Las nueve musas
Max Horkheimer
Max Horkheimer

Razón instrumental y razón emancipatoria

Universidad Internacional de Valencia

En su escrito: La crítica de la razón instrumentalHorkheimer explicó en qué consiste su concepto de razón instrumental. En primer lugar, distinguía entre razón subjetiva y razón objetiva.

Crítica De La Razón Instrumental - 2ª Edición (ESTRUCTURAS Y PROCESOS - FILOSOFIA)
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La razón subjetiva es la facultad individual de pensar que busca la veracidad por la verdad misma; y la razón objetiva, por su parte, es la postulación de que existe una verdad objetiva y que es un cuerpo aparte, es postular que lo real es racional y que hay que atenerse a ella.

La razón objetiva es la consideración de la razón es una totalidad que contiene la individualidad y el colectivo. La razón objetiva establece unos fines últimos y objetivos. Dicha razón, de hecho, se centra más en los fines que en los medios, es una búsqueda del cumplimiento más eficaz, racional o mejor regulado y mejor administrado de la consecución de unos fines como el progreso, la comunidad unida o el Bien Supremo.

La razón subjetiva, por el contrario, se concibió como una regulación entre medios y fines, y para comprender y determinar los fines. Según Horkheimer, con el paso del tiempo la razón objetiva acabó tendiendo a tener más peso que la razón subjetiva.

La sociedad burguesa se desarrolló y realizó la división social del trabajo, presentando dicha ordenación social como una manera de administración económica más racional o de más óptima productividad. La razón objetiva tendió a describir que el uso de la racionalidad no tiene que ser buena en sí misma y que todo tiene que tender a la producción.

Este tipo de racionalidad llegó a todos los saberes, incluso a la ciencia puesto que permite el desarrollo tecnológico y puede acabar en tecnocracia, la tendencia a fomentar que el saber tenga como fin la técnica.  Así, la razón objetiva devino en una suerte de razón técnico-instrumental que solamente afirma y mantiene lo dado, mantiene el estatus quo y propicia las desfiguraciones ideológicas de la realidad social.

De esta forma, el pensamiento queda reducido al cálculo o la previsión de los medios/recursos óptimos para lograr un fin y la razón queda reducida a un mero instrumento útil para la defensa de ideologías, políticas de empresa e ideas de grupos de poder.

La razón instrumental se resumiría en el principio de que el fin justifica los medios y ha sido la excusa para la instrumentalización de las personas en aras de un fin mayor, llámese bienestar general, progreso, competitividad o crecimiento económico.

Razón instrumental y dialéctica de la Ilustración

Adorno y Horkheimer, en su Dialéctica de la Ilustración, postulan que la Ilustración dio también lugar a que surgiese la razón instrumental.  Según estos autores, la Ilustración tuvo como efecto no esperado la división social del trabajo y el nazismo.

 

La ilustraciónLa ilustración es el movimiento cultural del siglo XVIII, que pretendía, a través del ejercicio de la razón, acabar con los oscurantismos y las supersticiones, y llegar a un progreso a través de los saberes y las artes (de la “Enciclopedia”).

Según Kant, la Ilustración consiste en el logro de la mayoría de edad, la consecución del sujeto  autónomo cuya actividad sería de su dominio a través del ejercicio del pensamiento.  Se pretendía erradicar la superstición y el fanatismo, las cuales no se puede más que padecer.  No puede haber nada menos inocente que esto, puesto que es una aspiración por lograr control sobre el medio, sobre lo que se puede conocer (y se busca conocer para controlar).

Rebajas

La superstición se elimina a través del conocimiento riguroso y objetivo de la realidad, al saber de los procesos de una realidad: su miedo hacia lo que se desconoce desaparece al conocer cómo funciona y cómo se puede manejarse a ello, cómo actuar sobre ello, cómo manipularlo.  El fanatismo se elimina al situar como única autoridad moral la reflexión del propio sujeto individual y autónomo; un ser que, de esa manera,  procura no verse afectado por el entorno y tiende a actuar sobre él según su propio criterio.   Se quiere conocer para saber cómo funcionan las cosas, y así, a través de la técnica, reproducir los mismos procesos en beneficio del “progreso”.

El objetivo de conocer es eliminar el miedo, se tiene miedo hacia aquello que no se puede controlar y, si se pretende erradicarlo, es que se busca lograr control.  El pensamiento, así, es reducido a mera funcionalidad, a razón instrumental, a planificación de medios.    El conocer no es planteado como un afán de saber por el saber, ni un procedimiento para el desarrollo personal: es un modo de “racionalización” de lo que rodea, de hacerlo comprensible para que sea manipulable, un proceso que empieza con las artes de la “Enciclopedia” que dan progreso y acaban, en su afán de planificación y mejor uso de la naturaleza, a la división social del trabajo.

El proceso es sencillo, se realiza por la eliminación de cualidades y particularidades reduciéndoles a conceptos generales.   Así, cada particular se convierte en una cifra, en un ejemplar tipificado en una generalidad.  Toda particularidad de cada ser queda “anulada”, ignorada en el proceso de conceptualización.

Espacio disponible

Para el ser que procura investigar la realidad, cada ser es sustituible, reemplazable y equiparable, tanto da un ser de una especie que de otra: dejan de ser seres concretos para convertirse en ejemplos de una especie: sólo cuentan en tanto puedan ser tipificados, ajustados a una generalización que interesa hacer para ciertos fines epistémicos y tecnológicos (el nazismo sólo es un pequeño paso en esta manera de pensar y se sitúa en la misma manera de pensar).  La rata 1 puede ser fácilmente sustituida por la rata 2 en el laboratorio sin dar problema alguno, a la hora de investigar valen igual y no hay diferencia entre las dos.

Eso quiere decir que los seres particulares son tratados en la investigación como objetos que sirven a un fin, objetos de estudio que sólo suscitan interés en tanto valen para conocer algo y que puedan servir para transformar la naturaleza, son “meros conceptos” de una teoría.    Ya dejan de ser considerados como tales, son pensados en tanto puedan ser asimilados en una categorización que pueda servir a alguna planificación que “racionalice” la realidad investigada.  Los seres dejan de ser tratados como tales, sino que son tratados como cifras de un cálculo pensado para una funcionalidad determinada.   La relación con el ser se reduce a convertirlo en mero objeto que sirve a unos fines (la racionalización, el control) que se ponen por encima de ellos.

La fuente de toda la racionalización y su fin al que tienen que servir es el sujeto.  Desde Descartes se ha conferido al sujeto pensante la capacidad de producir representaciones del mundo, en lugar de que el conocer del objeto sea casi inmediato como en el pensamiento griego.  Dicho modo de conocer ha llegado hasta conferirle al sujeto un poder y autoridad casi total en Kant, en cuya teoría el sujeto llega a ser trascendental: un ser que es el que crea el conocimiento y los conceptos, y el único detentador de poder para darse normas morales y justificación.    El sujeto queda así cerrado, sus categorías son lógicamente producidas por él mismo y los datos de los sentidos que puedan venir del contacto con el exterior se reducen a ellas, es más: en el sujeto trascendental kantiano se limitan a ellas.

No se conocen las cosas en sí, sino los fenómenos, la interpretación o representación que se haga de las cosas.  No hay contacto directo con las cosas, el conocer se queda en el propio sujeto, en las categorías cerradas del propio sujeto.  Cómo pueda ser realmente el objeto es imposible de saber y no puede suscitar importancia.  El trato con el entorno, entonces, no puede ser cercano de ninguna manera, ni tiene por qué haber consideración ninguna.

La moralidad también se cierra en el sujeto trascendental, que tiene que ser autónomo y no verse afectado por emociones (que puedan ser suscitadas del contacto con los demás) ni nada ajeno al propio razonar, para que el sujeto pueda ser libre y no heterónomo.  El sujeto sólo toma como referencia su propia teoría (sujeto no como individuo, sino como forma de ser o realidad – también cuenta el diálogo entre varios individuos-) y lo que nos rodea sólo puede ser tratado en tanto tal teoría, como concepto enmarcado en una proposición más compleja y parte de un proceso que la abarque; situada dicha realidad como conocimiento que pueda ser tratado como objeto, se trata como un objeto de estudio, y, como tal objeto, puede ser usado para una finalidad (sea el saber o la técnica derivada de ese saber).

Los seres (los procesos, los animales y plantas, las personas) se convierten en cifras de estadísticas y planificaciones (sean de estudio, sean de proyectos tecnológicos, sean programas económicos que atienden a las “exigencias” y “realidades” sociales” como si dichas personas fueran los fines y no los medios para hacer negocios-).   Se produce así la mirada que describía Sartre cuando hablaba del ser-del-otro y del infierno que suponía: ser observado y juzgado, ser tratado como objeto por otro para instituirse como sujeto y ser.

Así, no se tiene en cuenta al otro como fin y no se tiene un contacto como un igual, como a alguien que forme parte de uno mismo y con el que se forma “comunidad” o con el que se interrelacione.  No se aprende nada con él, sino más bien se calcula por medio de él para unos determinados fines que sirven supuestamente a dicho sujeto, lo que pueda rodearme queda reducido a mí mismo, se “engulle” o se procura que los demás seres se adapten al propio sujeto.  No hay conciencia del otro, hay conciencia del objeto que me sirve y se ajusta a mis deseos, reduciéndose a algo manejable por mí y que “se reduce a mí” (entra en mi lógica y mi funcionamiento, es un “instrumento que tengo”, una cosa que me sirve y a la que no hay que adaptarse ni conocer su forma de ser en la que pueda verme afectado, que pueda provocarme cambios y a la que tenga que respetar, tolerar y adaptar).

Dicho afán de dominar no es más que un mero miedo hacia la naturaleza (entorno), una forma de ser presentada hacia nosotros y que puede amenazarnos.   Si se pretende dominar es en tanto que nos pueda afectar y alterar (como resultado de la realidad de que formamos parte del mundo y de que estamos en conexión con lo que nos rodea), y, por lo cual, se tiende a procurar controlarla para que ello no ocurra.

Con el ejercicio de la racionalidad se había configurado un modelo de conducta racional, unos hábitos (tanto en lo epistémico –trato con los seres- como en lo moral –moral autónoma dirigida por la razón trascendental) en los que no cabían las emociones en afán de ser libre, de dominarse a uno mismo (de tener control, de racionalizarse a sí mismo).

El sujeto queda atrapado en un mecanismo construido por él y para él, pero que tiene su propia lógica, la de formar parte de un sistema que tiene que “racionalizar” (planificar) las conductas en torno a unos fines y a unos programas de producción y distribución, sea tanto el trabajo (guiado hacia el máximo beneficio, la explotación), como el ocio (el consumismo).

Lo primordial es deshacerse de todo aquello que no se pueda controlar.  La llamada “frialdad burguesa”, la búsqueda de eliminar las emociones para que nada interrumpa ni impida la escala hacia los puestos de poder, está representada por Kant y su búsqueda de la autonomía frente a subjetiva felicidad (de la que como mucho sólo hay que hacerse digno), y la heteronomía y variabilidad de las circunstancias y los sentimientos.

La alienación que resulta del  mencionado objetivo de conseguir poder, no afecta solamente al entorno manipulado y contaminado, ni a su consecuencia lógica de esa aspiración a “racionalizar” que es la división social del trabajo, sino al propio sujeto que se pretende lograr, el burgués –el máximo ostentador del poder sobre la división social del trabajo, último resultado de la dialéctica ilustración-, un frío ser que tiene que arrancarse todo lo que no le sirva.

Para un empresario, las consideraciones sobran.  Si tiene que tener alguna consideración con el medio ambiente, no podrá producir con menos gastos y ser competitivo; si concibe a sus asalariados más que como cifras y les ve como fines, le costará más tener que explotarlos (creando cada vez mayor plusvalía: pagándoles un sueldo en lugar de los bienes y servicios que producen) para conseguir mayores beneficios.

Rebajas

Sade presenta a unos personajes que llevan hasta las últimas consecuencias la “racionalidad” calculadora de medios-fines, la planificación para el mayor dominio a través de la tortura más organizada para mejor uso de los seres humanos descritos sin tapujos como objetos, y la mayor construcción del sí mismo, el egoísmo más cerrado hacia consideraciones ante los demás. Sade es el precursor del totalitarismo (aunque su denuncia también se puede identificar con el liberalismo, en tanto los perversos buscan el mayor beneficio de sus víctimas, al modo empresarial), en sus novelas sus protagonistas dominan las vidas de sus víctimas.  Su objetivo no es simplemente el placer que otorga torturar a sus víctimas, es el dominio que llega a ser total.

Así, la apatía es la emoción que se tiene que procurar y usar como medio a la hora de someter y dominar.  En la formación de un perverso, en la educación de un sujeto libertino, tiene que conseguir hacer las cosas con apatía para que no puedan aparecer emociones que le puedan estorbar y poder hacerlo con control.    Las propias emociones tienen que ser reprimidas para que no escape nuestra actitud al control.  La autonomía del individuo de la que habla Kant, se ve representada en Sade por este buscar la apatía para poder dominarse a sí mismo para poder realizar sin interrupciones sus acciones en búsqueda del dominio, eliminando irrupciones ajenas a la propia “racionalidad” instrumental en la que el sujeto tiene dominio sobre sí mismo y puede realizar así lo que considera lo más racional sin interrupciones externas a dicho modo de pensar.

De esa manera, nada de fuera puede conmoverlo, al hacerlo insensible a cualquier emoción interna, se hace imposible una com-pasión (no se puede compartir una pasión que no se padece, o no se hace caso).

Aunque lo más terrible de Sade, no es que continúe en esta tradición de la razón instrumental, es que se da un paso más (sólo cuantitativamente) y se justifica el asesinato. Dicho asesinato se enmarca dentro de la búsqueda del control y el dominio, sobre las personas en este caso, su sumisión a través del miedo:   El que se llegue al exceso de plantear el asesinato como algo racional, el que sea un buen medio para una planificación (“racionalización”) mejor de los recursos a lo que se ve reducida la capacidad racional, enseña el que el pensamiento ilustrado es un mero cálculo medios-fines, de reflexión únicamente de la mejor organización e instrumentalización, en la que el asesinato como medio no choca, sino que más bien es pensable bajo los mismos parámetros y es comprensible para los demás (sin lo cual, la obra de Sade sería imposible de comunicar y entender).

Dicho pensar y entender la “racionalidad” como distribución planificada de los recursos será la que continuará en el nazismo en el que el uso de las personas, que serán tratadas como meros recursos materiales que gestionar para lograr una organización sobre ellos más productiva.   Dicho modo de pensar, en términos de medios-fines, le sirvió al nazismo como “defensa”, “justificación” o “excusa” de sus actuaciones.

Razón instrumental y razón emancipatoria

Los autores de la primera generación de la Escuela de Frankfurt presentaron que el conocimiento occidental estaba impregnado por una razón instrumental que afectaba al modo de plantear y construir ciencia, influenciando en la política, los modos de vida como el consumismo y facilitando la primacía de las sociedades de mercado; pero no propusieron una salida o una solución clara frente a ella.

Habermas postuló una especie de razón emancipatoria frente a la razón instrumental, una forma de pensamiento basado en la crítica que pueda denunciar la praxis científica tendente a la producción tecnológica -instrumentalización de la ciencia- y al fomento de la tecnocracia, que recupere el carácter emancipador de la Ilustración (buscando en el ámbito público la deliberación como forma de impulsar una mayor democracia y políticas del diálogo y debate) y que amplíe la concepción positivista del conocimiento -cientificista, reduccionista de la realidad a hechos objetivos e impersonales, separados del sujeto-, sumándole a él las aportaciones humanistas de la ciencia social, la ética y una política deliberativa.

El interés emancipatorio permitirá conocer la realidad social, criticarla y modificarla de forma que se ahonde en la libertad.  Para ello, el psicoanálisis y el marxismo pueden ser herramientas críticas que, si bien no son ciencias, permiten la reflexión y el cuestionamiento de lo dado.

Jürgen Habermas
Jürgen Habermas

Una visión más amplia le conducirá a plantear una teoría de la acción comunicativa, que supere la praxis cientificista y que ahonde en los mecanismos dialógicos y de encuentro del lenguaje.  Busca una praxis del lenguaje que permita, en la comunicación entre hablantes, análisis autorreflexivos y  la apertura de la conciencia a diferentes y nuevas interpretaciones, tras el logro de entendimientos, comprensiones y acuerdos entre los comunicantes, al llegar a un punto aceptable por ambos (el mejor argumento), resultado del debate abierto.

Se procura el consenso en una acción comunicativa en la que las partes puedan expresar sus ideas con libertad, haya escucha y contestación respetuosa y en el hilo de las ideas expresadas, así como la búsqueda de una solución que satisfaga a todas las partes (no teniendo que asumir necesariamente la posición de una parte o de otra, sino permitiendo la posibilidad de una propuesta más amplia).

Es una práctica que, además de ampliar y renovar el conocimiento, permite la formación de relaciones interpersonales simétricas y que generan vínculos sociales basados en el mutuo respeto y el trabajo cognitivo compartido.

Juan José Angulo

-Cruz, M.  2002: La filosofía contemporánea.  Madrid:  Editorial Taurus.

-Fritzsche, P.  2006: De alemanes a nazis.  Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.

-Habermas, J.  1963: Teoría y práctica.  Madrid: Tecnós.

-Habermas, J. 1968: Conocimiento e interés.  Madrid: Editorial Taurus.

-Habermas, J. 1999: Teoría de la acción comunicativa.  Madrid: Editorial Taurus.

-Horkheimer, M. & Adorno, T.  2004: Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Editorial Trotta.

-Horkheimer, M.  1973: Crítica de la razón instrumental.  Buenos Aires: Editorial Sur.

Kant, I.  2002: Crítica de la razón pura.  Barcelona: Ediciones Folio.

-Kant, I.  2000: Crítica de la razón práctica.  Madrid: Alianza Editorial

-Koonz, C.  2005: La conciencia nazi. Barcelona:  Ediciones Paidós.

-Marqués de Sade  2003: Justine.  Barcelona:  Tusquets Editores.

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