La pregunta nos supera. Y nos supera porque contiene implícitas una retahíla de otras preguntas que no sabemos ni podemos (por ahora) responder. Aun así, ciertamente ya hace tiempo que la vislumbramos en el horizonte. Y es inquietante, porque no tenemos certeza alguna de cómo abordar las respuestas por sus implicaciones. Algunas producen verdadera desazón.
Partiendo del hecho de que la posibilidad de alargar la vida humana crece con rapidez y de que crece también la calidad de vida que acompaña este alargamiento, la primera cuestión que me plantearía es: ¿querríamos alargar nuestra vida indefinidamente? También asumo el supuesto de que, con la calidad de vida suficiente y aceptada por cada ser humano implicado, la mayoría querríamos alargarla. Y, a partir de aquí, la otra gran pregunta: ¿podríamos? Y ahora, cuando digo podríamos, me lo planteo como sociedad, puesto que el otro poder, el biológico con la ayuda de la ciencia, ya es un hecho, y va incluso a más.
Ahora, pues, surgen más cuestiones, que se suceden en cascada y que son cada vez más difíciles e inquietantes: es evidente que la manera tradicional de organizar nuestra economía tendría que cambiar radicalmente. La base sobre la cual hemos construido hasta ahora el sostenimiento económico es la del relevo generacional: las generaciones jóvenes sustituyen la fuerza de trabajo de los mayores y financian sus pensiones. Pero el aumento de la calidad de vida implicaría sin duda una prolongación de la vida laboral por parte de los que ahora consideramos ancianos y constituyen el amplio colectivo de jubilados, cada vez más amplio; la palabra anciano se vería relegada a otra edad diferente, o muy diferente. Quizás incluso, en caso de llevarlo al extremo de poder/querer vivir eternamente, desaparecería el anciano. ¿Podríamos asumir, entonces, más nacimientos? ¿Harían falta? ¿O quizás habría que considerarlos incluso inconvenientes? Porque ni los trabajos requeridos se multiplicarían hasta el infinito ni la Tierra podría sostener un número infinito de habitantes.
Y, como mínimo a partir de aquí, los planteamientos ya empiezan a tener que ver con lo que actualmente todavía entendemos como ética: habría que reducir o incluso eliminar de raíz la reproducción humana. De hecho, el control de la reproducción por parte del Estado ya lo introdujeron hace unos años en China, si bien ya no es el caso. Pero probablemente habría que ir abriendo y cerrando el grifo en función de las muertes que se fueran produciendo (en el supuesto de que todavía no viviéramos eternamente) y de las cifras que aconsejaran los cerebros económicos del momento (¿en función de qué criterios?).
Por otro lado, si llegara la posibilidad de vivir eternamente (ya hace bastantes años leí, cuando se completó el mapa del genoma humano, que este hito hacía pensar en esta viabilidad) y ya nadie muriera por razones biológicas (o solo quien quisiera hacerlo), habría que decidir a partir de qué momento y qué humanos serían los elegidos para quedarse (otra cuestión ética de fondo: ¿en función, otra vez, de qué criterios?). Dando por sentado que viviéramos eternamente porque no se deterioraría el cuerpo humano, sí que habría accidentes y guerras —con las muertes consiguientes— entre países, potencias, razas, etc., más todavía, ahora desencadenadas por la lucha por conquistar territorio, que se habría hecho escaso, de igual modo que habría sucedido con los alimentos y el agua para las poblaciones.
Estas cifras también serían sometidas al cálculo económico, al cómputo para mantener el equilibrio entre nacimientos y muertes, y comportarían las subsiguientes decisiones.
El mundo que estoy diseñando se asemeja cada vez más a una pesadilla, a una distopía…
Y hasta ahora no me he planteado qué consecuencias podría tener todo ello para la psique humana: ¿dejarían de existir las religiones? ¿Seguiría creyendo alguien en la existencia de un dios? Parece claro que los valores experimentarían un cambio radical…
Desde que se cultiva la psicología como ciencia, como una posibilidad de analizar el alma humana, la creencia en la existencia de Dios empezó a tambalear. Eran los mismos años en que, con los descubrimientos y avances de la ciencia, el comportamiento humano se empezaba a comparar con la creación hasta entonces reservada a Dios. El humano emulaba a Dios y cada vez más ha pasado a sustituirlo.
En este proceso, mientras esperamos que el escenario nos obligue a responder, puede que el ser humano, muy probablemente, acabe por autodestruirse y no nos harán falta las preguntas planteadas.
Personalmente me sobrepasa este horizonte.
Y aquí lo dejo.

















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