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diminutivo

El fascinante mundo de los diminutivos

Llamamos diminutivo al sufijo que indica una disminución o atenuación respecto de lo expresado por la palabra a la que se une y, en un sentido amplio, también a la palabra afectada por el sufijo en cuestión.

En este artículo procuraremos hacer un recorrido por su fascinante mundo.

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  1. Consideraciones preliminares

 El diminutivo viene teniendo registro en nuestra lengua desde hace muchos siglos. De hecho, ya el maestro Nebrija, tomando la definición de Prisciano, decía, allá por 1492, que el «diminutivo nombre es aquel que significa disminucion del principal dedonde se deriva, como de ombre ombrezillo, que quiere dezir pequeño ombre, de muger mugerzilla, pequeña muger»[1]. En vista de esta definición, podría creerse que los diminutivos se limitan a expresar una merma física (es decir, de tamaño) respecto de su palabra de origen; pero lo cierto es que, sin dejar de servir primordialmente para este propósito, se los aplica también, por una natural desviación semántica, para designar otros matices.[2]

Diminutivos, aumentativos y despectivos constituyen por separado tres formas de derivados que, no obstante, están incluidos en una categoría común: los llamados apreciativos. Al respecto, la Nueva gramática del español nos recuerda lo siguiente: «Se distinguen tradicionalmente tres clases de sufijos apreciativos: los diminutivos, como -ito o -illo; los aumentativos, como -ón o -azo, y los despectivos, como -ucho o -aco»[3].

Volviendo a los diminutivos, es natural que la formación de estos derivados sea patrimonio común de las lenguas.[4] Con respecto a esto, es notable la distinta evolución que han tenido en los idiomas modernos, pues al paso que en algunos (en inglés y en francés, por ejemplo) es escaso el número de diminutivos, en otros (como el alemán, con sus dos sufijos –chen y    -lein) pueden formar una enorme cantidad de estas voces; y, sobre todo, las lenguas eslavas y algunas romances, en especial el español, ofrecen un acopio tan grande de sufijos que pudo decir con razón Elio Antonio: «Eneste genero de nombres nuestra lengua sobra ala griega i latina»[5].

 Ahora bien, antes de que nos centremos en la formación de los diminutivos en nuestra lengua, cabe señalar un empleo de estos sufijos que don Eduardo Benot llamaba «diminutivo que no disminuye»[6]. Este empleo puede obedecer, o bien a una disminución subjetiva del valor o importancia que damos a una cosa,[7] o bien a una especie de modestia o pudor por parte del que habla. Así, por ejemplo, cuando pedimos a un amigo que nos escriba «dos letritas», parece que nos sentimos pudor al hacer la petición; en cambio, cuando Benavente, en su diálogo Abuelo y nieto, hace decir al viejo: «Mañana te daré el taloncito para que lo cobres en el banco»[8], indica en el diminutivo la poca importancia que para el personaje tiene la cifra que ha de llenar el talón.

Conviene también advertir que la idea de pequeñez no siempre se expresa por medio de derivados, pues son muchos los casos en lo que nos valemos de palabras de distinta raíz, y a su vez capaces de formar diminutivos, para designar a los individuos pequeños o de corta edad. Sirvan de ejemplo párvulo, chico, rapaz, muchacho, niño, con sus respectivos femeninos. Por otra parte, las ovejas, los caballos, las cabras, los cerdos, tienen, no uno, sino varios nombres para indicar las diferentes edades. Así, para el ganado ovino hay voces de naturaleza tan diversa como caloyo (cordero recién nacido), ternasco (el recental), cancín (el de un año), borro, borrego, primal (entre uno y dos), andosco, trasandosco (de dos), tercenco (de tres), etc.; para el ganado equino tenemos potro, potra o potranca, tusón, tusona, jaca, etc.; para las cabras, además de cabrito, tenemos ternasco, chivo, chivato, segallo, y para los cerdos tenemos lechón, marranchón, gorrino, cochinillo, agostón, etc.

Por un proceso mental inverso existen también vocablos que, aun siendo diminutivos en su origen, han terminado por significar objetos determinados con valor de positivos. Hoy no concebimos espadín como espada pequeña, sino como una forma especial de espada; entre tenacillas y tenazas no establecemos una relación de menor y mayor; tampoco pensamos que pañuelo es diminutivo de paño, sino un trozo de tela al que le damos una aplicación especial; de buenas a primeras, no vislumbramos ninguna relación entre dominguillo y domingo, taleguilla y talega, escrupulillo (bolita de cascabel) y escrúpulo, falsete y falso, glorieta y gloria, palmeta y palma, membrete y miembro, alcantarilla y alcántara (puente), astilla y asta, manzanilla y manzana, parrilla y parra, cepillo y cepo, nudillo y nudo, etc. Hasta tal punto se olvida la procedencia diminutiva de estos nombres que muchas veces formamos sus diminutivos como si se tratara de positivos: pañuelito, astillita, cepillito.

Y si esto sucede con los diminutivos formados por nuestro romance, con más razón ha de ocurrir con las voces que el latín, de por sí, nos traspasó como diminutivos, pero que ya no asumimos como tales. Así, decimos versículo, no como diminutivo de verso, sino para designar los párrafos cortos de la Biblia. Por lo mismo, tampoco vemos en módulo, fórmula o canícula sus correspondientes positivos, sino palabras absolutamente independientes.

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  1. Las formas de los diminutivos españoles

Los sufijos de los que nos valemos en español para formar diminutivos, además de ser más abundantes que los aumentativos, admiten modificaciones para ajustarse a las distintas terminaciones del vocablo del cual procede. El más común en nuestro idioma es -ito, y así, de pájaro obtenemos pajarito; de casa, casita; de mesa, mesita; de libro, librito, etc. Este diminutivo, como vemos en los ejemplos, supone la supresión de la vocal final de la palabra de origen. Posee variantes, con el mismo tipo de formación, en -illo, -ico y -uelo. Sin embargo, el uso de unos y otros no siempre es indistinto, pues suele adoptar diferente significado cuando la noción de diminutivo se esfuma y la voz derivada se convierte a su vez en una expresión independiente (tan solo comparemos mujercita con mujerzuela, vainica con vainilla, camita con camilla, pañito con pañuelo, etc.). En cambio, puede considerárselos equivalentes cuando la función de estos sufijos es verdaderamente gramatical o de diminutivo.

Cuando la palabra termina en dos vocales que no forman diptongo y la primera de ellas es tónica, esta se conserva siempre, pues al español le repugna perder una vocal acentuada. Así, decimos tiito o tiita. No obstante, cuando las dos vocales finales forman diptongo, el uso fluctúa según el tratamiento; algunas veces conserva la primera vocal, como en ocurre en armarito (de armario) o estatuilla (de estatua), y otras veces cambia el sufijo por -eta, como ocurre en glorieta (de gloria) o historieta (de historia). En ocasiones también se puede reemplazar el diptongo final por el sufijo –uelo, como ocurre en terzuelo (de tercio), iglesuela (de iglesia) o Venezuela (de Venecia).

Pese a ser estos los sufijos diminutivos más frecuentes, hay muchos casos en los que no deben aplicarse, a no ser que se les antepongan la c (-cito, -cillo, -cico) o las consabidas variantes del grupo ec (-ecillo, -ecico, -ezuelo). Al primer conjunto corresponden las palabras graves terminadas en n, como Carmencita (de Carmen), virgencita (de virgen), imagencita (de imagen), germencillo (de germen) o ladroncito (de ladrón, aunque también tenemos ladronzuelo); las palabras agudas terminadas en n o en r, como aguijoncillo (de aguijón), algodoncito (de algodón), pastorcito (de pastor) o mejorcito (de mejor).[9] Al segundo conjunto, los monosílabos terminados en consonante o en y con valor de vocal, como reyezuelo (de rey), pececillo (de pez), solecito (de sol), florecilla (de flor), panecillo (de pan), Juanita (de Juana) o Luisito (de Luis);[10] los bisílabos que llevan en la primera sílaba los diptongos ei, ie o ue, como reinecita (de reina), hierbecilla (de hierba) o huevecito (de huevo), y los que tienen como última sílaba los diptongos ia, io, ua,[11] como bestiecita (de bestia), geniecito (de genio) o lengüecita (de lengua),[12] y, por último, los sustantivos y adjetivos terminados en e, como bailecito (de genio), cofrecillo (de cofre), verdecito (de verde), sobrecito (de sobre), cochecito (de coche) o madrecita (de madre).[13]

Además de los sufijos mencionados, el castellano ha admitido diminutivos tomados de regiones en las que se habla un idioma o un dialecto distinto. Esto ocurre, por ejemplo, con el sufijo –in, habitual en Asturias, que, como su femenino -ina, nos ha servido para la formación de gran número de derivados, por ejemplo, boletín, botín, botiquín, calcetín, polvorín, violín, a todos los cuales atribuimos un significado distinto del que poseen los vocablos de los que provienen (boleta, bota, botica, calceta, pólvora, viola), con lo cual pierden su carácter de diminutivos;[14] con -ino, característico de Extremadura, que nos ha legado langostino o palomino,[15] y con -iño, propio de Galicia, que le ha dejado al castellano, por ejemplo, la palabra corpiño.

Declamación Contra los Abusos Introducidos en el Castellano

  1. Tres párrafos a modo de conclusión

 Contrariamente a lo que se puede deducir de los ejemplos propuestos más arriba, no son solo los sustantivos y los adjetivos las voces que podemos usar en diminutivo. También pueden formarlo los participios, como ocurre en muertito (de muerto), dormidito (de dormido), cansadito, animadito, y los adverbios, como cerquita, prontito o lueguito.

Asimismo, pueden formarse diminutivos de diminutivos, y no solo cuando se ha perdido la noción diminutiva del primer derivado, sino incluso cuando se conserva viva. Así, de poco surge poquito, y de este, poquitito; de chico, chiquito, y de este chiquitito y chiquitín; de plaza, plazuela, y de esta, plazoleta; de carro, carreta, y de esta carretilla.[16]

De esto se infiere que no todas las palabras pueden formar diminutivos; hecho que se explica, o bien porque el concepto que expresan algunos vocablos no puede sufrir disminución, o bien porque su estructura morfológica no admite a la incorporación de ninguno de los sufijos estudiados. Con respecto a lo primero, podemos decir que es totalmente comprensible que no exista el diminutivo para palabras como virtud, ciencia, maldad, etc.; con respecto a lo segundo, podemos decir que el español permite expresar la disminución con un adjetivo que designe la cantidad, como observamos en un mar pequeño, un pequeño embuste y otras frases similares que cumplen la función de diminutivos perifrásticos. Este recurso, puesto en práctica con moderación, puede ser un medio muy útil para salvar la carencia del diminutivo orgánico, y empleado con prudencia y variedad, puede incluso contribuir a la elegancia del idioma (recuérdese el «una poca de virtud», de santa Teresa); sin embargo, si se abusa de él, como en su momento sucedió por influencia francesa, se correrá el riesgo de empobrecer el habla y de aburrir al lector. Al respecto, Vargas Ponce señalaba allá por el siglo XVIII: «Hoy en día no se da uno una vueltecita o un paseíto, ni se detiene un ratito ni se lee un librico, sino que se da un pequeño paseo, se pasa un pequeño rato y se lee un pequeño libro, y de todos modos nos volvemos pequeños»[17].


[1] Antonio de Nebrija. Gramática sobre la lengua castellana, edición, estudio y notas de Carmen Lozano, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011.

[2] En efecto, si la disminución se refiriera solo al tamaño, no podríamos formar diminutivos de abstractos, como sueñecito, vidita, muertecita, etc. Y una vez admitida la disminución, independientemente de que esta sea concreta o abstracta, nuestro pensamiento puede, o bien considerar que la pequeñez es una propiedad que merece nuestro menosprecio (de lo que surge un diminutivo con matiz despectivo), o bien imaginar que esa cualidad merece nuestro amparo o nuestro cariño (de lo que surge un diminutivo más bien cariñoso).

[3] RAE y ASALE. Nueva gramática de la lengua española. Manual, Madrid, Espasa, 2010.

[4] Al parecer, los diminutivos ya existían en la prehistoria de las lenguas indoeuropeas.

[5] Antonio de Nebrija. Óp. cit.

[6] Eduardo Benot. Arquitectura de las lenguas. Tomo I, Madrid, Juan Muñoz Sánchez, 1890.

[7] Recordemos el uso de expresiones como gustillo o asimientillo en las obras de san Juan de la Cruz.

[8] Jacinto Benavente. …Y amargaba. Abuelo y nieto. La última carta, Madrid, Aguilar, 1942.

[9] Vale la pena señalar que entre estos casos hay algunas excepciones, a veces por no admitirse la c, como en almacenillo o bacinilla, a veces porque coexisten las dos formas, como en altar (altarillo o altarcito) o jazmín (jazminillo o jazmincito).

[10] Dentro de los monosílabos terminados en una vocal está el excepcional caso de pie, que acepta los sufijos reforzados -ececillo y -ecezuelo, como vemos en los diminutivos piececito y piecezuelo.

[11] Con la excepción de rubito y agüita, de rubio y agua respectivamente.

[12] Hoy la tendencia es asimilar estas voces a las otras de sufijo simple, y se dice reinita, huevito o lengüita, lo cual es habitual en la mayoría de los países de Hispanoamérica.

[13] También tenemos formas dobles o triples de diminutivos, como las de algunas voces terminadas en o, que, por ley general, debían tomar el sufijo simple. Un ejemplo de esto es el sustantivo mano que hace manito, manecita y manecilla, aunque hoy reservamos la última para otra significación que no es diminutivo.

[14] Sin embargo, este carácter se conserva en voces como corbatín, fortín o peluquín.

[15] Se ha olvidado ya el matiz diminutivo en voces como padrino y platino.

[16] También pueden formarse diminutivos de aumentativos, como ocurre en saloncillo (de salón, aumentativo de sala) o silloncito (de sillón, aumentativo de silla).

[17] José de Vargas Ponce. Declamación contra los abusos introducidos en el castellano, presentada y no premiada en la Academia Española, año de 1791, Madrid, Imprenta de la Viuda de Ibarra, 1793.


 

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.




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