Las nueve musas
Salman Rushdie

Quijote, de Salman Rushdie

La última novela de Salman Rushdie quiere ser un tributo al Quijote, empezando por su título. Se presenta del siguiente modo en la contraportada de la edición española, de Seix Barral:

“Inspirado por la obra de Cervantes, Sam DuChamp, un escritor mediocre de thrillers de espías, crea el personaje de Quijote, un viajante de productos farmacéuticos que vive obsesionado con la televisión y que está enamorado platónicamente de una estrella de la pequeña pantalla. Junto con su hijo (imaginario) Sancho, Quijote se embarca en una aventura a través de Estados Unidos para probar que es merecedor de la mano de su doncella, enfrentándose a todo tipo de peligros, desde ciberespías rusos hasta racistas violentos, e incluso a la amenaza del fin del mundo.”

El objetivo es ambicioso. Sin embargo, otra cosa es el resultado.

La novela pone las expectativas muy altas: su principio es tributo al original cervantino puesto que logra situar al protagonista de la novela en un  mundo equivalente al de Alonso Quijano. En segundo lugar, las extensas oraciones iniciales remiten directamente al peculiar estilo cervantino, de largos períodos oracionales:

“Vivía una vez, en una serie de direcciones temporales por todos los Estados Unidos de América, un viajante de origen indio, edad avanzada y facultades mentales menguantes que, por culpa de su amor por la televisión más estúpida, se pasaba una parte enorme de su vida mirándola en exceso bajo la luz amarillenta de las sórdidas habitaciones de motel, y en consecuencia había terminado sufriendo una forma peculiar de lesión cerebral.”

No solo el estilo (por cierto: alcanza también a los títulos que encabezan los capítulos). El narrador tiene un interés especial en hacer creíble la locura del este buen Quijote moderno. En primer lugar, no quiere presentarlo como una locura caricaturesca, ni tan siquiera como un personaje abiertamente idealista, sino que justifica su enajenación  mental mediante una enfermedad neurodegenerativa, una lesión cerebral producida por la visión continuada de la televisión, que adopta la misma función que las novelas de caballerías en el original:

“Como resultado de su obsesión casi total por aquel material que en los viejos tiempos le había llegado por medio de un tubo de rayos catódicos y en la nueva era de las televisiones planas le llegaba por medio de las pantallas de cristal líquido, de plasma y de diodo orgánico de emisión de luz, sucumbió a ese desorden psicológico cada vez más frecuente por el cual los límites entre verdad y mentira se vuelven borrosos e indistintos, de manera que a veces se veía incapaz de distinguir la una de la otra, la realidad de la «realidad», y empezó a pensar en sí mismo como ciudadano natural (y habitante en potencia) de aquel mundo imaginario del otro lado de la pantalla al que tan devoto era, y que estaba convencido de que les suministraba, a él y a todo el mundo, las orientaciones morales, sociales y prácticas por las que deberían guiarse en la vida todos los hombres y mujeres.“

Salman Rushdie
Salman Rushdie (Hay Festival 2016) por Andrew Lih

Rushdie parece poner mucho interés en que la locura de su personaje resulte verosímil no solo a los ojos del lector del siglo XXI, sino también a la ciencia. Mientras el Quijote original enloquece por la falta de sueño, hasta que se le seca el cerebro (y hoy en día sabemos que esto era lo que creía la medicina del Renacimiento), este Quijote enloquece por el efecto que tiene sobre sus neuronas el estar continuamente sometido al plasma líquido de los televisores tras haberse sometido a los efectos de los rayos catódicos de las televisiones del siglo pasado.

Para culminar el proceso de caracterización del personaje, sometido a la intertextualidad cervantina, este caballero no es andante, pero si es representante comercial de productos farmacéuticos, lo que le ha obligado a recorrer el país de una punta a otra, de modo que acaba convirtiéndose  en un asendereado caballero, porque, como su modelo, ha recorrido un sinnúmero de caminos, de senderos.

Del mismo modo, encuentra una Dulcinea que, en este caso, y para ser coherente con la locura del personaje, es una presentadora de televisión, Salma R. También encontramos a un Sancho, que lo acompaña…

Sin embargo, Rushdie no quiere limitarse a hacer una parodia. Parece que su objetivo es hacer su propia novela construida no solo a partir de personajes, sino de técnicas cervantinas. Aquí es donde falla el libro.

Por un lado, la novela se compone de otras tantas líneas narrativas: la vida de Hermano y de Hermana (así los denomina). Hermano es un escritor de novelas de ciencia ficción que firma con el pseudónimo de DuChamp. ¿Qué tiene que ver este Hermano con Quijote? Aparentemente nada. Podría decirse que Rushdie ha tomado el modelo cervantino de novela en la que se entrecruzan varias líneas narrativas, como sucede sobre todo en la primera parte, en Sierra Morena, donde encontramos diferentes historias de tantos personajes que coinciden en un mismo espacio (Marcela y Crisóstomo, Cardenio y Dorotea, Anselmo y Lotario). Pronto comprendemos que Hermano cumple la función de Cide Hamete Benengeli, el narrador arábico de la vida del caballero de la Triste Figura que, después de entrar y salir a lo largo de toda la obra, cobra magistralmente vida al final de la segunda parte, tras la muerte en la cama del viejo hidalgo.

El desarrollo de este personaje permite a Rushdie explorar una vía poco transitada por  Cervantes, pues lo convierte en un personaje más de la trama. Pero no parece que salga airoso del intento, porque hace que la novela no acabe de fructificar y, además, fracase como tributo quijotesco: este novelista, Hermano, o DuChamp, es un autor de novelas policíacas, es decir, un autor de novelas de género. Y si hay algo central en la obra de Cervantes, es el choque entre la realidad y la que falsifica la novela de género. Sin embargo, lo policíaco apenas tiene importancia en la trama de la obra de Rushdie. Por el contrario, uno de los grandes hallazgos de Cervantes es criticar la novela de caballerías utilizando sus formas narrativas: el caballero andante que sale al mundo para proclamar la belleza de su amada por encima de todas las otras cosas.

Tampoco tiene un papel destacado el elemento axial del Quijote: la oposición entre la realidad y el ideal, la vida y la literatura, o como quiera denominarse. Nada de esto sucede en la obra de Rushdie, solo de manera tangencial. La oposición entre vida y literatura se reduce al tributo intertextual  quijotesco. Es más: las pocas veces que el nuevo Quijote choca con la realidad resultan anécdotas tan previsibles como repetitivas, basadas siempre en personajes blancos partidarios de Trump que atacan verbal o físicamente a Quijote, que es de origen indio, como el autor.

Es aquí cuando nos damos cuenta de que la novela ha querido utilizar demasiados elementos heterogéneos que luego no ha sabido conjugar de forma adecuada, de modo que lo que ha quedado ha sido un pastiche: ni le ha dado unidad a la novela ni ha cobrado sentido pleno.

QuijoteEs como lo que le ocurre a algunos edificios de estilo ecléctico de finales del siglo XIX que funden dos o tres estilos arquitectónicos sin que alcancen a tener una unidad y personalidad clara. Esto es, precisamente, lo que le pasa a esta novela. Por un lado, los personajes carecen de profundidad psicológica. Sus nombres genéricos (Hermano, Hermana) así lo muestran. ¿Incapacidad o voluntad del autor? Frente a la dimensión humana que cobran los personajes cervantinos (y que mostrarán el camino a la gran novela de los siglos XIX y XX), Rushdie los reduce aquí a máscaras que supuestamente actúan y expresan ciertos estados anímicos, aunque sin que el autor llegue a retratar su alma, pues carecen de ella: “Las máscaras –afirma en un momento avanzado de la novela- se volvían humanas y eran capaces de expresar todas las grandes emociones de la tragedia. Las máscaras vivían” (p. 334). Se trata de una opinión demasiado pretenciosa sobre la capacidad expresiva de sus personajes.

Si bien la novela está acertadamente narrada, estos personajes se ven siempre en sus elementos externos, y poco sabemos, más allá de lo convencional, de sus conflictos interiores. Quizá porque lo que falta en la novela de Rushdie es una de las características más destacadas de la novela cervantina: el diálogo entre los personajes. A través de ellos, Sancho y Quijote muestran sus puntos de vista, sus ideas, pero también sus sentimientos y sus dudas. El diálogo se construye como una forma de contrapunto, característico del Barroco, que se manifiesta en todas las artes (el claroscuro de Caravaggio en pintura, la fuga barroca y la escritura contrapuntística de Bach, etc.) y que atraviesa toda la novela: dos personajes opuestos que interactúan con esa realidad constantemente y que, como resultado, la ven de manera opuesta, etc. Esta interacción apenas se produce en Rushdie, de manera que los personajes pierden la riqueza de los matices, para afianzarse en su carácter de caricatura, de máscara. Por el contrario, abundan los monólogos de Sancho, sin que llegue a interactuar con su señor… que aquí es su padre.

Pero que nadie se engañe: el encuentro de padre e hijo no comporta un intercambio generacional. A lo sumo, un camino de aprendizaje para lograr la perfección antes de encontrarse con la amada. Pero Sancho tiene aquí su propia intertextualidad, que no es otra que… Pinocho, también del siglo XXI. Efectivamente, el personaje no es aquí una marioneta, sino una creación virtual (al principio, incluso, le falta definición y es una figura en blanco y negro) que acompaña a su padre /Quijote/Gepeto y que a menudo oye el canto de Pepito Grillo que le acompaña para dar voz a su consciencia. Evidentemente, la verosimilitud, principio cervantino fundamental en el Quijote, ha desaparecido totalmente. Resulta demasiado difícil conjugar dos personajes de novelas tan dispares como el Quijote  y Pinocho. Son dos propuestas estéticas, dos modos de entender la novela, demasiado diferentes como para convivir en un solo relato.

Lo cierto es que Rushdie, como cualquier otro autor, no tiene ninguna obligación de ser un escritor realista ni de ceñirse a la verosimilitud. En realidad, siempre se ha declarado admirador de Cien años de soledad, la novela que ´dinamitó el realismo y la verosimilitud en la novelística hispánica. La tendencia al apólogo está presente en la novela. Sin embargo, escribir una obra de este tipo como tributo cervantino (y, además, titularlo Quijote) no solo es una contradicción (o una paradoja), sino un experimento que está predestinado al fracaso: su autor ha sido incapaz de armonizar los elementos heterogéneos que conforman la novela para darles, por un lado, unidad de estilo y, por otro, unidad de sentido.

Como si no supiese qué hacer con todo el material escrito. Una lástima.


 

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Jorge León Gustá

Jorge León Gustá

Jorge León Gustà, Catedrático de Instituto en Barcelona, es doctor en Filología por la Universidad de Barcelona.

Su trabajo se ha desarrollado en estas dos direcciones: por un lado, como autor de libros de texto dirigidos a secundaria, y por otro, en el campo de la investigación literaria.

En el área de la educación secundaria ha publicado diferentes manuales de Lengua castellana y literatura en colaboración con otros autores, así como una edición de La Celestina dirigida al alumnado de bachillerato, Barcelona, La Galera, 2012..

Sus líneas de investigación se han centrado en la poesía del siglo XVI, el teatro del Siglo de Oro y las relaciones entre la literatura española y la catalana en el siglo XX.

Entre sus artículos destacan los dedicados a la obra de Mosquera de Figueroa: “El licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, de quien ha publicado las Poesías completas, Alfar, Sevilla, 2015.

Las investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro le han llevado a colaborar con el grupo Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo resultado fue la edición de la comedia de Lope de Vega, Los melindres de Belisa, publicada en la Parte IX de sus comedias, en editorial Milenio, Lérida, 2007.

Además, ha sido investigador del proyecto Manos teatrales, dirigido por Margaret Greer, de la Duke University, de Carolina del Norte, USA, con cuyas investigaciones se ha compilado la base de datos de manuscritos teatrales de www.manosteatrales.org. Su colaboración de investigación se centró en el análisis de manuscritos teatrales del Siglo de Oro de la antigua colección Sedó que están depositados en la Biblioteca del Instituto del Teatro de Barcelona.

En el campo de las relaciones entre las literaturas catalana y española, ha estudiado la influencia del poeta catalán Joan Maragall sobre Antonio Machado, así como la de Rusiñol en la génesis de sobre Tres sombreros de copa de Mihura.

Del estudio de la interinfluencia del catalán y castellano ha publicado un artículo de carácter lingüístico: “Catalanismos en la prensa escrita”, en la Revista del Español Actual (2012).

Ha publicado el libro de poemas Pobres fragmentos rotos contra el cielo

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