Una ventana atrás
Como todos los días, Horacio mira por la ventana de su habitación; sentado en la silla mecedora, aguarda confiado, camándula en mano, los labios susurrantes.
Sus oídos atrofiados intuyen un bullicio lejano. Sus ojos vislumbran un enjambre en la portería de la escuela: vendedores de chucherías, niños que se apuran con los morrales mientras sus padres los despiden con un beso afectuoso confiando en poder abrazarlos cuando llegue la tarde.
Horacio deja la silla al caer el sol. En la cama, como todas las noches, una lágrima cuelga en sus ojos: mañana sí, piensa él, irán al asilo a visitarlo.