A Michelin le gusta michelada
Adoraba la televisión, ver películas americanas —comedias y acción— acompañado de una hamburguesa de tres pisos pedida a domicilio y una jarra de cerveza michelada.
Se desprendía del computador solo para asaltar el refrigerador o dar trámite a alguna necesidad mayor. La barriga, al parecer, no le importaba. En el restaurante conocían sus gustos: pollo asado, entero y despresado, papas con salsa y, por supuesto, una fría michelada.
Comenzó a fatigarse al regresar a casa; la ropa ya no le quedaba. ¿Ir al doctor? Para nada. Prefería el bar, su cerveza michelada.
Cómo le gustaba, sí, se lamenta el barman.