Aunar fondo y forma de tal manera que se fusionen es una cualidad suprema de la escritura. Emilienne Malfatto lo consigue. El coronel no duerme es una novela de guerra, pero la autora escribe de forma que oímos hablar a los muertos. Porque los muertos también hablan.
Y sí, es una novela, si bien de alma poética. El lenguaje que emplea la autora lleva en cada línea y en cada silencio la impronta de la poesía. Forma y fondo se refuerzan mutuamente. Los ojos de Malfatto saben mirar. Pero ella no sólo mira, sino que ve y ve muy bien. Ve lo que hay en la superficie de los objetos, de los paisajes y de las personas, pero, sobre todo, ve lo que hay detrás y dentro. Malfatto lee las cosas y a los seres humanos a fondo, y traduce para nosotros lo que hay en el fondo.
La temática que desarrolla Emilienne Malfatto en esta novela es la guerra. La guerra universal y de todos los tiempos. Y al leerla no albergamos ninguna duda de que quien escribe ha vivido conflictos bélicos muy de cerca (en Irak cubrió como periodista y fotoperiodista entre 2014 y 2016 el conflicto armado).
Pero una guerra son todas las guerras. Y la intención de la autora es, claramente, representarlas a todas a partir de su texto. Así, los escenarios donde ubica la acción pueden ser de cualquier parte del mundo, y lo mismo podemos decir de la estructura de gobierno que impera en el país que sea donde acontece la guerra y lo podemos decir también de los personajes que intervienen.
Malfatto teje la acción alrededor de tres ejes, tres personajes prototípicos: el coronel —un torturador a quién todo el mundo conoce como el especialista, que trabaja en la Sección especial, en el sótano de un edificio—, el ordenanza —un soldado subalterno, que se limita a hacer guardia en el fondo del sótano donde actúa el coronel—, y el general —militar representante del poder supremo del país, que ocupa el gran despacho del Palacio de Mármol—. Estos personajes hablan por sí mismos; oímos su voz, que se convierte en soliloquio, un flujo de conciencia que nos permite conocer las almas de los respectivos protagonistas, sus pensamientos y sentimientos interiores. Estos monólogos configuran, por su ritmo y las imágenes que contienen, la parte más poética de la novela. Pero estas voces se alternan con la prosa de la voz narradora omnisciente, que se encarga de transmitir al lector la parte más objetiva de los hechos. Esta alternancia es un acierto porque las voces contrastan entre sí y sirven de complemento a la vez.
Malfatto se sirve de las mejores herramientas para transmitirnos la absurdidad de la guerra.
El coronel, especialista en la tortura y la muerte, es verdugo, pero sus muertos son a la vez sus verdugos, porque desde su primer muerto ya no consigue dormir. El torturador es, a su vez, torturado por sus fantasmas. Y esta tortura no sólo la sufre el coronel, sino en realidad todos los personajes. Los tres, hombres grises, cuya vida no tiene ningún sentido. Ellos son conscientes de su sinrazón, pero siguen ejecutando su trabajo y ganando nuevos soldados para una causa en la que parece no creer ninguno de ellos. Hacen maquinalmente lo que hacen. Como un destino. Son una función. Se han convertido en eslabones de un engranaje que marcha solo. Sabemos que han nacido en un país gobernado antes por otro régimen y que el coronel ya servía al primero. Ahora la guerra es de Reconquista. Pero en ningún momento parece que algo avance. Nadie muestra ninguna convicción ni entusiasmo. Todo lo contrario. Se trata de matar o morir. Pero también los muertos matan a quién los mata… La guerra nunca se gana; siempre se pierde. La autora lleva esta absurdidad a niveles extremos, también a través de imágenes, como la de la partida de ajedrez que hace jugar al general contra sí mismo: haga lo que haga ganará y perderá, aunque, en realidad y sobre todo, siempre perderá, porque él y el oponente son el mismo. También los regímenes políticos se suceden maquinalmente, sin ninguna esperanza de que cambie nada.
El libro lo abre el flujo de conciencia del coronel y lo cierra la voz narradora omnisciente. Los flujos de conciencia, impresos en letra cursiva y sin signos de puntuación, adoptan un ritmo monótono y nos golpean como una terrible letanía. La voz omnisciente, por el contrario, emplea la puntuación tradicional (salvo algunas excepciones; la autora sabe hacer muy buen uso de esta herramienta).
Emilienne Malfatto (*1989) es en El coronel no duerme heredera del expresionismo, no del literario, sino del pictórico; los paisajes que retrata nos adentran en un mundo de destrucción y de pesimismo donde no se ve el final.
La autora, que estudió periodismo en Francia y en Colombia, ha publicado, además, la novela Que por ti llore el Tigris (Minúscula), que fue merecedora del Premio Goncourt a la primera novela 2021, y la obra de no-ficción Les serpents viendront pour toi (Premio Albert Londres 2021).
Emilienne Malfatto
El coronel no duerme
Traducción de Palmira Feixas
Editorial Minúscula, 2024, 112 pp.
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