Mexicanas olvidadas en la ópera
Cuando vemos las condiciones de las mujeres de nuestros días, seguimos sintiendo las manifestaciones de desigualdad de nuestra sociedad, incluso en países que se consideran desarrollados, podemos imaginar lo arduo que debe haber sido para nuestras predecesoras, ser artistas o creadoras en el siglo XIX y en gran parte del XX.
Nuestro país olvida a sus artistas y recuerda a sus asesinos. Esa es una de las tendencias más inexplicables de nuestra memoria y de nuestra manera de recordarnos lo que hemos sido. En este texto quiero abrir un espacio para que esto cambie. Esta vez hablemos de las que construyeron, de las que educaron, de las que crearon.
Al final se trata de hablar de cosas y seres extraordinarios, como las estrellas, que hay miles y todas son únicas a la vez. ¿Cuántas de estas historias nos faltan por rescatar? Imposible de saberlo, pero de lo que podemos estar seguros es que son la luz de un mundo que ya no existe, pero sigue brillando, y no solo para sí mismas, brillan para guiar a otros.

María Garfias (1849-1918)
Todos los diccionarios de música, ópera y espectáculo hispanoamericano, coincide en tener diferentes fechas de nacimiento y una circa en la fecha de su muerte. Por ello, se tuvo que esperar hasta años muy recientes para tener la información fidedigna de su periodo vital.
¿En qué si están de acuerdo todas las fuentes? En que fue una niña prodigio, alumna de Cenobio Paniagua (1821-1882), que desde pequeña fue una extraordinaria pianista, además de actriz y cantante profesionales en su juventud y madurez, y que, hasta donde hoy sabemos, fue la primera directora de orquesta mexicana.
Por fortuna, Fernando Carrasco Vázquez y su familia decidieron resolver el misterio, y con un libro importantísimo para el rescate de la figura de nuestra primera directora de orquesta,[1] en 2018 nos dieron, por fin, todos los datos posibles para una biografía más certera. Por esta publicación supimos no solo sus fechas de nacimiento y muerte, sino, más importante, el legado en composición que nos dejó:
14 obras para piano.
3 canciones para voz y piano
2 obras para orquesta.
A partir de esto sabemos que María Rita de la Preciosa Sangre García Malabear, hija de José García Garfias y María Refugio Malabear y Anyano. fue bautizada el 22 de mayo de 1849 en la iglesia de Santa Veracruz en la Ciudad de México.
Fueron sus maestros: Cenobio Paniagua, Agustín Balderas y posteriormente Octaviano Valle. Confirmando con esto su excelente educación musical, dado que se trata de algunos de los mejores músicos mexicanos de la época.
El 18 de noviembre de 1862 (es decir con ella a los 13 años) hace su debut como pianista interpretando una fantasía sobre Lucia de Lamermoor de Émile Prudent en el Gran Teatro Nacional y como compositora con su fantasía para piano sobre temas de Martha, la famosa ópera de Flotow.
Un mes después estrena su plegaria Dios Salve a la Nación y otras piezas también suyas en el mismo lugar. Estas obras fueron compuestas entre los 12 años y 14 años.
El sábado 9 de noviembre de 1867 en el Teatro Nacional estrena su Marcha Republicana en una función dedicada a Benito Juárez, al parecer esa fue la única vez que dirigió una orquesta, convirtiéndose en la primera directora mexicana a los 18 años. Además, en este concierto interpretó una paráfrasis de concierto sobre Ernani, de liszt; otra obra no especificada de Joseph Ascher a dos pianos a cuatro manos cada uno, junto con: Victoria Bustillos, Aniceto Ortega y el sobrino de éste, Fermín; y después, acompañó al piano al clarinetista José Salot.
¿Qué pasa con ella cuando deja de ser una niña prodigio? Su fama favoreció a que casi toda su producción fuera editada por las casas de Manuel Murguía, Jesús Rivera e Hijo y H. Nagel Sucesores. Con lo cual se convierte en la primera compositora que publica sus obras de manera profesional e individual, ya que todas las anteriores lo habían tenido que hacer en las revistas femeninas y algunas incluso sin poder poner su nombre real.
En su madurez abandonó la composición, muy probablemente dejó de escribir porque se dio cuenta de que nunca la iban a estrenar y nunca la iban a tomar en serio sin importar lo bien que lo hiciera, sin importar su talento o su despliegue técnico. ¿Por qué? Por ser mujer. En este caso conocemos varios casos.
Pero siguió participando en representaciones teatrales. Olavarría y Ferrari la cita como parte del elenco de Los Hugonotes (1902), comedia de Miguel Echegaray, y de la zarzuela Marijuana (1902), de Jackson Veyan y Quinito Valverde, representadas en el teatro de la Escuela Nacional Preparatoria.
Uno de los pocos reconocimientos que obtuvo se consigna en el diario El siglo Diez y Nueve, del 15 de enero de 1877. Ahí se menciona a María Garfias como expositora por parte de México, con algunas composiciones musicales, en la Exposición Universal de Filadelfia o Exposición del Centenario de 1876, su nombre aparece junto con: Guadalupe Olmedo y Ángela Peralta
Por supuesto, tuvo que casarse. Tuvo hijos y nietos. Aquí la vemos con dos de sus nietas. Su bisnieto es quien recupera su figura y ayuda al investigador Fernando Carrasco a realizar este trabajo.
El nacional del 14 de marzo de 1918 en la página 3, señala: “En días pasados dejó de existir la señora María G. viuda de Garfias en su residencia de las calles de Donceles, Sus funerales tuvieron lugar en el panteón español habiendo concurrido muchas de las amistades de la desaparecida dama.” Con esto, tenemos ya la fecha de su muerte, de una manera certera. Por fin.

Julia Alonso (1889-1977)
Conozcamos ahora a otra de nuestras pioneras olvidadas y en este caso es peor, porque es su propia familia la que la olvida y desconoce. En el contexto convulso pre revolucionario, en una Oaxaca porfirista, nace una de las primeras profesionales de la música mexicana y la primera compositora de una ópera en nuestro país: Julia Alonso, organista, directora de orquesta, compositora y pedagoga.
Julia Alonso pudo graduarse en cuatro carreras musicales: Piano con Ernesto Elorduy (1854-1913), órgano con José Guadalupe Velázquez (1856-1920) y Aurelio Barrios y Morales (1880-1943), composición con Julián Carrillo (1875-1965) y dirección con Carlos Meneses (1863-1929). Cabe mencionar que obtuvo las notas más altas en los cuatro exámenes profesionales que presentó de 1911 a 1915. La joven tenía solo 26 años cuando recibió su último título. Que una mujer pudiera laurearse (entonces y ahora) en una sola carrera ya significaba un logro enorme, cuatro grados parece casi imposible. De hecho, no se conoce otro caso similar.
En 1910, en las celebraciones del centenario de la Independencia. se tocaron dos obras de Alonso en el concierto magno ofrecido en Palacio Municipal (hoy Palacio de Gobierno del Distrito Federal).
En 1912 dirigió la Orquesta del Conservatorio convirtiéndose con ello en la segunda mujer directora de orquesta mexicana, también dirigió la Banda de Artillería y el Orfeón Popular, lo cual la hizo ejercer más que María Garfias. Al año siguiente figuró en el cuadro de honor del Conservatorio y fue electa administradora de la revista Música que coordinaba la sociedad de alumnos de esa institución. Fue sucesora de su profesor José Guadalupe Velázquez en la cátedra de órgano del Conservatorio Nacional, la cual impartió hasta 1928. También trabajó como profesora de solfeo en la Escuela Normal para Maestras (1914) y en el propio Conservatorio Nacional donde enseñó composición (a partir de 1914), órgano (desde 1915) y piano (en 1917). En 1943 fue nombrada profesora de órgano de la Escuela Nacional de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Como intérprete también tuvo una trayectoria interesante e internacional. Aunque nunca actúo fuera de América (recordemos que le tocaron las dos guerras mundiales en el periodo en el que hubiera sido lógica la internacionalización de su carrera), es sorprendente ver que tocó desde Canadá hasta Argentina. Además, fue organista titular en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria a partir de 1924, en cuyo puesto ofreció treinta y cinco conciertos.
Su labor como compositora incluye: dos sinfonías, dos cuartetos, dos suites, veinticinco temas con variaciones para orquesta y banda, además de múltiples obras pequeñas para piano. La joya de la corona de su trabajo como compositora fue la ópera Tonanzin, una ópera que, por lo poco que se sabe, era de marcada influencia nacionalista, estructurada en cuatro actos, con libreto del coronel Picazo. El texto fue concluido en 1915 y la partitura en 1919, pero no se tienen noticias de su estreno. De hecho, no se conservan ninguna de sus obras. “María Teresa Hernández Carrillo tiró todos los cuadros, partituras y libros que estaban en la casa de Churubusco, en calle Corona Boreal 111”[2]
Este fue el México revolucionario que le tocó vivir a Julia Alonso; el porfirista es el que le tocó a Maria Garfias, pero fue el nuestro el que las olvidó. Quizá porque parecían pertenecer al régimen anterior y la Revolución no cuadraba con esa idea del arte; talvez porque en ese momento histórico ni nuestras familias nos valoraban como mujeres, o a lo mejor, simplemente, como dijo Vasconcelos, porque somos desmemoriados e irredentos, el caso es que perdimos la opción de crecer con ellas como parte de nuestra historia emocional, como a tantos compositores y como a tantas otras mujeres que fueron tan brillantes como ellas. Hasta 2018 pudimos saber las fechas verdaderas de Maria Garfias, gracias a su bisnieto. Tuvimos que esperar a 2020 para poder compartir la imagen de Julia Alonso en internet, gracias al trabajo de Mónica del Pilar Sánchez Castro.
Que nunca más olvidemos sus nombres. No, otra vez.
[1] María Garfias (1849-1918). Una fugaz presencia de la música mexicana decimonónica. México. 2018. Muiscologicasera.
[2] Este comentario de uno de sus nietos, se consigna en el libro: La òpera de México. Colección de artículos del primer Diplomado en Ópera mexicana (202-2021). Barcelona: Las Nueve Musas Ediciones, 2021. Pag. 296.

















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