Más que amigo
Llorabas, sentada en el suelo con las piernas recogidas y la cabeza entre los brazos. Te encerraron en el patio sin comer, así castigaban el delito de ser una niña maldecida por la orfandad. Al verte Caín, otrora hijo de la calle, supo que algo debía hacer: con suaves gemidos se te acercó batiendo la cola, pero tú, nada querías saber. Olisqueó el tazón del alimento —sobras que le sirvieran antes—, lo apresó con sus mandíbulas y lo llevó a tu sitio dejándolo caer delicadamente a tus pies. Entonces, alzando la cabeza, improvisaste una sonrisa al secar tus ojos.