearse en realidad en aplacar a los cordobeses, que se habían alzado contra las tropelías de su walĩ [1] en Córdoba. Tras escuchar el veredicto de los alfaquíes, de cuyo criterio se fiaba, `Alí sentenció a favor de la ciudadanía andalusí, destituyó al gobernador y se apaciguó Córdoba. Los dos años que estuvo el emir en al-Ándalus se le fueron en apagar fuegos como aquel.

Sobre esa desafección de los andalusíes hacia los almorávides, nos da una idea Mª Jesús Viguera Molins en Taifas, almorávides y almohades: “Desde el principio, la administración almorávide recaía en secretarios andalusíes, cuya cultura fue especialmente estimada por el emir `Alí, y uno de ellos, Abũ Marwãn ben Abi Jişãl, manifiesta en una de sus epístolas, contra el ejército almorávide de Levante derrotado por Alfonso I el Batallador, el sentimiento antialmorávide que empezó a cundir entre los andalusíes: “¡Hijos de madre vil, huís como asnos salvajes… ha llegado el momento en que os vamos a dar largo castigo, en que ningún velo seguirá tapándoos la cara, en que os echaremos a vuestro Sahara y en que lavaremos al-Andalus de vuestras secreciones!”. Texto terrible de un subordinado a los dueños del imperio, de alguien que se sentía andalusí superior ante magrebíes menos pulidos, indignado por las prerrogativas y diferencias (como velarse la cara) que los almorávides mantenían en al-Andalus, y por una ineficacia militar que cargaba sobre tributos andalusíes”. (Historia de España, de El PAÍS, vol. 8 Los reinos medievales, cap. X).

 

Y en este contexto surge la figura de Zafadola. Abũ Ŷafar Ahmad Sayf al-Dawla ibn Hud era hijo de Abd al-Malik ibn Hud, último rey taifa de Zaragoza, y nieto de al-Musta`ín II ibn Hud.

Eran los Beni Hud de origen árabe yemení, asentados en la península desde la gran invasión del siglo VIII, pero también ya con claros ascendientes andalusíes. Del cognombre que tomó para sí, Sayf al-Dawla (Espada del Estado), deriva el sobrenombre latinizado con que se le conoció: Zafadola.

ZafadolaSu abuelo, al-Musta`ín II, había muerto en 1110 en la batalla de Valtierra contra el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador; aquella derrota de las fuerzas de Saraqũsta[2] facilitó la entrada de los almorávides en la ciudad y el derrocamiento de la dinastía de los hudíes. El padre de Zafadola, Abd al-Malik Imad al-Dawla (Pilar del Estado), heredero del difunto rey, hubo de refugiarse entonces en sus posesiones de Rueda de Jalón, en cuya fortaleza mantuvo una apariencia de Corte, sin poder, pero reteniendo todo el prestigio que gestaron sus antecesores. Pudo permanecer allí con la autorización interesada de Alfonso I el Batallador, y combatió como su aliado contra los almorávides. Con el título de rey permaneció en Rueda hasta su muerte en 1130 d.C. Pero los invasores africanos solo lograron retener la Saraqũsta andalusí durante ocho años, ya que en 1118 era conquistada por el rey Batallador y pasaba bajo dominio del reino de Aragón.

Zafadola sucedió entonces a su padre, intitulándose, como rey de aquella Corte venida a menos, bajo el laqab de al-Mustansir Billãh (“el que se ampara en Dios”) Sayf al-Dawla.

El joven príncipe odiaba con encono a los almorávides por haber depuesto a la dinastía de los Beni Hud, su familia, para instalarse ellos y, sin embargo, no haber mejorado en nada la situación política y militar frente a los cristianos, y tener que ver por causa suya el menoscabo de la cultura, la ciencia y la vida de los moradores de su taifa.

Zafadola veía degenerar a pasos agigantados a quienes desposeyeron a los suyos, iniciando la fase de una 2ª taifa que solo conseguía ser un patético remedo de lo que había sido la taifa hudí, sin su riqueza, sin su prestigio, su esplendor y su grandeza. El walĩ almorávide en Zaragoza, Abũ Bakr, suscitaba las mofas de todos cuando se lucía con corona dorada y manto real en las fiestas del Alcázar de la Aljafería en la capital.

Alfonso I de Aragón el Batallador
Alfonso I de Aragón el Batallador

Muerto Abd al-Malik en 1130, le sucedió en sus dominios de Rueda de Jalón su hijo Zafadola. La crónica de ibn al-Qardabus menciona a Rueda con el nombre de Hisn Rũta —en otras Crónicas Arábigas como Rot-al Ŷehud—, y añade que su fortaleza era inaccesible y elevada, muy fortificada y bien pertrechada desde tiempos de al-Musta`in II, quien excavó pasadizos subterráneos que, por medio de sus cuatrocientos escalones, la comunicaban con el río, por lo que “nunca le fueron interceptadas la bebida ni la senda en caso de asedio. Él (Abd al-Malik) permaneció en ella años, inabordable para los politeístas (los cristianos) hasta que murió, Dios tenga misericordia de él” (Kitab al-Iktifa´, de ben al-Qardabus).[3] Pero, en verdad, los reyes cristianos siempre respetaron el feudo de los hudíes.

En los primeros momentos de este peculiar reinado de Zafadola, no contaba con otro aliado que el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador, quien por intereses de intermediación con los mudéjares le proporcionaba manutención en determinados momentos, como antes hiciera con su padre. Pero las relaciones entre ambos nunca fueron buenas, por lo que Zafadola creyó conveniente agenciarse un nuevo protector; y nadie mejor que Alfonso VII de Castilla y León.

Dirigiose, pues, a Toledo en el año 1131 y se presentó ante el monarca cristiano, que, fraguando como estaba por entonces su idea imperial, lo recibió con enorme agasajo, ya que “la llegada de un monarca musulmán subrayaba el título imperial de los reyes de León para toda Hispania” (García-Osuna Rodríguez, J.M.).[4] Aseguran las fuentes que ambos se entendieron muy bien, entre otras cosas porque a Zafadola le adornaba “un toque de aventurerismo más que atractivo”.

Alfonso VII de Castilla y León
Alfonso VII de Castilla y León

El rey hudí confesó al monarca leonés que su mayor afán consistía en llegar a ser el emir de todos los andalusíes y convertirse en el guardián de las fronteras frente a los almorávides. Que lo que afirmaba era cierto lo probaba el hecho de que ya incluso había acuñado moneda con todos sus nombres y títulos, y aquel “al-Mustansir Billãh” era buena muestra del nivel de sus aspiraciones. Como estas convinieran también al cristiano, sellaron su alianza, y el hudí se trocó así en uno más de los muchos nobles peninsulares que rindieron vasallaje al rey de León.

Aquel mismo año (o en 1132 según algunas fuentes), Alfonso VII le ofreció castillos, ciudades y otras posesiones en Toledo y en la Extremadura leonesa a cambio de la plaza fuerte de Rueda de Jalón y sus términos.

A Zafadola le convino asentarse en el centro peninsular a fin de controlar mejor todos sus objetivos en al-Ándalus. Pero ¿qué interés podía guiar al rey de León a poseer dominios cerca de Zaragoza? ¿Qué planes acariciaba, teniendo en cuenta que el rey Alfonso I de Aragón contaba ya una edad, era su padrastro y no tenía descendencia?[5]

Rueda de JalónPero Zafadola no mentía, se sentía legitimado para tratar de unir a los andalusíes contra los aborrecidos almorávides. Tenía claro que aquellos invasores no irrumpieron en la península en defensa de al-Ándalus, sino del Islam, y de un Islam según se entendía y se vivía en África, un Islam excluyente y fanático, muy lejos de la fe tolerante que había presidido la vida andalusí desde hacía más de cuatro siglos, que había hecho del estado hispanomusulmán lo que fue, un país social y culturalmente avanzado, con potencial de influir a través de su cultura y su ciencia en el resto del mundo.

Zafadola asumió la postura de quien defiende que no todo se reduce a religión en la vida de un ser humano; su actitud siempre dejó clara su pertenencia al pueblo hispano, que vive su fe y su nacionalidad sin que ninguna de ellas excluya a la otra, ni la elección de una tenga que suponer la renuncia a la otra.

La postura de Zafadola es la contraria a la de al-Mutamid, rey de Sevilla en las primeras taifas. Él jamás suscribiría la famosa frase del rey sevillano: “Antes prefiero ser camellero en África que porquero en Castilla”. La frase de Zafadola hubiera sido: “Antes prefiero ser porquero en Castilla que camellero en África y, además, sin renunciar a mi fe islámica”.

En 1133 ambos reyes, musulmán y cristiano, llevaron a cabo su primera campaña en alianza. Confluyeron en Zafra y, tras varias algaras por aquellas comarcas, se dirigieron juntos hacia Guadalajara, donde el rey leonés otorgó Fuero a sus ciudadanos y en la redacción del texto presenta a su aliado diciendo: “…es Zafadola el rey de los moros “antelucinos” (por andalusíes) y ha puesto a todo el Islam hispano bajo el imperium y la auctoritas del rey de León”. En mayo partieron con las huestes de ambos rumbo a Jaén, pasaron por Santa Elena, corrieron las tierras de la Cambania de Córdoba, las márgenes del Guadalquivir, hasta Carmona, Sevilla, Jerez y alcanzaron la costa de Cádiz. Y por donde fueron pasando, gracias a la intermediación de Zafadola forjaron alianzas con cuantos nobles y caudillos andalusíes se fueron topando.

En aquella expedición, Alfonso VII desplegó sus maneras más diplomáticas, su trato más cordial con todos los andalusíes que les salieron al paso y únicamente se enfrentó a los almorávides. Finalmente, el rey cristiano regresó a sus reinos por Talavera, mientras que el rey hudí, prosiguió sus tratos por al-Ándalus, aglutinando apoyos y alentando a los andalusíes a alzarse contra los odiados invasores. Surgen movimientos dispersos de emancipación y rebeldía en áreas del Algarve, que en menos de una década llegarían a constituir las “segundas taifas” hispanomusulmanas. Él, personalmente, acaudillaría los alzamientos del centro, sur y levante.

Alfonso VII y Zafadola, unidos, realizaron numerosas algaras contra los almorávides en los años que siguieron, según narra la “Chronica Adefonsi Imperatoris”, donde se refieren al aliado musulmán como “Rex Zafadola sarracenorum”.

En septiembre de 1134, a consecuencia de las fatigas padecidas en la batalla de Fraga, moría sin descendencia Alfonso I el Batallador, dejando un testamento que no fue bien aceptado por nadie: legaba sus reinos de Aragón y Pamplona a las Órdenes Militares del Temple y del Hospital. Mientras los Maestres de la Órdenes favorecidas consideraban inasumible la responsabilidad que aquel legado conllevaba —en contra de la opinión de la Santa Sede—, pueblo y nobleza impugnaban el inaudito testamento y, entre unos y otros, lograron que no prosperara. Solo quedaba un miembro vivo de la dinastía de Aragón, Ramiro, hermano del fallecido rey Alfonso, pero era un religioso —varias veces Obispo—, vivía recluido en un monasterio y sometido al juramento de sus votos. No obstante esta era la mejor opción porque, de paso, se trataba de impedir que el heredero de Pamplona absorbiese también el reino de Aragón. Ramiro, pese a su sincera vocación religiosa, deseoso de procurar soluciones y de que la dinastía de sus mayores no se extinguiera, accedió al ruego de los nobles, determinó exclaustrarse y solicitó dispensa al Papa.

Pero Alfonso VII de Castilla y León también tenía razones para aspirar a la posesión de la antigua taifa de Zaragoza, además de reclamar todas las plazas que eran de Castilla a la muerte de su abuelo Alfonso VI, que el Batallador había hecho cambiar de dueño y por lo que en más de una ocasión, en el pasado, hijastro y padrastro estuvieron a punto de embrazar las armas uno contra el otro.

Ramiro II el Monje
Ramiro II el Monje

El rey castellanoleonés alegaba que la conquista de Zaragoza por Alfonso I no la llevó a cabo como rey de Aragón, sino como consorte de Castilla porque Zaragoza dependía de las parias castellanas. De tal modo así lo entendía también Zafadola que, en su día, había hecho cesión de sus derechos dinásticos a favor de Alfonso VII. Y así lo entendió también el conde de Urgel, Armengol VI, a quien Ramiro II había otorgado el gobierno de la capital, y que en cuanto vio a las huestes castellanas ante los muros de la ciudad, presto, negoció su entrega a Alfonso VII.

Alfonso de León y Castilla entró en Zaragoza el 26 de diciembre de 1134 con la complacencia de la ciudadanía y el apoyo de buena parte de la nobleza. El dos de junio de 1135, en San Isidoro de León, era coronado emperador, intitulándose Imperator Hispaniarum, y entre los presentes, la más alta nobleza de Aragón le otorgaba su reconocimiento: el conde de Barcelona Berenguer IV, Armengol VI de Urgel (a quien había concedido la tenencia de Zaragoza), los condes de Toulouse, de Montpellier, de Pallars, y no podía faltar Zafadola, bajo cuyo mandato había dejado antes a los zaragozanos musulmanes y demás mudéjares de Aragón.

Entretanto, Ramiro, que habíase exclaustrado y que había sido jurado como rey de Aragón —Ramiro II el Monje—, desposaba poco después a Inés de Poitiers, a principios de 1136; este matrimonio muy pronto fue fecundo y nació una heredera legítima del reino, Petronila. Sin embargo, el Papa negó la dispensa que Ramiro solicitara y este hubo de volver al monasterio, no sin antes ceder la defensa de la ciudad de Zaragoza y del reino de Aragón y sus fronteras a Alfonso VII, el único al que consideró con fuerzas, medios y el temple necesarios para contener a los almorávides. El nacimiento de Petronila trajo consigo el entendimiento entre Ramiro y Alfonso, quienes acordaron que un futuro matrimonio de la princesa recién nacida devolvería Zaragoza para Aragón. En 1137, casaban a la infanta de un año de edad con Berenguer IV de Barcelona, que contaba 24; hasta el año 1158 no nacería su primer hijo.

Alfonso VII el Emperador tornó a centrarse en el gobierno de Castilla, León y en la guerra contra el invasor almorávide. El rey castellanoleonés había visto en Zafadola la pieza clave para la política que anhelaba llevar a cabo respecto a al-Ándalus: generar una unidad andalusí suficiente como para lograr erosionar el poder almorávide en la península. Conociendo la profunda crisis por la que atravesaban los invasores en África y el amplio rechazo que cosechaban entre los andalusíes, gestó la idea de aglutinar a todos los descontentos en torno a Zafadola y, de ese modo, el Emperador ejercería, aunque indirectamente, un cierto control sobre al-Ándalus. En los documentos del Fuero de Guadalajara y de su coronación en León ya dejó claro el papel que quería que Zafadola desempeñara; y cuando comenzó a dar alientos al rey hudí y a sugerirle los pasos que debía dar, le había dicho: “…todos los andalusíes los aborrecen (a los almorávides), y su deseo es que su rey, que está postrado, se manifieste. Y si ellos pusiesen mano sobre ti, no quedaría un solo hombre en su asamblea, pues a los andalusíes no les ha quedado de los descendientes de sus reyes ni uno, excepto tú” (ibn al-Qardabus).

Bien cierto era esto y, en cuanto su aliado musulmán comenzó las algaras por al-Ándalus, fue visto por todos como el noble andalusí de mayor prestigio y el único con legitimidad dinástica. Numerosas fueron las campañas que Zafadola realizó por tierras de las viejas taifas durante la década de 1135 a 1145, algunas de ellas en unión del Emperador —las de 1133, 1135, 1139, 1145…—. Ambos, Alfonso y Zafadola, cumplieron con fidelidad el compromiso que habían contraído.

Los almorávides habían ido desguarneciendo la península de buena parte de sus fuerzas militares desde algún tiempo atrás, por la necesidad de contener el avance de los almohades en África; esto, que ya empezó a notarse al final del reinado de `Alí ibn Yũsuf, se aceleró y agravó en el de su hijo Tašufĩn. Los andalusíes vieron la ocasión de poder liberarse de su yugo y decidieron aprovecharla; el que Zafadola encabezase aquel movimiento de liberación se convertía en todo un símbolo.

El Rey Alfonso VII "El Emperador" de León
  • Dr. José María Manuel García-Osuna y Rodríguez (Author)

Las expediciones que Alfonso VII realizó por el Bajo Alentejo, por Silves y otras áreas del Algarve, por Oreja y Calatrava (en 1137), por la ribera derecha del Guadalquivir, y por Jaén, Andújar, Baeza y Úbeda, las llevaba siempre a cabo con su aliado hudí y sus huestes. Los andalusíes, al ver a los almorávides tratados con tanto rigor, …enviaban secretamente mensajeros al Rey Zafadola diciéndole: “Habla con el rey de los cristianos y con él líbranos de las manos de los Moabitas (los almorávides); nosotros pagaremos al rey de León tributos reales mayores que los que nuestros padres dieron a los suyos, y, seguros contigo, le serviremos, y tú y tus hijos reinaréis sobre nosotros” (Chrónica Adefonsi Imperatoris). Por su parte, él enviaba mensajes a los andalusíes, en los que les daba orientaciones y les decía que solo ellos mismos podían liberarse de la opresión almorávide, tomándoles plazas estratégicas, fortalezas y ciudades, para así minar la red defensiva que tenían organizada.

Sin embargo, no todos los andalusíes le rindieron fidelidad por temor a caer bajo dominio cristiano. Como dice F. García Fitz: “No todos los sectores musulmanes, ni siquiera los que no tenían reparos en aceptar a Zafadola como rey o aquellos otros que con más decisión se levantaron contra los almorávides, estaban dispuestos a aceptar el dominio cristiano”.[6]

En 1139, Alfonso VII arrebató Oreja[7] a los almorávides, y Coria en 1142; en 1143 los derrotaba en Montiel. En las Vistas de Zamora de 1143, tras recibirse noticias de la muerte de `Alí ibn Yũsuf, Zafadola fue tratado por los cristianos con los honores debidos a un emir. Este fue el año de mayor actividad, en que se sucedieron el mayor número de campañas y las más eficaces. También por entonces se extiende por el Algarve un movimiento andalusí de carácter sufí, basado en teorías zahiríes, que fue encabezado por Ahmed ibn Husayn ibn Qasim, también conocido como Abũ-l-Qasim, y a quien los cristianos llamaron Abencasi. Este movimiento andalusí fue acérrimo enemigo de los almorávides y se opuso, así mismo, a Zafadola por su alianza con cristianos. Esta facción, en 1144, se extendió por Mértola, Saltés, Silves, Faro, Beja, Mérida, Huelva y Niebla, llegando hasta el alfoz de Sevilla tras adueñarse de Tablada. Se hallaban ya a las puertas de Trayana (Triana), cuando se llegó desde Córdoba el walĩ almorávide ibn Ganiyya, que forzó su retroceso y los sitió en Silves.

Aprovechando que ibn Ganiyya había salido de Córdoba, su alcaide ibn Hamdain, el Abenhandím de las crónicas cristianas, llamó a Zafadola y le abrió las puertas de la ciudad; el rey hudí fue aclamado por la población a su llegada y Abenhamdín le cedió el cargo. Pero, tras varios días desempeñándolo, facciones proclives a los almorávides se le opusieron, pidieron auxilio a Farax de Calatrava y, aunque Zafadola lo venció y mató, no quiso volver al interior de la ciudad por no alterar más los ánimos y asentó por algún tiempo su cuartel general en Hornachuelos.

Las sublevaciones contra los invasores africanos se seguían sucediendo; tras la de Valencia —que expulsó de la ciudad a su gobernador, sobrino de ibn Ganiyya, que se acogió a Šãtiba—, siguieron las de Murcia, Almería, Alicante, Málaga y otras ciudades, y en todas ellas aclamaban al rey hudí. En 1145, nombraron a Abdallãh ibn Sa`d ibn Mardaniš gobernador de Valencia, mientras Zafadola, tras abandonar Hornachuelos, se dirigía a Jaén, y desde allí a Granada.

Al llegar a esta ciudad, salió a recibirle el qadĩ de la ciudad, ibn Adha, “a pie para más honrarle”; el recibimiento fue apoteósico. Pero cuando trajeron agua para Zafadola y su hijo, un cortesano entre los presentes les pidió que no la bebieran, pues sospechaba que pudiera estar envenenada; ibn Adha, avergonzado, quiso demostrar que nada sabía, cogiendo la copa y bebiéndola él. Aquella noche murió el qadĩ de Granada porque, en efecto, el agua había sido emponzoñada por algún leal a los almorávides (Crónicas Arábigas, trad. de José Antonio Conde).

Alarmado, no quiso instalarse en el interior de la ciudad, aunque era mucho el contento que todos le mostraban, y asentó su campamento en las huertas de la vega. Desde allí atacó la Alhambra, donde se había atrincherado la guarnición almorávide de la ciudad; en uno de aquellos ataques resultó muerto el hijo de Zafadola, Imãd al-Dawla, cayendo en poder de los almorávides, que enviaron el cadáver alcanforado a su padre. El rey hudí tomó luego la Alhambra, donde se acomodó y desde donde continuó acosando a los almorávides, confinados en el único enclave granadino que les quedaba, la alcazaba del Albaicín.

Desde Granada, regresó a Jaén, pero, ya en enero de 1146, mientras luchaba por tierras de Úbeda y Baeza, como recibiera cartas de que Murcia le declaraba su obediencia, hacia allá se dirigió, siendo recibido por su walĩ,  ibn Tãhir, y el qadĩ de Murcia, Abũ Ŷa`far, con quienes le unía gran amistad; requerido también por los valencianos, hacia allí partió pasando antes por Denia, donde también fue jurado como emir, y, a su llegada a Valencia, fue recibido con gran fiesta y proclamado por ibn `Iyãd y por Abdallãh ibn Mardaniš.[8]

Pese a haber conseguido tantos apoyos, no pudo evitar que en al-Ándalus proliferasen las parcialidades, empezando por los que, aunque lo aclamaban, sentían recelos por su alianza con el rey cristiano, sin olvidar, lógicamente, los secuaces de los almorávides, y siguiendo por los andalusíes más nacionalistas, que abominaban de unos y otros y solo querían establecer reinos independientes, al estilo de las primeras taifas, como estaba ocurriendo ya en Badajoz y en otros diferentes puntos. Algunos sectores, ante tanta inestabilidad y desconcierto, comenzaban a clamar pidiendo la venida de los almohades, aquellos nuevos fanáticos que ya triunfaban en África.

Zafadola llegó a estudiar, junto con el qadĩ de Murcia ibn Ŷa`far, la conveniencia de apartarse de Alfonso VII el Emperador y romper su alianza. “El plan que ambos elaboraron consistió en despegarse de la alianza de Alfonso VII, dejar unas pocas guarniciones para cubrir las fronteras de Valencia y Málaga, y lanzar la ofensiva sobre Sevilla, dando a los almorávides el golpe definitivo. Quien venciese a ibn Ganiyya podía estar seguro de ser obedecido en todo Al-Andalus. Este plan estaba lleno de riesgos…” (V.A. Álvarez Palenzuela y L. Suárez Fernández).[9]

Por otra parte, hay fuentes que incluso sugieren que, ante situación tan caótica, el rey de Castilla y León contempló la posibilidad de propiciar su alianza con el walĩ almorávide ibn Ganiyya para, unidas sus fuerzas, tratar de impedir la llegada de las temidas tropas almohades.

Espacio disponible

En los inicios de 1146 d.C., “en al-Andalus la situación era confusa y variaba constantemente, se hacía complicado distinguir entre amigos y enemigos en una frontera inestable, fluctuante y peligrosa” (Diego Melo Carrasco y Ángel G. Gordo Molina).[10]

Finalizaba enero de 1146 cuando Zafadola corría con su ejército las tierras limítrofes entre Jaén y Albacete, enfrentado a parciales de los almorávides en distintos puntos de la comarca; pero la situación debió de agravarse y pidió ayuda a Alfonso VII,[11] quien le envió sus huestes al mando de los condes Ponce de Cabrera, Armengol de Urgel, Manrique de Lara y Martín Fernández. La primera batalla había resultado un triunfo contra el enemigo común almorávide, pero ya en las cercanías de Chinchilla de Montearagón, en un lugar que las Crónicas Arábigas llaman Luŷŷ, y otras fuentes, Alloc,[12] surgió un conflicto entre los aliados cristianos y Zafadola y los suyos; aunque los condes se hallaban a las órdenes del rey hudí por voluntad del Emperador, se negaron a entregarle los prisioneros y el botín obtenido.

Existen distintas versiones de estos hechos; según García-Osuna en su “Alfonso VII el Emperador”, el conflicto se volvió tan agrio que los caballeros-pardos o villanos de León y Castilla, que acompañaban a los condes, apresaron y asesinaron a Zafadola en dicha batalla el día 5 de febrero de 1146 d.C.

Al parecer, estos caballeros-pardos eran soldados de frontera, que no hacían distinciones entre musulmanes andalusíes, árabes, beréberes o almorávides. Algunos de los condes pueden ser exculpados, como Ponce de Cabrera y Manrique de Lara, que está documentado que el día 29 de enero de 1146 ya estaban de regreso en Carrión de los Condes. Pero Armengol de Urgel, que no regresó a la corte leonesa hasta el mes de agosto siguiente, sí que probablemente seguía al mando de los que asesinaron a Zafadola.

La muerte del amigo andalusí causó sincero dolor a Alfonso VII el Emperador, ya que la colaboración de Zafadola había sido inestimable para lograr los levantamientos andalusíes y causar la caída definitiva de los almorávides. En la misma batalla de Chinchilla, murió el walĩ de Valencia Abdallãh ibn Mardaniš,[13] siendo sustituido en el cargo por su sobrino Muhammad ibn Mardaniš (el futuro Rey Lobo), que dejó su plaza en Murcia para pasar a Valencia.

Existe también un texto en la Real Academia de la Historia en Madrid, que nos ofrece su versión del lance en que resultó muerto Zafadola. El documento se titula: “Noticia de la muerte del rey moro de Córdoba, Zafadola, en la batalla con los Fitas y Pardos”, colección Salazar y Castro, 1854, y dice así: “Sabido por el emperador mandó al Conde D. Manrrique de Armengol, y al Conde D. Ponce y a Martín Fernandez, valeroso alcaide de Hita, que con gentes de armas viniesen luego en favor de Zafadola, y ficieren cruel guerra. Ordenaron los condes el viaje y juntando un buen ejército entraron por Andalucía destruiendo cuanto era de la parcialidad de Abenfandi, en que hicieron tanto daño que los moros viéndose consumir llamaron a Zafadola ofreciéndole el Reyno, el quel vino (…) Zafadola restituido al Reyno, se hizo presto enemigo de los condes, y pelearon con él y fue muerto en la batalla por unos soldados que llamaban Pardos…” ( Real Academia de la Historia.- Signatura 9/125, fº 36).

Y existe una última versión de estos sucesos, y, quizá, la más plausible: como el walĩ de los almorávides ibn Ganiyya reaccionara con determinación y violencia, recuperando Córdoba y obligando a Zafadola a evacuar Granada, todos los apoyos andalusíes de este, desalentados, no veían otra esperanza para poder expulsar a los almorávides que llamar en su auxilio a los almohades; pero Alfonso VII veía como indeseable una entrada de nuevas fuerzas africanas, en ese momento pletóricas, y planeó ganarse a ibn Ganiyya para enfrentar juntos al enemigo común. Proyectó, además, una campaña que entraría por la Mancha, a la que ya el año antes habíale arrebatado la plaza fuerte de Calatrava, y alcanzaría hasta la costa mediterránea, dividiendo en dos el territorio andalusí. Como, en efecto, el ejército cristiano avanzara ya hacia Alicante, Zafadola, ante la sospecha de que Alfonso procuraba alianza con ibn Ganiyya, decidió probar a sus aliados andalusíes que él no era una marioneta del Emperador, sino el caudillo que al-Ándalus necesitaba en defensa de su unidad e independencia; les salió al encuentro para frenar su avance, y entre Chinchilla y Albacete se encontraron.

Lo cierto es que murió a manos de cristianos el 20 de Šabãn de 540 de la Hégira, 5 de febrero de 1146 d.C., y con su muerte se frustró lo que ya se veía como muy posible: que aglutinara bajo su mando a todos los “segundos reinos de taifas”, uniendo así a buena parte de al-Ándalus. Pero también los sueños de Alfonso VII se vieron frustrados, aquellos sueños de llegar a injerirse en el gobierno de al-Ándalus por medio de un rey musulmán feudatario suyo. Ese anhelo ya no estaba a su alcance; la llegada de los almohades lo impidió.

Zafadola murió musulmán y defendiendo la hispanidad andalusí frente a los invasores extranjeros. Dejó clara su creencia de que al-Ándalus no solo era destruido por los cristianos, también por los invasores musulmanes foráneos. Si los reinos cristianos iban mermándolo físicamente al arrebatarles tierras y, económicamente, al gravarlos con tributos, los fanáticos almorávides (y luego los almohades) lo destruyeron en lo más primordial, en sus valores, suprimiendo la tolerancia hacia judíos y mozárabes, minando la esencia de su cultura —su poesía, su música, su ciencia… a las que tildaban de frivolidades—, alegando que tanta cultura y tanta ciencia los volvía tibios. Este trato por parte de los presuntos salvadores africanos generó división entre estos y los andalusíes, y esa división propició el avance cristiano, como se demostró después, por ejemplo, en la batalla de las Navas de Tolosa y en la conquista de Mallorca.

Zafadola, un andalusí muy consciente de su pertenencia al pueblo hispano.

Chronica Adefonsi Imperatoris, Toledo s. XII.- Ed. A. Maya Sánchez, en E. Falqué, J. Gil y A Maya, eds.

Decadencia y desaparición de los almorávides en España, de F. Codera.- Tip. Comas Hermanos.- Zaragoza 1899 (reedic. Mª Jesús Viguera Molins.- Urgoiti Ed. Pamplona, 2004).

El rey Alfonso VII “El Emperador” de León, de José María Osuna Rodríguez.- Anuario brigantino (35): 99-160.

El Zafadola de las Crónicas cristianas. Alfonso VII y Rex Zafadola Sarracenorum, de Diego Melo Carrasco y Ángel Gordo Medina. Cuadernos de Historia 46. Universid. de Chile, 2017.

Historia de España, vol. VIII-2, de Menéndez Pidal.- Edic. Espasa Calpe, Madrid, 1997.

Historia de España El PAÍS (dirigida por John Lynch), tomo 8: Los reinos medievales, cap.X Taifas, almorávides y almohades, Mª Jesús Viguera Molins.- Edic. EL PAÍS, 2007.

Historia de España, tomo 5: La España musulmana y los inicios de los reinos cristianos (711-1157), de V.A. Álvarez Palenzuela y Luis Suárez Fernández.- Ed. Gredos, Madrid, 1991.

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Zafadola (Sayf al-Dawla), de Mª Jesús Viguera Molins.- Edic. Real Academia de la Historia DB-e (biografías), 2007.

[1]Walĩ, gobernador.

[2]Saraqũsta, nombre árabe de Zaragoza.

[3]Kitab al-Iktifa´, de ibn al-Qartabus.- Ediciones Akal, S.A.- Barcelona, 1986.

[4]El rey Alfonso VII “El Emperador de León”, J.M García-Osuna Rodríguez. Anuario Brigantino 2012, nº 35.

[5] – Alfonso I el Batallador contrajo nupcias con una hija de Alfonso VI de Castilla y León, Urraca, viuda ya de Raimundo de Borgoña y con un hijo de 5 años, Alfonso VII. El padrastro ejerció como regente en Castilla y León durante la minoría del rey niño; pero el nuevo matrimonio no tuvo descendencia.

[6]¿Una España musulmana sometida y tributaria? La España que no fue. “Historia, instituciones, documentos” Nº 31, de F. García Fitz.- Sevilla, 2004.

[7] – Colmenar de Oreja.

[8] – Tío de Muhammad ibn Mardaniš, quien en ese momento se hallaba en Murcia y que, más adelante, haría Historia bajo el sobrenombre de Rey Lobo.

[9] – Historia de España, tomo 5, cap. XVI, Alfonso VII Emperador, de V.A. Álvarez Palenzuela y L. Suárez Fernández.- Edit. Gredos, Madrid 1991.

[10]El Zafadola de las Crónicas Cristianas, de Ángel G. Gordo Molina y Diego Melo Carrasco.- Cuadernos de Historia, Universidad de Chile.

[11] – Otra versión afirma que pidió ayuda al Emperador cuando, regresando ya hacía Valencia, se tropezó con huestes cristianas que estaban talando sus fronteras.

[12] – Probablemente, en las actuales Lezuza o en Alatoz, no lejos de Chinchilla.

[13] – Ibn Mardaniš era muladí (de familia hispana conversa al Islam); Mardaniš es arabización de Martínez.

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Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba (España). Estudió Profesorado de Educación General Básica (Magisterio, Escuela Normal de Ciudad Real, 1971) y ejerció la enseñanza. Ingresó en la Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense de Madrid, 1985.

Ganadora del XV Premio de novela corta "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo (2017).

Medalla de oro 2018 a la investigación histórica (del Círculo Intercultural Hispanoárabe).

Pintora con sólida experiencia, estilo personal en la línea constructivista figurativa. 24 exposiciones individuales, 25 colectivas y 3 premios conseguidos. Con obra en museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Estados Unidos y Reino Unido. Representada con obra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid).

Novela histórica:
— “La Cruz y la Media Luna”. Publicada por Editorial VíaMagna (2008). 2ª edición en bolsillo bajo el título de “La Fortaleza de Alarcos” (2009). Reeditada como libro eléctronico “La Cruz y la Media Luna” por la Editorial Leer-e, Pamplona, abril, 2012, y en papel por CreateSpace (Amazon) en mayo de 2015.
— “ El Collar de Aljófar”. Editada por Leer-e (Pamplona) en soportes papel y electrónico, mayo, 2014.
—“El Halcón de Bobastro”, editada en Amazon en soportes electrónico y papel (CreateSpace) en agosto de 2015.
— “La Estirpe del Arrabal”, editada por Carena Books (Valencia) en 2015.
Ensayo:
— "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta" (ensayo de investigación histórica). Editado en Amazon en soporte digital en julio de 2014 y en papel (CreateSpace) en mayo de 2015.

Novelas de misterio y terror (novela fantástica):
— “La Horca y el Péndulo” (XV Premio de narrativa "Princesa Galiana" del Ayuntamiento de Toledo), 1ª Edición en marzo de 2017 por Ayuntamiento de Toledo. - 2ª edición en mayo de 2017 por Impresion QR 5 Printer, S.L. (Ciudad Real).
— “Encrucijada”. Inédita.
— "Maleficio Fatal". Inédita.

Parodia de Novela Histórica:
— "Iberia Histérica" (novela corta en clave de humor). Editada en soporte digital en Amazon y en papel en CreateSpace en mayo de 2018.

Autora también de relatos históricos y Cuentos de literatura infantil.
Colabora con artículos en diversas revistas culturales. (Tanto en papel como en webs digitales): Fons Mellaria (F.O.Córdoba), Letras arte (Argentina), Arabistas por el mundo (digital), "Arte, Literatura, Arqueología e Historia" (Diputación de Córdoba), Revista Cultural Digital "Las Nueve Musas" (Oviedo).

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