Sueños de trogloditas
Con la piedra oblonga, ella frotaba en el río, una y otra vez, las apestosas pieles estropeadas. «Si hubiera otra manera…», pensaba, al sentir sus nudillos lacerados, la espalda rota.
Mientras, su hombre cazaba con la parentela de trogloditas armados de garrotes. En la cueva aguardaban las paredes trémulas; unos rostros tiznados, impacientes, pequeñitos, avivados por el fuego; el aire viciado, los ojos llorosos, la contaminación en los pulmones sin saberlo.
Más tarde, entre sonidos guturales, eructos insondables y enormes mordiscos, se preguntaban si algún día dejarían de comer crudos por dentro y chamuscados por fuera los grandes lomos sangrientos.